HISTORIAS DE SEDUCCIÓN
Float, izquierda

HISTORIAS DE SEDUCCIÓN
Solo para mayores de 18 años


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Un Espía, la Milicia y la Astucia



Un Espía, la Milicia... y la Astucia.

La Ciudad de México fue erigida en un valle rodeado por preciosas montañas, por otros valles, por praderas, bosques y uno que otro cerro donde desde pequeños nos llevaban mis padres a pasear...
Cuando crecí, a los 24 años me compré mi primer auto, luego lo cambié por un segundo y cuando lo cambié por el tercero, siguió siendo el escenario reducido de grandes encuentros sexuales dignos de ser narrados uno por uno.
Pero concretamente hoy, recuerdo uno muy especial por las características que lo definieron, y que enseguida relato...

Yo administraba una papelería compartida en propiedad con mis hermanos y ésta quedaba exactamente frente a una escuela pública; era bastante grande y albergaba muchos alumnos en turnos matutino y vespertino...

Obviamente el turno matutino era el más agradable y el que más entradas dejaba en el negocio, pero también en el que impartían clases las maestras más interesantes, desde el punto de vista físico. Una de ellas, profesora de sexto grado llegaba muy temprano en su auto Nissan blanco, también nuevecito; me llamaba la atención porque nunca entró a la papelería, pero se estacionaba exactamente enfrente de la acera en la que estaba la papelería; era tan predecible, que su llegada casi siempre era a la misma hora, poco antes del timbrazo de entrada de los niños. Muy segura de sí, bajaba del auto, tomaba sus libros y muy displicentemente subía a la banqueta dándose aires de: "Soy muy culta y muy bonita"... Y en realidad lo era; parecía Alemana, tenía un cabello muy largo que le acariciaba la cintura, de piel entre rosada y blanca y vistiendo su uniforme muy bien puesto, con gracia, elegancia, simetría y justeza; digo justeza, porque su pantalón le quedaba dibujado y redondeaba un cuerpo esbelto, definido y muy ad-hoc con sus medidas, breves pero con curvas muy bien proporcionadas.

Todas las mañanas de los cinco días de la semana procuraba que no se me escapara de la vista, aunque fuera a través de las vitrinas que la dependienta limpiaba, limpiaba y limpiaba metida en sus vestidos translúcidos que ella misma se confeccionaba... Pero jamás volteaba; habían veces que cuando terminaba su horario de clase salía al mismo tiempo que yo, cuando lo hacía para resurtir material y aunque le clavaba la mirada número 5, la de: "Voltea y mírame para saludarte", hacía como que no miraba.
En esa época yo era más joven, soltero, sin novia y quizás dos o tres años mayor que ella, o sea, ella era muy joven y atractiva pero un poco engreída. Pero un día me propuse de plano ponérmele enfrente, saludarla y aunque no soy muy ducho para las conquistas, no quería dejarla ir como lo he hecho torpemente en el pasado un par de veces con sendas mujeres preciosas, por mi timidez.

Para no alargar la historia, porque tiene muchos bemoles y sostenidos, fue que lo hice, pretexté cualquier excusa referente a la escuela, y me le presenté, me identifiqué y algo a mi favor, fue que cuando le dije quién era, me respondió que sí, que sabía que yo era uno de los dueños de la papelería... Entonces supuse que sí miraba, pero tal vez antes de bajarse de su auto, y cuando dijo "uno de los dueños", me entró la duda de si a quien había detectado era a mí o a uno de mis cuatro hermanos que de vez en vez se daban la vuelta por ahí.

Total, poco a poco establecimos mayor contacto visual e incluso logré extraerle alguna sonrisa al saludar, pero de ahí no pasaba, hasta que por fin me animé y la invité a salir.
Y entonces se gestó la amistad de capítulos rigurosos... Un café, un cine, dos, una comida y uno que otro paseo por el bosque de la ciudad, antes de que por fin se diera el contacto más de tacto, es decir, primero la mano, ignoro cual fue el orden, pero también lo fue el cabello, la cintura y el brazo, hasta que sin pedirle que fuera mi novia, llegué a besarla; primero en la mejilla respetuosamente y en la frente, y después, cuando sentí el sabor de sus labios, apretados porque no besaba bien; como que en esas lides tenía menos experiencia que yo, y entonces mi labor consistía en "capacitarla".
Entre charla y charla, entre confianza y confianza y entre anécdota y anécdota, supe que no había entregado aún la flor de su naturaleza, o sea, era virgen.

Nuestras salidas se fueron dando más seguido cuando la que fue mi novia un par de años atrás se casó, y cuando nuestra intimidad se hizo durante los recorridos a las praderas, los bosques y por ahí... solo durante los recorridos... Tímidamente, o así lo hacía parecer, mientras yo conducía pasaba su brazo izquierdo por detrás de mi cabeza, y me erizaba toda la piel jugando con mis chinos de la nuca, pasaba sus dedos por el inicio de mi cabello y luego, cuando descubrió una costura abierta en la pierna de mis pants deportivos de franela, se aventuraba a hacer círculos al rededor, cosa que me ponía tan nervioso, que me provocaba de inmediato una rigidez tan visible como sensible... Yo al principio nada podía hacer para retribuir a esos toques porque me "concentraba" en el camino para evitar un doble accidente... El de tránsito y el otro, el vascular, dicho más en firme, el de mi testosterona.

Ya en extrema confianza, hubieron veces que de plano me bajaba el cierre, me sacaba lo que adentro pedía a gritos por salir, lo tocaba apenas, lo tocaba más, y me masturbaba hasta hacerme decorar la tela.
Nunca fuimos a desfogar nuestras ansiedades a ningún Motel, pero lo que sí hacíamos, era estacionarnos en alguna calle arbolada poco antes de llevarla por su carro o a su casa, y los dos nos regalábamos con viajes al placer que para nada necesitaban de ninguna otra droga que no fueran nuestros besos ya muy acuosos y de nuestras muy inquietas manos y dedos que iban por aquí y por allá...

Una de esas noches, cuando el Sol apenas el desapareció en el horizonte de las casas, encaminé las ruedas de mi auto nuevo (rojo, como todos mis autos después del primero), vislumbré el cerro más cercano al sur de la ciudad, y sabiendo que tenía veredas y caminos, me adentré y empecé a subir por el Ajusco hasta que las luces de la ciudad fueron substituídas por las de las estrellas... Me gustan los cielos muy muy estrellados, son un bello escenario, romántico y suficientemente erótico como para parar a un lado de la vereda, apagar el motor, observar la lejanía y dejar que los instintos se transformen en abrazos, apapachos, manoseos y por supuesto en besos, muchos besos ayudados por las manos y los deseos contenidos...
Cuando la noche se hizo todavía más noche y más densa, Amelia tenía el pantalón de la ocasión (nunca usaba falda, lo cual hubiera sido mucho más práctico), ese pantalón beige cedió y resbaló desde sus muslos hasta sus tobillos; claro que fue por causa de mis manos y no de las suyas, porque las de ella me ayudaron a deshacerme de los míos hasta quedar los dos en igualdad de circunstancias... Nos besábamos con frenético cabeceo, cuando en uno de esos besos, y aún con la noche ya tan noche, pude distinguir una cabeza asomada en el cristal de atrás... El corazón me dio tremendo vuelco y sin decirle nada para no asustarla, tal vez bruscamente, pero me separé de ella, puse como pude la llave del motor en posición de "switch", quité el freno de mano y aproveché la pendiente en la que deliberadamente había dejado el carro con el frente hacia la bajada, porque el instinto de protección me lo recomendó junto con el otro instinto, el erótico y el sexual...
Sin perder ningún instante moví la palanca en la segunda velocidad para que el auto arrancara de inmediato y bajamos la corta pendiente dejando al intruso quién sabe con qué intenciones perdido entre los árboles y la obscuridad.

Amelia no comprendía qué había pasado y hasta entonces, cuando ya habíamos llegado a la vía pavimentada, fue que le dije que alguien nos había estado espiando... El corazón, insisto, bombeaba la sangre a velocidad de vértigo, y cuando asumí que el peligro por el que corrimos ya había pasado, le contagié a Amelia una risa muy nerviosa, pero que para nada me había obligado a bajar la guardia (llámese erección), así que ella se volvió a aferrar del poste y continuó manipulando por lo que esperaba y estábamos a punto de llegar... Mis dedos quedaron oliendo deliciosamente y así, con los pantalones abajo, me enfilé hacia el canal olímpico de Cuemanco para no dejar perder la noche que aunque avanzada, tenía todavía permiso a la par del permiso que le dieron los padres de Amelia para regresar.

Llegando al gran estacionamiento todavía quedaban autos pero ya no tantos, y como nada había que ver más que el canal, volvimos al abrazo intenso, al beso acuoso y al manoseo sexual.
Muy a mi costumbre, disfruto y me super excita hacer que sea ella, la mujer, quien primero disfrute y excitarla al máximo y luego yo, así que no la desnudé por la incomodidad del asiento delantero, pero en mi cara tuve y presioné sus breves senos que cada vez que los tocaba le hacían soltar suspiros encendidos y encendedores que me prendían más. En la posición que estábamos, porque no se podía tomar ninguna otra, solo recliné hacia atrás el respaldo de su asiento y mientras mi mano izquierda surcaba el surco de su género, los dedos de mi mano derecha se agasajaban y luchaban por llegar al orificio perdido entre sus glúteos y por fin llegaron... Hacerle sexo oral era más que imposible, pero el tamaño del vehículo era muy bueno para al menos estimularnos mutuamente, hasta que ella llegó al sollozo, a dejar caer de sus lágrimas y al espasmo único que me indicaba que estaba teniendo el tan buscado y esperado orgasmo por los dos.

Amelia no era de aquellas mujeres que buscaban su placer individual ni yo de aquellos hombres que se contentan con el de uno mismo, así que cuando ella se repuso del quejido, del gemido, del jadeo y de su arribo por mis empapados dedos, se enderezó, se viró hacia mi desnudo hemisferio sur, y se apoderó del movimiento y del regimiento que apuntaba a las alturas y lo manipuló jugando, subiendo y bajando, sin apartar la vista de su frenético trabajo, pero nunca con la intención de perderlo de vista mientras que se lo hubiera podido meter en la boca que era lo que menos deseaba yo... Y lo movió, lo agitó lo volvió a menear, hacia arriba, hacia abajo, hacia arriba y hacia abajo, hasta que decidí que el momento ya debería de llegar y logró batir de semen su mano derecha que alternaba con la izquierda por el feroz agotamiento...

Apenas ambos vimos la erupción de ese volcán, el precipitar y el escurrir su lava sobre mi vientre descubierto, fue cuando en la ventana de mi lado lo empañado del cristal fue sacudido por el golpeteo de una pieza metálica que nos hizo volver a donde en realidad estábamos... Mi respaldo también estaba reclinado, pero aún en la penumbra y recordando al rufián que nos espiaba una hora atrás, distinguí dos cosas, un soldado y un arma larga con la que tocó tres veces el cristal.

Sí, no era ni un facineroso, ni un morboso ni la policía, se trataba de un soldado de los que custodiaban las instalaciones, quien se había percatado de nuestra audaz hazaña sexosa...
Cuando volvió a increpar con el arma en el vidrio lo activé hacia abajo y me pidió que me bajara... ¿Que me bajara?... ¡Pero si tenía precisamente así mi pantalón!, hasta los tobillos y todavía con el efecto de la masturbación escurriendo hacia los costados de mi cuerpo; le dije que me diera un minuto y así, a velocidad de eyaculación, me subí el pantalón, sin pellizcarme afortunadamente nada y me bajé del auto.
Casi casi, el soldado raso aquél me leía mis derechos, pero mi cualidad histriónica le hicieron ver que no deseaba problema alguno para mi acompañante, y que no teniendo dónde ir, dimos rienda suelta a nuestros impulsos "juveniles", sin los recursos para ir a algún motel.
El soldado, muy "en su papel", en un principio no cedía, pero al final lo convencí de que nos dejara ir al argumentarle "que yo tenía que salir del país y esa era nuestra última noche de despedida"... ¡Falso!, vil mentira pero se la tragó y sin ofrecerle soborno alguno, como que comprendió, tuvo empatía, se quitó el uniforme, se humanizó... y nos dejó ir.

Amelia no sabía dónde meterse y se cubrió la cara con las manos. Mientras dialogaba con el soldado ya se había secado las manos y arreglado la ropa. Casi pude oír el latido de su asustado corazón, y sin mucho tiempo para devolver su tranquilidad, volví a poner en marcha el automóvil y me dirigí hacia el enrejado de salida... Éramos los últimos en salir de ahí.

Sin ser adolescentes nos comportábamos como tales, pero lejos de renunciar, nos despedimos con un: "La siguiente vez nos iremos a mejor lugar"...
Esperé a que le abrieran la puerta de su casa y con la hipocresía en mi cara, saludé a su madre, me subí a mi manchado auto nuevo y me fui.

© Hypersexual

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