HISTORIAS DE SEDUCCIÓN
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HISTORIAS DE SEDUCCIÓN
Solo para mayores de 18 años


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¡¡AY, MORITA!!



CAPÍTULO 1º

Berto, por Norberto, era un tiarrón de metro ochenta, cumplido, y, más-menos, medio metro de hombro a hombro; era natural de Navarra, de la parte de Tudela, más exactamente, esa zona de la provincia donde navarricos, riojanos y cesaraugustanos se dan la mano...Su nacimiento determinó, en buena medida, el rumbo de su vida, pues sus orígenes más tristes no pudieron ser, al tener por madre a una prostituta y de las “trotonas” de antro y calle, y por padre a saber cuál de los clientes de “momó”… Así, resultó ser bueno para casi nada, malo para casi todo… Pero la vida da un montón de vueltas y por una de tales, a sus veintitrés, veinticuatro años, acabó alistándose en la Legión, la española, claro, encontrando allí el hogar y estabilidad que hasta entonces la vida le negara…

Comenzó en la Xª Bandera, Tercio “Alejandro Farnesio”, IVº de la Legión, en Ronda; pasó luego a la Iª Bandera, Tercio “Gran Capitán”, Iº de la Legión, en Melilla… Entre ambos destinos pasó sus primeros cinco años como Caballero Legionario… Y, bien comenzado su sexto año de servicio, fue destinado a la IVª Bandera, Tercio “Duque de Alba”, IIº de la Legión, con base en el cuartel de “El Serrallo”, en Ceuta… Y aquí empezó su particular Calvario…

Fue una noche cualquiera, a pocos meses de estar en Ceuta; con un grupo de “coleguitas” habíase ido de “fulanas”, recalando en un más que nombrado prostíbulo de la ciudad… Allí conoció a Halima, una más que bella morita de veintidós años, marroquí de nacimiento y naturaleza… La frecuentó algunos días, colándose por ella cada día más, y más y más y mucho más, hasta que un día o, más exactamente, una noche, logró de ella el ansiado sí, con lo que, y como dice “La Madelón”, esa por excelencia canción de soldados, “sin temor al futuro ni al pasado” la desposó como su esposa, si no ante Dios, ya que él era ateo practicante y ella no creía en Allah y, menos aún, en su profeta Muhammad, sí ante los hombres, al decirse un sí más que formal ante un juez de la española y africana ciudad…

Como dice otra canción, por cierto, la mar de vigente en los acuartelamientos de la Legión, al tratarse de los fatídicos amores entre una mora y un “legía”, “pasaron días de alegría y de placer” y no, precisamente, en el corto trayecto de un viaje, sino a lo largo de los tres o cuatro años que siguieron…

Pero esa dicha, esa felicidad, se acabó de golpe un aciago día en que, como ya tantos otros, le tocó estar de guardia… Como cotidianamente sucedía, aquél también salió de casa bien tempranico, despidiéndose de su dulce mujercita hasta el día siguiente… Pero la Diosa Fortuna tuvo la veleidad de gastarle una mala pasada en forma de un accidente fortuito que demandó que Berto tuviera que volver a casa para cambiarse pues de la forma más tonta, de un enganchón, quedó, más o menos, con las vergüenzas al aire, del desgarrón tan tremendo que se hizo en el pantalón…

Llegó a casa a eso de las nueve de la noche y, en principio, le extrañó que su amada Halima no saliera cuando él abrió la puerta, pero no le dio mayor importancia… Habrá salido a cualquier recado, se dijo… De manera que, sin más, se dirigió presuroso al dormitorio… Pero cuando entró en la pieza conyugal ya iba más que descompuesto, pues los gemidos y grititos de ella, junto con los bufidos de una voz masculina que escuchó al aproximarse por el pasillo, le hicieron suponer lo que, una vez dentro de la habitación, se ofreció a sus ojos: Su adorada esposa se lo “estaba haciendo”, y en el lecho conyugal, para más INRI, con un “maromo” cualquiera, al que acababa de ver por primera vez en su vida

La pareja se puso lívida al verle entrar, bramando como un poseso. Los dos intentaron taparse, pero Halima no cayó en lo de “Esto no es lo que parece”, pues aquello sólo parecía lo que era, un adulterio como la copa de un pino, sino que, simplemente, se arrastró hasta él, pidiéndole, por lo mucho que se habían querido, que no la matara, al verle demudado, rojo de ira y, lo que era peor, con la “fusca” en la mano. El “maromo”, aprovechando unos momentos de vacilación, de desconcierto, del iracundo Berto, tal como estaba, en “pelota picada”, se lazó de cabeza por la ventana, pues más valía acabar con todos los huesos rotos que no muerto a tiros por aquella especie de Némesis vengadora. Finalmente, Berto cerró los ojos y abrió fuego sobre su amada. Tres disparos a quemarropa que la abatieron sobre el suelo donde, de rodillas ante él, imploraba por su vida, encharcada en sangre. Seguidamente, tiró la pistola al suelo y, tranquilo aunque lívido, desencajado, salió a la calle y se dirigió a la comisaría más próxima

• Vengo a entregarme… Acabo de matar a mi mujer…

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Berto pasó siete años en la cárcel por asesinato frustrado, ya que Halima, por finales, no las “diñó”, aunque por poco, pues los tres proyectiles le taladraron los pulmones, pero la medicina le salvó la vida. De la cárcel Berto salió hecho un guiñapo, aunque de manera mucho más moral y síquica que física pues, aunque adelgazado, demacrado y tal, de cuerpo no andaba demasiado mal, pero por dentro, estaba destrozado. La traición de su amada y su propia acción, que casi la mata, le habían anonadado, hundido irremisiblemente. Ya no era caballero legionario, pues a causa de su condena, le expulsaron de la Legión, y con deshonor, por lo que no tenía nada, salvo la calle para correr…

Se quedó en Ceuta, pues tampoco tenía sitio donde ir, viviendo en la calle. Sus viejos compañeros de vez en cuando si se topaban con él y le ayudaban, por lo que a días comía decentemente y dormía en una cama; pero esos días eran los menos, enteramente esporádicos, por lo que comía, cuando comía, de verdadero milagro, las más de las veces rebuscando por las basuras, en especial, de bares y restaurantes y como cama, el duro suelo del vano de algún establecimiento o de algún portal que, milagrosamente, lograba encontrar abierto. Y cuando no, el de la calle a todo ruedo

Y lenta, muy lentamente, fue pasando el tiempo, con cada día igual al de ayer, y al de mañana. Y con los días, las semanas fueron quedando atrás y tras de las semanas los meses fueron muriendo, hasta tres o cuatro, puede que incluso cinco. Berto tenía por costumbre sentarse en el escalón de la acera de algunas de las más transitadas calles ceutíes; no es que ejerciera la mendicidad, hasta ahí podían llegar las cosas, pedir él limosna, como un pordiosero, que todavía conservaba el suficiente orgullo como para no hacerlo, aunque tampoco hacía ascos a lo que la gente, los viandantes, buenamente, dejaban en la acera, junto a él. Vamos que, efectivamente, practicaba la mendicidad, aunque sin pedir nada directamente, pero sí acogiéndose a la pública caridad de las gentes, en forma vergonzantemente.

Así le andaban las cosas cuando una anochecida, a eso de las ocho-nueve de la tarde-noche, acertó a allegarse hasta él un antiguo colega, el “Chino” llamado así no porque sus facciones recordaran en modo alguna las de los hijos de “Celeste Imperio”, sino por su probada afición a las “chinas”, las que se fuman, no las otras El tal “Chino” era un más que viejo conocidos suyo, amén de excelente amigo, ya que ingresó al mismo tiempo que él en la Legión allá en Ronda, en la Xª Bandera.

Se sentó con él, compartiendo el escalón de la acera y, en primera instancia, le invitó a un cigarrillo, pero de los sin “china”, para acabar por cederle el paquete de tabaco; luego, se levantó y de un bar próximo le trajo un descomunal “bocata” de calamares con una caña de vino peleón que Berto empezó a degustar con toda tranquilidad y parsimonia, tras agradecérselo con un escueto “Gracias “Chino”… La conversación siguió por rutas de lo más intrascendentes hasta que el “Chino” le preguntó

• ¿Sabes algo de Halima?
• No… Y malditas las ganas de saber nada de ella…
• Nada que decir, “colega”…
Y se calló; así, callados, permanecieron varios minutos, con el “Chino” mirándole de reojo. Hasta que por fin Berto rompió el mutismo
• Y bueno… ¿Qué tenías que decirme?
• Ah; conque “malditas las ganas de saber nada” de ella, ¿eh?
• ¡Joder “Chino”!... ¡No me toques los cojones!...
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(No me gusta usar “palabros” gruesos en mis escritos, por respeto al lector, pero poner en boca de un individuo como Berto, hombre “del broce”, florituras idiomáticas sonaría a falso, y yo pretendo darles el mayor realismo posible a mis historias)
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• Pues nada macho… Que la “jay” ha desaparecido…
• ¡Quééé!
• Lo dicho, que Halima ha desaparecido. Va ya para tres años. Al salir del hospital se fue a vivir con el maromo que se la “beneficiaba”; estuvieron juntos algo más de tres años, y hasta creo que le hizo un crío; debe andar ahora por los cuatro años. El gachó desapareció más o menos, una semana antes de que ella lo hiciera…
• ¡Acabáramos! ¡Vaya misterio más misterioso!. Se iría tras él…
• Ya; pero es que el tío, al poco, apareció muerto en una calleja de Málaga; le habían rebanado la nuez de oreja a oreja. Al parecer, tenía “negocios” con un mal bicho, un tal Arkán, un albano-kosovar de esos que se hincharon a hacer marranadas sin cuento a pobre gente, hombres, mujeres, niños, ancianos…gente indefensa. Era, digamos, el “mayorista” que surtía de droga, y en cantidad, al pobre diablo, y al gilipollas del andoba no se ocurrió nada mejor que hacer trampas a su “jefe”. Una “jartá” de euros creo que le “mangó”…

El “Chino” calló y Berto guardó silencio algún instante: Serio, adusto, y casi más lívido que pálido y el rostro desencajado, Berto se mantenía con la vista fija al frente aunque, sin duda alguna, sus ojos no veían nada, absorto en sus propios pensamientos

• O sea, que ese albano-kosovar no debe ser ajeno a la desaparición de Halima; y supongo que también de su hijo; y, ¿cómo sabes tú todo eso?

El “Chino”, parsimonioso, sacó un segundo paquete de tabaco, este entero; lo abrió, extrajo un cigarrillo, lo encendió, pegó una larga chupada, expeliendo luego el humo, tranquilamente, para empezar a hablar de nuevo

• ¿Recuerdas al “Jaro”?; aquél rubiales, buena pieza, que acabó cargándose al sargento “Lunares” cuando éste la emprendió a tiros con él por los “cuernos” que su parienta le ponía con el “jincho”. Si recuerdas, logró escaparse, desertando a Marruecos. Le vi hace ya algo, en Tetuán. Militó un tiempo con la gente del Arkán; me contó lo del “guaperas” que se beneficiaba a tu “jai”. Y sí; efectivamente, el Arkán se apoderó de tu “chorba” cuando su “detalle” puso pies en polvorosa Como el “Jaro” me decía, nada personal en todo ello; sólo negocios… La “pasta” que el “tronco” de la “titi” le había “urlitao” de alguna forma se la tenía que cobrar…y “dobladas”, además…

Volvieron a quedar en silencio ambos amigos, fumando los dos con toda parsimonia

• “Chino”, como supondrás, estoy sin un “clavo”… Y ahora, más que nunca, preciso “pasta”… ¿Podría?… ¿Podrías darme algo?...
• ¿Vas a buscarla?
• Se lo debo… ¿No crees?...
• Yo no sé ná Berto, pero si a ti así te parece… (Se metió la mano al bolsillo y la sacó con algún billete de diez y cinco euros, amén de unas cuantas monedas) Ahora sólo llevo esto encima, y para nada de lo que pretendes va a servirte pero, al menos, hoy no dormirás al raso y mañana podrás comer caliente. Aguarda unos días; una semana… Hablaré con los “colegas” de la Bandera y seguro que te echan una mano Ya sabes: “Con razón, o sin ella”, siempre junto al “legía” en apuros…

No hizo falta que Berto aguardara una semana, pues cinco días más tarde el “Chino” se reunía con él, dándole algo más de dos mil “pavos”

Un par de días más tarde Berto estaba en Tánger; buscó, buscó y buscó por cuantos sitios se le ocurrió que podían tener “trabajando” a Halima… Burdeles, “puticlubs”, discotecas donde recalaban prostitutas… Días y días, semanas y semanas, pateándose la antigua ciudad internacional. Berto se desesperaba, temiéndose que Halima no estuviera en Tánger, pues de ser así, sería punto menos que imposible encontrarla, ya que cualquiera sabe dónde la podrían tener En aquella parte norteafricana del estrecho no podría estar ya que todas las demás ciudades marroquíes de la zona eran muy, pero que muy, musulmanas, para darse una prostitución mínimamente abierta, rentable pues para cualquier proxeneta… Y lanzarse a buscarla por Casablanca, Marrakech, sería como buscar una aguja en un pajar

No sabía qué hacer… Por finales, como agarrándose a un clavo ardiendo, decidió sumergirse en el submundo marginal de los barrios periféricos, los “Beni Makada”, “Casa Barata” etc., surgidos hacia los 80’s, cuando aquél Marruecos de Hassan IIº quiso “europeizarse” industrializándose; entonces nacen estos barrios como ciudad-dormitorio para dar vivienda barata a las masas de obreros que debían afluir a esas nuevas Tierras de Promisión. Pero ya se sabe lo que pasa en el Tercer Mundo y, particularmente, en Marruecos, que la corrupción acaba por devorarlo todo, con lo que los dineros que debieron hacer realidad tales proyectos se esfumaron por arte de birli birloque en el bolsillo de unos cuantos afortunados… Los de siempre…

Pero el efecto “Reclamo” estaba ya en marcha y en forma imparable, además, pues el “Régimen” bien que voceó a los cuatro vientos la “Buena Nueva” del fin de la endémica miseria, con lo que el despoblamiento de las miserables, atrasadas, áreas campesinas dio comienzo prosiguiendo a ritmo que día a día se tornaba vertiginoso, con lo que esos barrios, más fantasmales que reales, con sus edificios a medio construir, sus calles sin asfaltar, de tierra polvorienta, sin siquiera sombra de medidas sanitarias, alcantarillado etc., que tornaban en densos barrizales lo que debían haber sido plazas, calles y avenidas, fuéronse superpoblando de forma incesante; con una superpoblación que a sí misma se retroalimentó, pues los índices demográficos se dispararon en cotas más astronómicas que otra cosa…

Por finales, esas barriadas se expandieron hacia el sur-sureste de Tánger en nuevos poblados, pero éstos ya abiertamente chabolistas, chamizos construidos, en el mejor de los casos, de adobe o cascote, cuando no con planchas metálicas, tablas, cartones, lonas, pasando por esas planchas de amianto, onduladas, que era la Uralita de aquellos años 50, 60 y 70, ya prácticamente antediluviana. Entre esa barahúnda humana, como las setas en Otoño, se daba todo ese cortejo connatural a la más abyecta miseria, la drogadicción a escala sobrecogedora, la prostitución callejera, no pocas veces a cambio de una simple “papelina” de “jaco”, “caballo” o heroína, la delincuencia más amenazadora y galopante… Hasta tal punto eso era, es, así, que aún hoy día la policía prefiere no inmiscuirse en los “asuntos internos” de tales babeles y los taxista, ni hartos de grifa, kiffi o lo que sea, se quieren aventurar por tales vericuetos…

Y, entreverados con todo eso, nutridos batallones de niños y niñas, desarrapados, hambrientos las más veces, deambulando a sus anchas por aquí y por allí Y la explotación sexual de niños y niñas, hasta a veces “alquilados” por sus propios padres a occidentales turistas del sexo, cuando no vendidos a proxenetas para sus prostíbulos en la muy demócrata y civilizada Europa Occidental o en los Estados “Juntitos” Cuánta niña, cuánto niño, de once, doce, trece años no habrán sido “estrenadas/os”, como vírgenes, una y otra vez, por respetables señores cincuentones, sesentones, de esa Europa Occidental, de esos Estados “Juntitos”, muy honorables esposos y padres de familia todos ellos, “faltabe” más…

En ese inframundo, tremendamente peligroso, se sumergió Berto, ojo avizor, por la cuenta que le tenía Y que el lugar era muy, pero que muy, peligroso, lo pudo comprobar cuando apenas si llevaría cinco o seis días deambulando por tales andurriales, le salieron al paso tres “pavos” de mucho cuidado, equipados con “chairas” de regular tamaño, bastante más de los 11cm, y más que dispuestos a rebanarle la nuez por lo poco que pudiera llevar en el bolsillo, pero los ánimos de los jaquetones se enfriaron bastante cuando Berto les opuso todo un machete-bayoneta de casi 45 cm de hoja que, para más INRI, parecía capaz de cortar el manido cabello en el aire…

Fue pasando el tiempo, con él esperando pacientemente una luz que iluminara su negro horizonte respecto a lo que tanto, tanto, le interesaba Los incidentes con la “gente guapa” del entorno no cesaron de menudear, solventándolos todos en un santiamén, lo que fue granjeándole fama de “bravo” y, lógico, el “respeto” de lo más florido del hampa circundante; vamos, que se trocó en “gallo entre los gallos”… Rebasaría ya los dos meses de vegetar en tal sitio cuando esa lucecita tan esperada le empezó a brillar en lontananza. Para sorpresa de sorpresas, la luz vino de la mano de uno de aquellos matones que, a poco de llegar a aquél “paraíso”, le salieran al paso, tomándole un “panoli” (un idiota), “jincho” que con las semanas se le “pegó” en plan más fraterno que amistoso

La cosa fue que el “andoba” un buen día le sopló que tenía a la vista un “negocio” que podía reportarles a los dos una “jartá e guita”. El asunto era personarse, con unos cuantos “coleguis” más, una determinada noche que, por cierto, no tendría luna, por ser nueva, en una determinada cala de la costa y allí recoger unas cajas que habría que transportar a través de la mitad de África, atravesándola de oeste a este: Ni más ni menos que hasta Somalia. “Cacharritos” para los piratas que operan en el “Cuerno de África”, o para los “Señores de la Guerra” del lugar, los cabecillas tribales entregados al bello menester de destripar a los individuos de las otras etnias, que lo mismo da que lo mismo toma…

Pero es que, además, el “coleguita” dijo a Berto que los grandes patrones del “negocio” eran un atajo de paramilitares albano-kosovares de muchísimo cuidado; gente que, por un “quítame allá esas pajas”, te rebanan el pescuezo y se quedan tan frescos. Y eso le llegó al alma al bueno del ex “legía”, pues con bastante fundamento pensó que allí podía estar ese cabo de la madeja que con tanto ahínco buscaba. En fin, que el día y hora convenidos allí estaban Berto, su “fraterno amigo” y otros cuantos hombres más, ocho o diez, controlados por cuatro o cinco tipos cuya sola vista pegaría un susto de muerte al mismísimo miedo, los famosos albano-kosovares, aunque luego resultara que el pelaje del mortal rebaño fuera variopinto, ya que allí había toda una muestra de las etnias balcánicas, pues habían albaneses, de Albania y Kosovo, serbios de Serbia y Bosnia, croatas. Vamos, toda la gama de aquellos montañosos lares europeos…

Cargaron la mercancía en cuatro camiones y carretera y manta, un decir lo de carretera, hacia Somalia. Fue un viaje de días y días, semanas y algo más del mes, entre ir y regresar luego a Tánger, pero sumamente provechoso para Berto, pues acabó atrayéndose la atención y el aprecio, hasta cierto punto lo del aprecio, claro, de uno de los controladores, un serbio de Serbia, por cierto Cuando éste tipo supo que él había estado en la Legión española, le comentó que él ya había conocido a uno, con lo que Berto le dijo que ya sabía que un antiguo compañero estuvo con verdadera “gente guapa”, su amigo “Jaro”…

Charlaron y charlaron durante todo el viaje, ida y vuelta, y Berto, como quien no quiere la cosa, indagando que te indagarás… Sí, era la gente del llamado Arkán y nuestro amigo fue sonsacando a su reciente “amigo” vida y milagros de aquél grupo de asesinos, pues calificativo distinto en absoluto les cabía; así supo que no había sitio por donde Satanás soltara al tal Arkán: Tráfico de armas, de droga, dura y blanda, que tanto monta, monta tanto; prostitución, lo mismo por libre elección de las tías que por la fuerza, coacción y demás… Y pederastia; el tal Arkán lo mismo compra críos, crías, de incluso seis siete años que los secuestra para venderlos al mejor postor…
Pero también supo de la horrenda, fría, crueldad de aquella gente, en especial del nombrado Arkán, cuando su nuevo “amigo” le habló de un pobre diablo, un “panoli”, que se quiso pasar de listo estafando al Arkán unos dos o tres mil euros y la forma en que su admirado jefe le mató allá en Málaga, donde le “cazaron”: Una muerte lenta fue la que le dio, personalmente, el no va más del jefe; horas y horas torturando al pobre infeliz para acabar degollándole. Y el destino que aquél demonio humano dio a su “jai”, la hembra que se beneficiaba, aunándola a su “cuadra” de rameras. Pero una ramera muy especial… Muy, muy selecta…

El gilipollas del “maromo” de la “jai” había sido el único mortal que se atrevió a hacerle trampas al gran hombre y el Arkán le tomó un odio feroz, odio que no se aplacó con las mil y una perrerías que le hizo antes de ultimarle, sino que lo bifurcó hacia aquella desdicha de mujer. Sabido es que hay degenerados que cifran su mayor placer en someterse a “amas estrictas” del sadomasoquismo, pero no es menos conocido que también hay engendros cuyo éxtasis está en torturar a las mujeres al tiempo de “tirárselas”… Y esta especie de “buenas piezas” también se da entre lo más selecto de la sociedad, magnates del dinero en general, que, en añadidura, están más que dispuestos a pagar bien tales “exquisiteces”. Y a eso dedicó esa especie de sanguinaria fiera bípeda a la desdichada Halima, pues a Berto no le cabía duda de que el gachó con el que la sorprendió “haciéndoselo” aquél aciago día era el “panoli” que se atrevió a estafar al Arkán, luego ella la “jai” a que el serbio se refería

Eso lo tenía Berto más que claro, pero ni remota idea de dónde esa gentuza podía tener a la que, a pesar de todos los pesares, seguía robándole el sueño. Regresaron a Tánger y Berto puso especial cuidado en seguir cultivando la amistad con aquél serbio que más no podía odiar; así conoció a otros tipos de su misma calaña, compañeros en aquella manada de lobos humanos que era la gente del Arkán. Conoció a fondo al clan; la columna vertebral la formaba esa hibridación entre guardia pretoriana y asesinos sin entrañas que era la gente balcánica, unos treinta o cuarenta hombres, pero contando con un “peonaje” de cientos de hombres y mujeres, desahuciados de la vida, como aquél marroquí que le introdujo en ese nuevo entorno de la delincuencia de alto “standing”, al de los más despiadados asesinos, sirviendo en tareas menores, pero no menos importantes, como ojos y oídos donde nadie llega, donde nadie ve ni oye… O acémilas de carga, como esas decenas de marroquíes harapientos que entonces les acompañaban

Hasta llegó a conocer, personalmente, al Arkán y su envidiable villa en una de las urbanizaciones más exclusivas de Tánger. Esa urbanización no era lo que todos entendemos por tal, pues allí no había cuadrículas de calles festoneadas por primorosos chalets, o villas, “vilas” como en Tánger se dice por asimilación, castellanizada o españolizada, del francés “ville”; no, allí todo era Naturaleza en estado puro pues la tal “Urbanización” era toda la ladera de un promontorio o loma elevada que por el nor-noroeste daba al mar por el cabo Espartel, descendiendo hacia el sur-sureste muy, pero que muy suavemente, a la llanura que ubica la ciudad de Tánger, todo ello poblado de arbolado, bosque de pinos y eucaliptos con algunos olivares alternados; y entre tal paisaje, diseminadas, las parcelas edificadas, sueltas al tuntún, todas ellas constituidas por “villas” o “vilas” aisladas las unas de las otras

La “vila” del Arkán se emplazaba en una de esas parcelas aisladas, pero una parcela, digamos, “a lo bestia”, pues cubría varios miles de metros cuadrados, cuatro o cinco mil, al menos. La casa en sí no era tan grande pues, en todo caso, no excedería en mucho los ciento veinte/ciento treinta metros cuadrados, pero enteramente rodeados por espacio verde, sistemas de jardines unificados en un único Edén, a los que no faltaban idílicos paseos con sus bancos de madera, como en cualquier parque público, sombreados por hileras de árboles que, sin solución de continuidad, bordeaban ambos flancos de cada paseo: Palmas datileras, almendros, higueras y, cómo no, naranjos y limoneros. En los espacios delimitados por esas hileras de árboles, un parterre repleto flores, con una gran fuente en su centro en cuya base un somero estanque recibía las aguas emanadas por la fuente; o un pequeño estanque rectangular alimentado por una o dos fuentes menos pretenciosas que las otras. En la parte de atrás, en medio del jardín constituido por su correspondiente sistema de pequeños jardines, paseos y demás, una gran piscina enmarcada en un recuadro de verde césped Vamos, una especie de “Paraíso Terrenal” digno de las historias de “Las Mil y Una Noches”. Pero, a poco que uno prestara atención, resultaba que el tal “Paraíso” realmente era un fortín: Para empezar, todo eso estaba rodeado de una cerca de obra, ladrillo visto muy del gusto mudéjar, alta en unos cuatro metros; no había guardia ni vigilancia a la vista, pero las cámaras de seguridad abundaban lo mismo a lo lago de esa muralla como, desde la casa, explorando el idílico conjunto externo de jardines.

Al gran hombre Berto le gustó; mantenía buen recuerdo de aquél otro “legía” que en tiempos para él trabajara y este otro le pareció igual, sino mejor, que el pretérito, de modo que se mostró interesado en atraerlo a su servicio. Berto se dejó querer por el magnate del crimen, con lo que llegó a disfrutar de una cierta confianza en aquella lujosa mansión, así que no perdía comba en fijarse en cuanto a su alrededor sucedía, estudiando, reteniéndolo todo celosamente en su memoria, analizando luego, en la seguridad y tranquilidad de su morada en Beni Makada, cuanto viera, cuanto observara

Y de tales observaciones dedujo algo interesante; allí había alguien muy vigilado: A esa conclusión llegó tras constatar que, de vez en cuando, pero casi todos los días, a este o a aquél tipo de los que habitualmente permanecían en la casa, unos doce o catorce de los matones de Arkán, se le decía

• Fulano, tu turno…

Y el fulano desaparecía por una puerta, la misma por la que al poco aparecía otro de aquellos “angelitos” hasta entonces oculto de la vista del ex legía, luego, sumar dos y dos era deducir que tras esa puerta se vigilaba a alguien. Aquí y ahora, conviene decir que, al entrar en lo que en sí era esa casa, lo que primero se encontraba era un amplio vestíbulo o recibidor e inmediatamente, una puerta que daba a un enorme salón, con más divanes que sofás, al más puro estilo de las casas árabes adineradas, adosados a sus paredes, con varias mesitas, bajas, colocadas por el centro de la estancia dando servicio a los divanes o sofás. Este salón también disponía de un monumental aparato de televisión, un “home cinema” por todo lo alto, que podía convertir la sala en una cinematográfica, mueble bar más que bien surtido y toda la pesca que quiera uno imaginarse, habida y por haber… Otras dos o tres puertas comunicaban con lo que podríamos llamar el resto de la parte noble de la casa, incluyendo las estancias privadas del dueño de la casa. En tanto a la parte del servicio de la casa se accedía por una puerta lateral del edificio, la de servicio… El salón era, sin embargo, el punto neurálgico de la casa, pues allí se desarrollaba diariamente la vida; todo el día estaba la mar de concurrida, pues allí se reunían todos los pistoleros del “Gran Jefe”, ocupados mayormente en haraganear tirados por los divanes jugando a las cartas y tal y tal…

En fin, que un día Berto se “hizo el loco” y se coló por la famosa puerta; se encontró con un pasillo que apenas cubriría dos o tres metros hacia la izquierda que él, decidido, siguió, llegando a otra puerta que comunicaba, al frente, con la parte “innoble” de la casa, la del servicio, pero que a la derecha vio una escalera que bajaba a lo que parecía un sótano… De momento se quedó confuso, sin poderse explicar aquello del sótano, pues no le parecía que fuera eso el sitio más idóneo para mantener encerrada a una mujer que, indudable, le interesaría que luciera mínimamente esplendorosa, pues quienes se gastan “jartás” de “guita” en una titi no la quieren “mu ezcushimizá” que digamos, pero al momento recordó lo que también le dijera el “Chino”: “Hasta creo que le hizo un crío… Debe tener ya unos cuatro años” Sí; eso debía ser; era al hijo de Halima quien estaba allí, secuestrado por el gran hijo de perra albanesa; seguro; lo usaría como resorte para dominarla a ella, obligarla a pasar por cuanto él quisiera: “Mientras obedezcas, tu hijo vivirá” debía decirle Con todo el cuidado, todas las precauciones del mundo, fue bajando esas escaleras, unos cinco o seis escalones hasta que, amparado en un recodo, vio sin ser visto el fondo de la escalera; al pie mismo, el tipo que relevara al que apareció luego por aquella puerta del salón, sentado en una silla fumando y “enchufado” a los cascos de un “MP 3” de audio y hacia la derecha lo que sin duda era un camastro, con las piernas de un niño asomando… La pobre criatura ya ni se quejaba, pues debía haber agotado ya cuantas lágrimas era capaz de fabricar su organismo

Pero seguía sin tener ni repajolera idea de dónde encontrar a la madre y, lo cierto, es que el pobre Berto ya ni sabía qué hacer, pues todo en torno a Halima era un muro de silencio. O, al menos, eso le parecía a él… Pero sucedió que no; que el león no era tan fiero como parecía. Vamos, que la cosa más bien había estado en su extrema circunspección En fin, que un día se le ocurrió comentar a ese nuevo amigo suyo, el serbio de marras, así, como quien no quiere la cosa, que qué morbo poderse “cepillar” a la “gachona” del panoli, a lo que el serbio, riéndose, respondió

• Pues nada tío; mil quinientos euros tendrían la culpa… Y un viaje a Kenitra…

FIN DEL CAPÍTULO


© Barquidas

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