HISTORIAS DE SEDUCCIÓN
Float, izquierda

HISTORIAS DE SEDUCCIÓN
Solo para mayores de 18 años


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Dos Noches de Llanto



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En la clase de arte, en la primera mesa de enfrente de las tres columnas, en la de la derecha se sentaban las únicas tres mujeres del grupo que para cuando yo entré, ya avanzado el curso, eramos 80 los aspirantes a destacarse en las artes gráficas.
Por haber iniciado a destiempo, los dos últimos lugares los ocupamos mi hermano y yo hasta el fondo de aquél gran salón.
Una de esas tres únicas mujeres era muy risueña, timidona, de piel clara, cabello corto y muy bajita de estatura; otra era la más alta, de tez morena y cabello ondulado, y la tercera, era una simpática chica también muy sonriente, de cabello brunette muy lacio y corto que rodeaba una carita redonda y unas mejillas muy rosadas; ella, la tercera, fue quien atrajo altamente mi atención; sus manos abiertas parecían unos mullidos colchoncitos muy lindos y los dibujos que salían de esos dedos pertenecían a ochos y nueves en cada uno de sus trabajos.

La chavita de unos 17 años me gustaba mucho, me había prendado tanto de ella, que mi ilusión por estudiar el arte había pasado a segundo término porque me alentaba mucho asistir a clase solo por la ilusión de verle aunque fuera la nuca entre otras nucas porque mi hermano y yo nos sentábamos muy lejos...

Mientras ese primer año transcurrió, los menos dotados fueron desertando y las bancas se hicieron menos. Pero un hecho interesante, fue que las tres mujeres iban recorriendo mes con mes hacia atrás sus posiciones, hasta que uno de esos buenos días, se sentaron justo en la mesa anterior a la última, donde al final quedamos mi hermano y yo.
En un principio nadie podía saber los por qués de ese recorrido hacia atrás, pero a final de cuentas, alguno de los dos, mi hermano o yo, no les eramos tan indiferentes a las tres féminas...

Durante el transcurso de ese año el grupo se redujo a unos 35 integrantes, quienes trazábamos mejor las líneas y quienes tuvimos una mayor creatividad, destacando entre los demás... Y después, mi hermano formó parte de los desertores, y solo fui yo quien se sentaba detrás de las chicas.
Por gracia del destino fue que caí en esa escuela de arte, una vez que la Academia de San Carlos donde hice mi solicitud inicial, cerró sus puertas tras los acontecimientos estudiantiles de ese tan lejano año... Y por gracia de ese bello destino, fue que ya no solo me gustaba ver esa nuca, de percibir ese perfume tan femenino, o de tan solo conformarme con ver su grácil figura al andar, que dentro de mí se gestó una serie de lepidópteros que revoloteaban en mis interiores cada que mis sentidos se deleitaban como regalo a través de mis ojos al verla entrar al salón de clases.

...Me fui enamorando de la chiquilla aquella, tan disciplinada que rara vez se ausentaba y eso me venía bien, solo que no me atrevía a abordarla hasta que en una sesión de dibujo de figura humana, la modelo no se presentó y el profesor preguntó si alguien quería subirse a la plataforma y posar para los alumnos que quedábamos...
Yo creo que todos pensaron absurdamente que habría que quitarse la ropa y por lo tanto nadie se animó, pero cuando el profesor anticipó que por supuesto sería con la ropa puesta, entonces tuve "el gran atrevimiento" de sugerir que fuera ella, Susan quien posara para nuestro intelecto... Y mi enamoramiento la dibujó tan igual a ella, que atesoré el dibujo y al pedirme Susan que se lo mostrara, mi corazón se llenó de Uff!!!... Cómo llamarle?... Gozo?... Palpitar arrítmico?... No, fue de un total enamoramiento.

Los meses se fueron, el primer año se esfumó y para el segundo año ya quedábamos solo unos cuántos, 18 pelados que transitábamos por el arte estético, que sin embargo no teníamos bien a bien qué sería de nuestros destinos o carreras...
Las tres chicas permanecieron fielmente a las listas nominales, y yo por fin me salí de mi capullo... y la invité a salir... Susan aceptó y fuimos al cine, a paseos familiares, a paseos individuales y hasta la llevé al Puente del Emperador en el km. 59 carretera libre a Puebla, pero de ahí no pasó... No habían toques, no habían besos, no había nada. Nada, hasta que cierta vez de torrencial lluvia que regresamos de una cafetería donde me engarroté con toda mi oratoria pegada en el interior de mi cabezota que, cuando la acompañé a su casa, subiendo por la "romántica" escalera al cuarto piso, ya no quise dejar que pasara una entrevista más sin que le expresara ese amor de niño adolescente casi adulto que me puso el pie tantas y tantas veces, y se lo solté.
Quise ser tan original que la mujer no entendió mi monólogo filosófico, y cuando tuve que explicarle con palabras sosas y llanas que quería que fuera mi novia, "me mandó por las Cocas" diciendo que me quería mucho como amigo, pero hasta ahí.
Pufff!!!... Mi corazón explotó, enmudecí y al dejar su edificio, caminé, caminé, caminé y caminé... Me adentré en el bosque, encontré una banca y ahí me derrumbé en un inmenso llanto desesperado que no supe cuántos minutos duró.

Mi ilusión se fue con mis deseos por continuar en esa escuela de arte, y tomé la decisión de irme del país en busca de otros horizontes y de otras perspectivas que le infundieran mayor madurez a mi desesperanza.

Esa huída me hizo mucho bien. La madurez llegó y trajo consigo un buen de experiencias de todos colores y sabores; y como el inexorable tiempo no se detiene pase lo que pase en nuestras vidas, a través de las cartas (no existía la Internet), La mujer de las manos con dedos de colchoncitos, se enamoró de mí. Mis palabras tomaron fuerza por encima de mis sentimientos y para cuando le di otro giro a mis decisiones, opté por regresar para aplicar mis nuevas habilidades, paralelas a las de mi creatividad.

Encontré un buen trabajo, buena paga, y muchas amigas con las que salía para tratar de llenar los huecos que mi inmadurez había dejado en mi juventud primera.
Y entonces, di rienda suelta a eliminar esos huecos con salidas y me dejé querer, me dejé amar y me dediqué a repartir mi corazón sin medida.

Entonces ocurrió que cierta otra noche, fui a un diferente edificio pero recogí a la misma mujer, a Susan, a la que me quería como amigo nada más y la llevé a jugar Squash.

Las canchas de Squash a las que acudía asíduamente, eran muy muy acogedoras. Cada cancha tenía su propia tribuna, su propia salita, su propia alfombra mullida, sus propios vestidores, y claro, sus propias regaderas con salas de vapor incluídas.
Susan se puso un atuendo deportivo blanco encantador, de faldita muy corta y una blusa tan ajustada, que dibujaba la punta de sus pezones delatando no que hiciera frío, sino que que de pronto se encontraba muy excitada...
Así que apresuré la partida, le gané de prisa los 5 sets que jugamos, y al final, nos subimos hacia las regaderas...
Pero no entramos, porque en la antesala, los colores morados de la alfombra recibieron la suavidad de nuestra piel en un abrazo y unos besos un tanto extemporáneos...

Susan sudaba mientras jugamos, pero ahora nuestro sudor pertenecía a otro especie de sudor, al de las respiraciones silbantes, al sudor de los jadeos y al sudor del nuevo juego, al de las manos recorriendo todas las esquinas del cuerpo, todas las planicies y todos los espacios... Se habían ido unos 5 años desde esos aromas perfumados de sus cabellos mientras dibujábamos una naturaleza muerta, elaborábamos una campaña publicitaria, o trazábamos las líneas de otros cuerpos desnudos, los de los y las modelos en la escuela... Ahora esculpíamos nuestra propia "master piece" y las espátulas moldeadoras se convirtieron en nuestras blandas y humectadas lenguas... Fuimos, regresamos, y aunque todavía yo no incursionaba por otros parajes que no fueran los del Jardín frontal, el sexo oral se desató en un deseo refrenado por las tonterías de esa mentada inmadurez juvenil...

Según por labios de la misma Susan, aún no había sido convertida en mujer; es decir, me dijo que era virgen aún, e ignoro los fines de esa confesión, pero no me produjo efecto alguno.
Sin embargo, casi completamente desnudos, inicié mi incursión por ese bosque inexplorado y en la antesala de su profundidad, me detuve.

Hice conciencia de mi proceder, un breve y veloz auto análisis y ya no sentía nada que no fuera un instinto por ir y ser...
Pero no fue y no fui. No quise ser quien tomara su virginidad sin tener ese sentimiento tan acuosamente llorado en aquella banca, en aquella triste noche... y me detuve.

El desconcierto en Susan fue extremo, fue total y rompió ahora en incontenible llanto, solo que ya no supe, no pude decirle el por qué de mi detención y terminación de lo que parecía iba a ser un colofón a nuestros raquetazos a las bolas duras contra las paredes del Squash... Más bien fue un inexplicable epílogo, tan inexplicable como mi nunca haber podido pedirle que fuera mi novia cuando la vía fue únicamente de un solo sentido...
Y esta vez el sentido fue a la inversa, solo que ya no pudimos dejarlo todo ahí así, solo como amigos.

Conduje el auto muy en silencio, muy callado, muy sin palabras otra vez, escuchando un llanto sostenido de principio a fin durante el recorrido por esas calles...
Y cuando llegamos a las puertas de su edificio, me miró esperando un habla y cuando escuchó solo mi silencio, se bajó de prisa y se negó a que la acompañara hasta su sexto piso.

...Hace tres días la encontré en FaceBook; sabe que existo, pero inteligentemente no me ha buscado porque la magia de David Copperfield se esfumó.

© Hypersexual



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