HISTORIAS DE SEDUCCIÓN
Float, izquierda

HISTORIAS DE SEDUCCIÓN
Solo para mayores de 18 años


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¡¡AY, MORITA!! (2)



CAPÍTULO 2º

Y así, de la manera más tonta del mundo, supo dónde buscarla; se estuvo llamado idiota, “tonto’l’haba”, lo menos año y medio, pero salió “pitando”, como alma que lleva el diablo, no exactamente a Kenitra, sino algo más al sur, a Casablanca. Berto no era un delincuente, pero el “paño” lo conocía mejor que bien pues el “talego” te enseña cosa fina en tales artes, y pasarte siete largos años a la “sombra” te hace no ya “licenciado”, sino “Doctor Honoris Causa” en esas lides; pero es que, además, respecto a lo de “sabérselas todas”, los meses pasados entre la jauría humana de albaneses y demás, ese inenarrable viaje a Somalia, tampoco eran “moco de pavo”, luego no tuvo que esforzarse o cavilar mucho para saber en qué oídos deslizar ciertas palabritas para agenciarse, por una parte, de un artilugio electrónico que, más que minúsculo, era microscópico… Y una pistola “Beretta”, del 9 largo, y semiautomática, con un montón de cargadores de 20 cartuchos

Solventadas estas bagatelas puso proa, finalmente, a Kenitra. Allí, se registró en un hotel que ni los de “Las Mil y Una Noches”, si es que para cuando el libro se escribió, allá por los siglos VIII y IX, existieran hoteles, que me malicio que más bien no, pero, de haberlos habido, los que alojaran al califa de Bagdad Harun al-Rashid mejores no habrían sido… ¡Como me llamo Haníbal, leñe ya! Y Berto allí se instaló a todo trapo. Continuamente “tirado” en la tumbona de la playa privada del hotel, que hasta de tal lujo disponía la “covachuela”, suntuosas propinas a los camareros, y palabritas deslizadas a los oídos del recepcionista, de los camareros Que si era fanático del sexo duro…que si no le importaría pagar buenos euros por una sesión de sexo un tanto especial, muy, muy sibarita…que si lo que de siempre se hacía con una tía ya le aburría y necesitaba experimentar cosas nuevas… ¡Pero con mujeres, ojo, no vayamos a “goder” la marrana!…

Y allí estaba Berto, en el banco de la paciencia, esperando que te esperaras Pero, la verdad, su espera no pasó de cuarenta y ocho, setenta y dos horas, pues enseguida aparecieron, una tarde cualquiera, poco después del almuerzo, ya que Berto seguía los usos y costumbres hispánicos en tal cuestión, dos tipos que, sin más ni más, se sentaron junto a él

• Tenemos entendido que usted, caballero, desea mantener una relación… Digamos que muy particular con una mujer… ¿Nos equivocamos, señor?
• Pues… Puede que sí…pero, también, pudiera ser que no… ¿A qué se refieren, concretamente, caballeros?
• Vaya… Esta sí que es buena, pues ni sé cómo mejor explicarme; vamos a ver…vamos a ver… ¡Ah!... Ya, ya… A ese respecto, ¿le dice algo el marqués de Sade?

Berto se echó a reír, respondiendo

• ¿Saben? Casualidades de la vida, pues resulta que me dice mucho: pero que mucho, mucho… Ja, ja, ja… Curioso, ¿verdad?...
• Muy curioso, sí; muy, muy curioso… Y, suponiendo que estemos hablando de lo mismo… ¿Cuánto dinero invertiría en lograr sus más íntimos deseos?
• Y, suponiendo que estemos hablando de lo mismo, ¿por cuántos euros ustedes harían realidad esos deseos?

Se sonrieron los dos y uno de ellos, bajando la voz, dijo

• Una hora con una señorita… Muy…pero que muy, muy “sufrida”, sólo mil quinientos euros

Berto se rascó la cabeza, fingiendo, pensárselo

• ¿No es un poco caro?... Mil quinientos euros son muchos… Muchos euros…
• Y lo que nosotros le ofrecemos es único ¿Cuánto vale algo que es único? ¿Cuánto vale el “Discóbolo”, “La Gioconda”, las pirámides de Egipto, la Alhambra de Granada, la Giralda?…
• ¡Por favor, señores! No desvariemos, que lo que dicen es desvariar
• Pues, como usted decía, puede que sí sea así, pero también puede que no; simple cuestión de apreciaciones. Claro que si usted no aprecia las cosas como nosotros, en principio, creíamos, pienso que estamos perdiendo el tiempo. Lamentamos habernos equivocado. Perdone usted, caballero…

Los dos hombres se levantaron dispuestos a marcharse y Berto se echó atrás en su indolente postura

• ¡Esperen, esperen, señores! No se vayan tan rápido, que yo aún no he dicho que no
• Pero, reconozca conmigo, que eso es lo que se desprende de su negativa actitud y nosotros somos personas muy ocupadas, así que Nuestro tiempo es precioso y no podemos ir por ahí desperdiciándolo Y con usted ya hemos invertido bastante, luego, por favor, decídase. ¿Le interesa o no le interesa?

Desde luego que no podría decirse que aquellos tíos no fueran más que directamente al grano. Y claro está, Berto dijo que sí, y hasta pidió perdón por su inicial displicencia. Y ocurrió que dos días después un coche, con los cristales tan tintados que parecían negros, le recogió de la terraza callejera de un conocido café; sin duda alguna, Berto fue consciente de ello, el vehículo dio vueltas y vueltas por la ciudad, en intento de despistar al viajero a fin de mantener en el mayor incógnito el lugar al que le conducía… Ya se lo habían indicado cuando detallaron las condiciones del “negocio”: Su índole era tan “especial”, que mejor mantenerlo todo en el mayor arcano, pues “en boca cerrada no entran moscas” Y si los ojos no ven, la boca tampoco puede hablar

Por fin el automóvil se detuvo; Berto era consciente de que momentos antes habían atravesado unas portadas que, además, debían ser bastante grandes, pesadas, pues el ruido que hicieron al abrirse y luego cerrarse fue más que sonado; después, momentos más tarde, supo que atravesaban otra portada, doble también, pero que debía ser bastante menos pesada pues su chirrido no fue nada del otro mundo. Allí, el chofer que le llevaba le invitó a apearse; al poner pie en tierra comprobó que estaba en lo que, a todas luces, era un garaje; el chófer le sirvió de guía para encaminarle a un ascensor que le llevó a la planta superior, y allí fue una mujer, marroquí por más señas, quien le recibió la mar de obsequiosa, conduciéndole hasta una habitación

• Ya puede usted ponerse cómodo, caballero… Enseguida tendrá usted aquí a la señorita…

Hizo ademán de salir de la habitación pero, con ya el pomo en la mano en última acción de cerrar la puerta, pareció recordar algo, por lo que añadió

• Ah, por cierto; en el mueble bar hay todo tipo de bebidas, alcohólicas y zumos… Y sobre la cómoda, “canutos” y un poco de coca…gentileza de la casa para con sus clientes… Que lo pase usted muy bien, caballero

Entonces sí que cerró, suavemente, sin apenas hacer ruido, pero la puerta quedó firmemente cerrada. Y a Berto le empezó a entrar miedo, pues aquél era el momento más temido de su aventura, cuando ella le viera, pues si alguien se daba cuenta de que ambos ya se conocían, todo se podía ir al traste y a saber qué consecuencias podían venir aparejadas, así que esperaba que, cuando Halima entrara en la habitación, lo hiciera sola, que a él le diera tiempo para hacerle señas de que guardara silencio y que ella entendiera todo eso, y se callara, no soltara un grito nada más verle. Total nada, toda una carrera de obstáculos a salvar sobre la marcha…

No le dio tiempo a pensar, temblar, mucho, pues en menos que se santigua un cura loco, la puerta volvió a abrirse dando paso a Halima. Y, al momento, a Berto se le cayó el alma a los pies, pues la que fuera su mujer, la que todavía, legalmente, lo era, no había Dios que la reconociera. Ya no es que estuviera delgada, pálida, demacrada, hasta parecer anémica; que estuviera hecha una auténtica ruina. No; eso no era lo peor, sino sus ojos, por un lado muertos, por otro brillantes, con ese tan especial brillo del “drogata” que ya está permanente “colgado”; esa apariencia de ido, de loco, loca en este caso. Halima, prácticamente desnuda, pues no la cubría más que una bata que, para más INRI, la llevaba abierta de arriba abajo, repetía una y otra vez la misma cantinela, con voz monótona, impersonal…

• Soy muy buena…Sí… Soy muy buena… Ya verás lo bien que te lo pasas conmigo… Soy muy buena…

Berto fue a ella, la estrechó entre sus brazos, la besó…

• ¡Halima! ¡Halima! ¡Mi amor, mi vida! ¡Soy yo, Berto! Halima, ¡por Dios! ¡Reacciona! ¡Reacciona mi amor!

Pero Halima no reaccionaba, siguiendo con su retahíla…

• Soy muy buena, muy buena…Sí… Soy muy buena… Muy…muy buena…

Aquello era una salmodia repetida y repetida hasta la saciedad, pero que, en verdad, no era nada pues Halima lo repetía, pero como un loro repite lo que oye. Ella ya no era una persona, sino un robot, o, mejor, un zombi, una zombi; un ser muerto en vida. No se enteraba de nada, no le veía, no le oía. Vivía en su nube, su nube de drogadicta, sin duda forzada, pues eso, drogar a las mujeres hasta hacer de ellas eso, “robots humanos”, que, estando así, bastante más que en un “viaje”, son dóciles instrumentos en manos de esa…de esa… ¡Ni palabras, ni epítetos suficientemente contundentes para definirlos encontraba ya Berto en su desgarrada jerga mitad legionaria, mitad carcelaria!…

Abrazó dulcemente a la pobre Halima, sintiendo su propia alma, su propio corazón, todo su ser, en suma, embargado por durísimo, horrísono, dolor ante lo que veía. Ella, Halima, seguía igual repitiendo su salmodiante retahíla, pero algo también en ella cambiaba. Pues Berto supo que la mujer, en un momento dado, se abrazó de verdad a él y fue consciente de que lágrimas ya incontenibles comenzaban a surcar ese su rostro ya, más que macilento. También apreció cómo la mujer, casi continuamente semi absorta en él, le miraba, dedicándole una sonrisa apenas perceptible. Un odio bestial, irracional, había brotado en él tan pronto vio y asumió lo que con Halima estaba haciendo la ominosa mente criminal del albano-kosovar; sí, un odio de esos llamados “Cartaginés”, por el mítico juramento que, según la leyenda, que no la Historia, su padre, Hamílcar Barca, obligara a hacer a Haníbal Barca: “Odio eterno a Roma” (1) Pero, al propio tiempo, combinado con una ternura hacia aquella mujer en verdad inigualable, cuando más, superable. Así que, lleno de cariño, de dulce suavidad, la llevó hacia la cama

• No te preocupes Halima; cariño mío, tu tortura se ha acabado: Yo te protegeré; enmendaré, de verdad, aquello tan horrible que te hice. Duerme, mi amor; descansa, descansa ángel mío

Sí; la había llevado hasta la cama y tumbado sobre ella, cerrándole, amorosamente, la abierta bata. Le acarició las mejillas, el pelo, la besó en la frente, con Halima sonriéndole, suspendida ya la aprendida retahíla, mientras suavemente, con infinita ternura y cariño en la voz, Berto le pedía que cerrara los ojos y se durmiera. La mujer seguía con sus ojos fijos en él y la feliz sonrisa en los labios, pero hizo lo que Berto le decía: Cerró los ojos y, a todas luces, fue quedándose entregada al sueño. Tal vez fuera la primera vez que, en años, su sueño era tranquilo, sin pesadillas que la aterraran…

Berto entonces, cuando la vio más tranquila, se dirigió resuelto a la puerta, a manos limpias, por cierto, pues cuando salió del hotel para ser conducido hasta allí, ni proyecto tenía de en lo que la tarde iba a derivar; salió desarmado, previendo lo que, en verdad, sucedió: Ser cacheado antes de subir al automóvil. Y así, a manos limpias, salió al pasillo… En tal momento se le acercaban, por su izquierda, la mujer marroquí que le atendiera al llegar, indudablemente la “madame” del antro y un tipo al que no conocía, fornido, alto… Más menos, el tipo general de la banda de pistoleros del Arkán. La mujer le vio y, solícita hasta ser empalagosa, dijo

• ¿Desea usted alg…?

No pudo seguir hablando, pues el ex “legía” la agarró por el cuello y, torciéndoselo contundentemente, se lo tronchó en un santiamén, matándola en el acto, en tanto el hombre que la acompañaba, cogido por sorpresa, intentó retroceder hacia atrás al tiempo que se llevaba la mano a la trasera del pantalón pero no pudo hacer más, pues Berto le cayó encima, arrastrándolo al suelo, al tiempo que su mano derecha, grande cual rueda de molino, se aferraba a su cuello, presionando salvajemente las dos carótidas, causándole así mismo la muerte en un par de minutos, sin permitirle emitir ni un mínimo sonido de alarma

Deshecho de esos dos primeros enemigos, registró al hombre, cobrándose una pistola, lo malo que con un solo cargador, pero también una “chaira” de regular tamaño, quince o dieciséis centímetros lo menos. Con un arma en una mano y la otra en la contraria, fue avanzando, cual lobo al acecho, en busca de sus siguientes presas. Hora y pico después, la villa, pues eso era el lugar, estaba libre de esbirros, reducidos a cinco cadáveres cuando Berto, con Halima en sus brazos, se metía en el automóvil que hasta allí le llevara, partiendo, en el acto, hacia Ceuta

Era ya noche cerrada, las diez o las once, cuando Berto, con Halima a su lado, entraba en la española ciudad norteafricana. Directamente se dirigió a la casita baja que en el barrio musulmán habitaba el “Chino” con su “detalle”, una chica marroquí, Muna, de casi treinta años ya y de la que tenía dos críos, niño y niña; no hizo falta que explicara o dijera nada, pues del tirón la pareja del “Chino” se hizo cargo de Halima…

• ¡Dios de mi vida, hijita! ¡Qué te han hecho, cariño! ¡Qué te han hecho!

Berto preguntó al ”Chino” si le podía dar algo de munición y su amigo le alargó dos cajas del 9 largo “Parabellum”, al tiempo que tomaba él mismo dos pistolas y otras cajas de munición diciendo

• Andando Berto; vamos a darles ”matarile” a esos cabrones, hijos de puta, de los eslavos
• Esto no va contigo, “Chino”; esto es sólo cuestión mía
• Y una mierda “pa” ti. También Halima es amiga mía; y de Muna. Y a esos hijos de puta hay que “apiolarlos” para que aprendan a respetar a los “legías”. Y eres mi “colega”, mi compañero. “Al grito de “A mí, la Legión”, acudirán todos y, con razón o sin ella, ayudarán al compañero en apuros” Ya lo sabes, o, ¿has olvidado nuestro “Credo”, el que nos legó nuestro fundador, Millán-Astray?…

No hubo más que hablar, y los dos partieron rumbo a Tánger; llegaron a la “Urbanización” donde el Arkán tenía su lujosa morada con las primeras horas de la madrugada; valiéndose de un corta-alambres abrieron un boquete en la alambrada que circundaba toda esa zona, colándose dentro sin que nadie se apercibiera de ello, llegando en minutos a la vista del predio del albano-kosovar y, una vez allí, se dedicaron a esperar, oteando de continuo su objetivo. Dejando transcurrir el tiempo hasta hacerse próximas las cinco de la mañana; entonces se pusieron en movimiento. Previamente, con un inhibidor de frecuencias, anularon la acción de las cámaras de seguridad, dejando ciegos los monitores de dichas cámaras; bajo tal protección cubrieron la distancia hasta la casa, cuya puerta echaron abajo a tiro limpio, para seguidamente entrar en el salón disparando a quemarropa sobre todo cuanto se movía. Fue algo así como, en un abrir y cerrar de ojos, dejar toda la estancia cubierta de cadáveres en las más ridículas poses imaginables Al ruido de los disparos empezaron a llegar a la sala nuevos hombres que, al instante, pagaban cara su osadía de entrar allí impunemente. Vamos, que no fueron más que minutos los transcurridos desde que entraron en la casa hasta que allí no quedó títere con cabeza…

Por cierto, que al Arkán lo "cazaron” vivito y coleando. El “gran hombre” estaba durmiendo tranquilamente, en sus particulares habitaciones, cuando empezó el “fregao”, atrapándole en “cayumbos” (calzoncillos/calzones) Se derrumbó al instante, arrojándose por el suelo implorando piedad y misericordia. En su vida Berto odió y despreció tanto a nadie como entonces odiaba y despreciaba a aquella fiera sanguinaria. Aquella alimaña bípeda. El sádico criminal, postrado de hinojos ante ellos, rogaba, llorando, por su vida, prometiéndoles, además, el “oro y el moro” si le dejaban vivir. Primero, la mitad de cuanto poseía, luego la totalidad de su fortuna

Berto le miraba fríamente, en silencio, y el “Chino” se mofaba, se reía de él en sus narices, amagando dispararle con el consiguiente espanto del amenazado. Por fin, hablándole suavemente, casi amistosamente, Berto le pidió, si no tenía inconveniente, claro, que les sirviera sendos whiskys, y el albanés casi ve entonces el cielo abierto ¡Cómo iba a tener él inconveniente en servir, personalmente, a tan insignes “amigos”! Servilmente hizo cuanto le pedían, sirviendo los vasos, con su hielo, y dejando la botella al alcance de sus “huéspedes” sobre la mesita baja junto a la que ambos se sentaban en dos sofás pareados. Berto bebió un par de sorbos de su vaso, para decir a continuación

• ¿Sabes Arkán? Eres una rata asquerosa, pero es que, además, resultas ser un cobarde. Muy “macho” tú, ante gente indefensa, pobres diablos, inermes mujeres, pero cuando te toca perder, pierdes la compostura. Mírate, temblando de miedo, de rodillas, pidiendo clemencia. La clemencia que tú no tuviste con tus víctimas, a las que no te limitaste a, simplemente, matarlas, sino que tenías que torturarlas, tenías que recrearte en su dolor. Sólo mereces la muerte, pero no una muerte rápida; no; una muerte lenta es lo que mereces…

Arkán lanzó un alarido de terror, se revolcó por el suelo, maldijo a sus dos “amigos” hasta la enésima generación de sus antecesores y, por finales, intentó lanzarse contra Berto, que lo detuvo de un contundente golpe en la cara con la pistola que empuñaba. La alimaña de dos patas volvió a caer al suelo, lanzando aullidos de dolor, con la boca destrozada, sangrando cual cerdo a medio degollar, escupiendo esquirlas dentales. Y Berto, cual Némesis vengadora, disparó; un solo proyectil al estómago del odiado ser; para qué más… Uno era suficiente para causarle, finalmente, la muerte, tras horas de dolorosa agonía… Tranquilamente, esta especie de Némesis, se repantingó en su sofá o diván, bebiendo su whisky a sorbos, regodeándose en la lenta, espantosa, muerte del causante de los males de Halima, peo el “Chino” fue algo más caritativo con el cuitado, finiquitando, de un disparo en la cabeza, su agónica tortura

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La recuperación de Halima fue lenta, muy, muy lenta. En un principio, ella no tenía nada claro. Recordaba cosas, pero no discernía si eran ensueños, fantasías oníricas de su cerebro o realidades. Le parecía que, cuando entró en aquella habitación para someterse a una nueva sesión de sexo duro, de tortura aniquiladora, se encontró con Berto, lo que al momento la tranquilizó, pero, casi de inmediato, todo se desvaneció en su mente. Luego, incomprensiblemente, se vio en una casa, con Muna, su amiga Muna, la mujer del “Chino”, el íntimo amigo de Berto. Luego, el tiempo fue pasando y, lo que en principio creía ensueños, alucinaciones incluso, se fueron trocando en faustas realidades. Sí, estaba en casa del “Chino” y Muna, su mujer, y Berto, a diario, también estaba allí, con ella…

En principio, lo que en Halima más preocupaba era una anemia algo más que perniciosa; lógicamente, lo inmediato fue ponerla en manos del médico, que en no tanto tiempo la fue poniendo en vías de solución, pero entonces comenzó a hacer acto de presencia el problema de la droga. Mientras la anemia la dominaba, Halima se pasaba casi todo el día durmiendo, pues el sueño es un poderoso reparador de energías y las personas con excesiva falta de ellas suelen dormir bastante, pero cuando fue saliendo de ese estado de postración en que llegó a la casa del “Chino” y Muna, el drama del “síndrome de abstinencia” se hizo espeluznantemente patente. Pero ella no quería aquello, no lo eligió por sí misma, sino que se lo impusieron, así que estuvo más que de acuerdo en salir de tal pozo

Así que fue ella misma quien propuso a Berto que allí, en casa de sus amigos, por muy solícitos que éstos fueran, no podía seguir. Por los niños, pero en primer lugar por su propio hijo, pues no es agradable verla en esos momentos álgidos, en que el cuerpo exige droga al precio que sea. Se fue con él, a la casa que Berto se agenció tan pronto volvió, de todas-todas, a Ceuta, a su vida; a una vida, en verdad, normal, como la de cualquier hijo de vecino. Fueron días, semanas, memes, de prueba, de abrigo y gabardina, pues superar los “monos” tampoco es moco de pavo. Pero Halima salió airosa del reto; se “desenganchó” y pudo volver a vivir con normalidad…

Pero ella no tenía a donde ir, tampoco de qué vivir, como no fuera volviendo a prostituirse, y eso, Berto, ni pensarlo quería, así que se la llevó, pues, a vivir con él. Pero no revuelto con ella. Halima quiso ser su mujer, su hembra

• Quiero hacerte dichoso –le decía- Que seas dichoso conmigo; de verdad que lo deseo Me devolviste la vida; te la debo, te debo la vida… Marido

Sí; él era, todavía, legalmente, su marido y ella su mujer, su esposa, pues nunca se divorciaron, por lo que su matrimonio seguía siendo válido. Para Berto fue una prueba horrenda el negarse a sí mismo la felicidad con aquella mujer que le tenía algo más que embrujado, pero ya no quería soñar, no quería seguir engañándose a sí mismo. Sin duda alguna, ella le estaba agradecida. Muy, muy agradecida, y sabía que no mentía cuando le decía que quería hacerle dichoso, y sabía, además, que si él aceptaba lo que ella le ofrecía, para ella no volvería a haber más hombre que él, Berto. Pero también sabía que ella no le quería, que nunca le había querido, que nunca le querría. No como él deseaba, como una mujer ama a un hombre…

Cómo, ella, tan bella, tan escultural, iba a fijarse en un hombre como él, con esa cara que Dios le dio, que más parecía un culo, un ser tan rudo, tan zafio como él, sin gracia ninguna, que ni siquiera sabía hablar a una mujer, que a la primera de cambio se aturullaba y a la postre se quedaba callado, como un pasmarote. Y sí; podría, si tuviera los suficientes hígados para ello, disfrutarla, gozar de ella con la entera colaboración de la mujer, su mujer, en añadidura. Pero no los tenía, no podría hacerlo. Ya no; antes, cuando creía que Halima le quería como él la amaba a ella, sí pudo, pero ahora…ahora ya no. Ahora sabía que aquello fue un sueño que él se empeñó en creérselo, pero ya había despertado del “dulce desconcierto” y aceptaba las cosas como eran: Ella no le amaba. Le quería, eso sí, estaba seguro, pero amarle, no, no y no. Y sin amor él no quería disfrutar de ella; le parecería que la prostituiría, y cómo iba él a prostituir a la mujer que más que amarla la adoraba

• Ya; en todo caso, te he devuelto una vida que de milagro no te quité. No Halima, no me debes nada; antes bien, te debo yo la dicha que antes me diste…

Así que empezaron a vivir en la misma casa, bajo el mismo techo, pero en diferentes habitaciones; ella, en una, con su hijo, él en la otra. Aquí convendrá saber que las “visitas” que Berto hizo, primero a la villa de Kenitra donde los “malos” tenían retenida a la mujer, luego, con el “Chino”, al “cubil de la fiera”, tampoco fueron tan gratuitas, pues en ambos lugares se dio un minucioso registro, y los billetes de banco, las joyas, no fue, precisamente, lo que faltó, con lo que ambos amigos acabaron aquél día con unas fortunas que, sin ser, en sí mismas, nada del otro mundo, para ellos era algo así como el tesoro de Alí Babá. Eso les permitió, a Berto, comprar esa casita de dos habitaciones, con su cocina, su estar-comedor, su cuarto de baño…y su mijita de huerto, con su parra sombreando las horas de calorina del estío, sus arbolitos, almendros, naranjos, limoneros, sus tomates, sus verduras. Toda una especie de paraíso en la falda del monte Hacho, combinando lo montaraz con la proximidad del mar, a tiro de piedra del lugar

Luego, los dos amigo montaron una taberna donde servían tapas y comidas a quién lo pidiera, con su menú diario por pocos euros. Atendiendo la barra, sempiternamente, Berto, con el “Chino” a su lado siempre que sus deberes militares lo consentían, y en la cocina, Halima y Muna, buenas cocineras ambas, pues había que ver cómo les salía el “pescaíto” frito, al más puro estilo andaluz, el “choco” adobado, tan típico en la cercana Cádiz, y qué decir del cazón, también en adobo, el “plusquam” famoso “Bienmesabe” gaditano. O los callos a la madrileña, las gambas “con gabardina”, (sin piel, rebozadas y fritas) o al ajillo. O esas estupendas paellas. Vamos, para chuparse los dedos todo ello…

La vida entre Berto y Halima discurría con normalidad, la normalidad propia de dos hermanos que conviven juntos. Berto, desde un principio, se encariñó de todas, todas, con el crío de ella: Le encantaba jugar con él, tenerlo en brazos, llevarlo de la mano cuando salían a pasear, besarle por todo y por nada. Sí, le traía loquito el chaval, pero es que también el chiquillo le tomó a él cariño de verdad, con lo que en nada acabó llamándole “papá”, con lo que Berto se hinchaba como pavo real, enorgullecido, aunque bastante más dichoso que enorgullecido pues, para él, el chico pronto fue ese hijo que hubiera querido tener de ella, y no tuvo

Ya sabemos que él no aceptó el sexo que ella, desde que Berto la volvió a acoger a su lado, le ofrendó, pero Halima, desde ese principio, cada noche esperaba que, finalmente, él la llamara a su cama, o fuera el propio Berto quien viniera a ella, a su propia cama, para ser dichoso con ella. Pero tal cosa no pasó y, cuando Halima se convenció de que tal cosa nunca sucedería se sintió rara; no era despecho por sentirse, como mujer, postergada, no, era algo más hondo, más profundo. En tiempos se cantaba un bolero que decía: “Eres como una espinita que se me ha clavado en el corazón”, y, más bien, era eso; como una espina clavada en su corazón…

El tiempo, días, semanas, meses, fue pasando, lánguido, y a los cuatro el negocio les fue muy bien, pues la tasca se convirtió en punto obligado, no solo para la gente de la IVª Bandera sino también para Regulares y la intemerata de gente más, hasta el punto de que el “Chino” se empezó a pensar, seriamente, que qué hacía él marcando el paso, “pelando” guardias, pegándose panzadas de correr o andar en esas marchas inacabables. Y por no hablar de los ejercicios de supervivencia, cuando un helicóptero te deja allá por donde Cristo perdió el gorro, y hala, sin más bagaje que una brújula y un machete, y ni “pastelera” idea de dónde estás, a buscarte la vida para volver al cuartel antes de la hora marcada; y mucho cuidado con los “compis”, pues tienes a casi toda la bandera loca por “cazarte” antes de que llegues al cuartel, que al que te agarre le dan una semana de permiso y tú al pelotón, a picar piedra, tirando de pico y pala, que bien lo decía aquél “Inglés que vino de Londón: “Yo quererme licenciar Tercio de Millán-Astray, que pico y pala hay”…

Pero con ese paso del tiempo Halima se empezó a “coscar” de las miraditas que, de vez en cuando, creyendo que ella no se apercibía de ello, él, Berto, le dirigía, con aquella carita de corderito degollado que tanta gracia le hacía a ella Le gustaba enormemente verle así, mirándola embobado, arrobado… ¡Se lo comería! ¡Le comería a mordiscos, a besos, esa carita tan divina! Sí; tan divina, entonces, para ella, a pesar de que, en efecto, y como Berto bien se sabía, más pareciera un culo que un rostro. Y es que, bien se dice, que el amor es ciego, porque ve más allá de lo aparente, porque no sólo ve el cuerpo, sino también el alma del ser querido

Así llegó una noche cuando los tres, Berto, Halima y su hijo llegaron a casa tras todo un día de trabajo, como cualquier otro día, cualquier otra noche; como era ya habitual, era él, Berto, quien cargaba con la criatura, dormidito del todo el chiquillo. Entraron en el saloncito y allí él tendió el niño a su madre, disponiéndose a despedirse de ella; como siempre, comenzó por besar al que para él era un verdadero hijo y luego, como cada noche hacía, sus labios acariciaron la frente, las mejillas, de la madre Pero esa noche, se detuvo un pelín más en tales caricias, aunándose la mano a los labios al acariciar las femeninas mejillas; hasta su dedo pulgar se posó sobre los labios de la mujer, que, sonriéndole, besó ese dedo.

Berto agachó la cabeza, pidió disculpas por su atrevimiento y se dispuso a dar la vuelta, enfilando la puerta que llevaba a su dormitorio, pero Halima le detuvo

• Espera Berto ¿Por qué no vienes conmigo a dejar al nene en la camita?

Berto dudó un momento, pero enseguida, sonriendo, volvió a acercarse a ella, con la sonrisa en los labios

• ¡Buena idea! Ni sé cómo no se me ocurrió antes a mí. Anda, déjame al crío; yo lo llevaré

Halima, sonriente, feliz, le tendió al niño, colgándose, por vez primera desde que regresó con él, de su brazo y, así emparejados, se encaminaron los dos a la habitación que madre e hijo compartían; llegados allá, entre los dos quitaron al niño la ropa que llevaba para ponerle el nocturno pijamita, con lo que el pequeño despertó, tendiendo a ambos sus bracitos; los dos le besaron y entre ambos le metieron en la cama, abriendo sábana y mantas ella y depositándolo en la cama él. Seguidamente, dijo Halima a su hijo

• Cariño, tú ya eres muy grande, ¿verdad? Mamá…mamá ya no va a seguir durmiendo contigo…
• Y, ¿Por qué no, mamá?
• Porque mamá, desde esta noche, dormirá con papá. Vamos a ver cariño; ¿te gustaría que papá y mamá te trajeran un hermanito?
• ¡Pues claro que sí!
• ¿Ves? Por eso mamá va a dormir con papá, porque tendremos que escribir muchas cartas a la cigüeña para que ella te traiga un hermanito.

Mientras decía esto, Halima miraba, pícara, a Berto

• ¡Vale mamá! ¡Hasta mañana mamá! ¡Hasta mañana, papá!
• Eso es cariño; que seas valiente Y bueno, ¿vas a llorar cuando papá y mamá nos vayamos?
• No mamita; no voy a llorar
• ¿Palabra?
• Palabra mamá
• Adiós cielo; hasta mañana. Venga, que te vea yo cerrar los ojitos…

Y el crío cerró los ojos con fuerza. Halima besó a su hijo en la frente en tanto Berto hacía lo propio, luego, la mujer tendió la mano al hombre y salieron de la habitación; ya en la sala, Berto clamó

• ¡Pero…pero! ¿Qué te propones, Halima? Yo…yo no te he pedido nada y no quiero que hagas nada que no desees hacer.
• Y no haré nada que no desee, simplemente es que ¡Te quiero, Berto; te amo! ¡Dios mío, sí, sí, sí! ¡Te amo, te amo, te amo, marido! Sí ¡Marido, marido, marido! ¡Mi marido, amor; eres mi marido, mi maridito! ¡Y yo tu mujer! ¡Tu mujer, querido mío; tu mujer; aay, Dios mío, Dios mío! ¡Y eso, eso es lo único que quiero ser, tu mujer, tu esposa…ay, Dios mío, y tu hembra!

Berto reía y lloraba al propio tiempo, lloraba y reía de alegría, de dicha, de felicidad Y Halima también, reía, y reía y reía, dichosa, feliz, como nunca se sintiera. Se besaban, se mordían… Y, por qué no decirlo, se “magreaban”, metiéndose mano, a modo y manera… Por fin, Berto la tomó en brazos, levantándola en volandas como si fuera una pluma, y con ella abrazada a su cuello, besándole, lamiéndole, mordiéndole, traspuso el dintel de la que, desde esa noche, sería su conyugal habitación, su tálamo, en lo que fue una auténtica, verdadera, Noche de Bodas…

FIN DEL RELATO

NOTAS AL TEXTO

1. Esta leyenda arranca de las “Historias” de POLIBIO, historiador greco-romano (200-118AC). Es éste el único historiador que habla de que Hamílcar exigiera algún juramento, respecto a Roma, a su hijo Haníbal, y Polibio no dice que el padre exigiera al hijo ese “odio eterno”, sino sólo que “Nunca sería amigo de Roma”. De hecho, en sus “Historias”, narrando la Segunda Guerra Púnica, Polibio dice que, cuando en 216ac, tras la aplastante victoria de Haníbal en Cannas, establece la alianza con Filipo Vº de Macedonia, las cláusulas de dicho acuerdo contemplan que Roma, tras ser derrotada, seguiría siendo República independiente, si bien reducida a potencia de segundo orden, sometida a la influencia de Cartago, como todo el centro-sur de Italia, mientras el norte quedaría bajo la influencia macedónica




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