HISTORIAS DE SEDUCCIÓN
Float, izquierda

HISTORIAS DE SEDUCCIÓN
Solo para mayores de 18 años


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AMAR...NO AMAR(2)



CAPÍTULO 2º

A la mañana siguiente Tomás, con un ojo enteramente amoratado, estaba en la tienda para hacerse cargo de su reparto de leche. Subió al piso de Magda y fue a dejar la botella de cada día a la puerta de la mujer y recoger la botella vacía del día anterior. Pro no llegó a hacer ninguna de ambas cosas pues la puerta se abrió tan inopinada como violentamente empujada por Magda, que por poco no incrementó los “desperfectos” de la noche anterior, pues a punto estuvo de estrellarse contra su cabeza. Por suerte así no fue, y ante él apareció la dama de sus sueños. Pero esa mañana no estaba por entero vestida, como habitualmente aparecía ante él al recoger su leche diaria, sino con una bata larga, también de seda, y abierta por entero, dejando al descubierto una especie de pijama de raso y de una sola pieza: Sujetador arriba y un cortito calzón que no le llegaba más abajo del nacimiento de los muslos. Algo muy parecido a un sugestivo “Baby Doll” A Tomás le pareció la cosa más hermosa que jamás sus ojos vieran, incluso más hermosa que la noche anterior, con aquel camisón de ensueño, porque ahora la tenía allí delante, de cuerpo entero y sin que entre ellos mediara distancia alguna, como aquel que dice. Ella le miró sonriente y se apoyó por un momento en la jamba de la puerta observando al chaval que tan asiduamente la espiaba. No sentía en ese momento animadversión alguna hacia él; a decir verdad venía esperándole desde antes de que amaneciera.
Por cierto, que el acompañante de la noche anterior se tuvo que marchar por donde vino una vez que subió a su apartamento tras propinar el puñetazo al chavea que entonces estaba frente a ella. Había cumplido el cometido que ella pretendía cuando le citó a las ocho en punto y, tras ver cumplido su propósito de humillar a aquel chaval tan molesto, el “maromo” le estorbaba y en la calle precisaban gente, de lo solitaria que estaba.
• ¡Suponía que eras tú!
Dijo Magda sonriendo. La puerta no llegó a alcanzar al joven porque éste se hizo hacia atrás a tiempo, aunque no pudo evitar perder el pie, por lo que ahora estaba prácticamente sentado en el suelo. Magda se agachó quedando más o menos en cuclillas frente al chaval
• ¡Vaya aspecto tienes!... ¿No sabes pelear?
Magda había avanzado su mano hasta tomar el rostro de Tomás por la barbilla y volverle hacia ella, pero el muchacho se soltó y digamos que corrió hasta la pared de enfrente, donde quedó entre las dos puertas frente al lado de la puerta de Magda.
Ella le vio alejarse y calmosamente se levantó para, seguidamente y con no menos calma, avanzar a su vez hacia donde el muchacho se encontraba, de pie y completamente ruborizado, con los ojos bajos. Cuando la vio aproximarse, Tomas le volvió la espalda, quedando frente a la pared. La mujer llegó a su lado y le habló
• Dime chico, ¿Por qué me espías?
• Porque te quiero
Tomás había respondido sin mirarla y con todo su cuerpo temblando. Magda no repuso nada, de momento, a la espontánea declaración de aquel joven tan raro. Sólo se acentuó aún más la sonrisa de sus labios y su garganta dejó exhalar algo así como una risa, o mejor cabría decir que la propia sonrisa que sus labios exhibían, sólo que acompañada de una especie de sonido agradable, muy agradable. Tomás entonces se volvió hacia ella y sus ojos la miraron llenos de un inmenso amor, pero carente de deseo alguno, pues esa mirada era limpia, sólo expresaba eso, amor, cariño inagotable
Magda seguía mirándole también, pero no supo ver esa verdad en los ojos posados en ella; antes bien, creyó ver otra cosa en el brillo intenso de esos ojos
• ¿Me quieres?... ¿Por qué me quieres?...
• No lo sé. Simplemente te quiero; así, sin más.
• Acaso… ¿Quieres besarme?
• No.
• ¿Quieres que vayamos a la…? ¿Quieres que hagamos el amor?
• No
• ¿Te gustaría que hiciéramos un viaje juntos? A Barcelona, o a Sevilla… ¿A una playa quizás? A las Canarias, que ahora empieza allí la temporada.
• No
• Entonces… ¿Qué es lo que quieres? ¿Qué deseas de mí?
• Nada, nada
• ¿Nada?
• Nada. Nada en absoluto
Magda estaba alucinada, no podía salir de su asombro. Aquello sí que no se lo esperaba. Miró a Tomás aún más intensamente, como no dando crédito a lo que escuchaba, como si quisiera averiguar una verdad arcana, insondable. Pero Tomás entonces escapó a todo correr. Salió corriendo en dirección opuesta a los ascensores y alcanzó las escaleras, trepando por ellas como alma que lleva el diablo hasta llegar al último piso, con el cuarto de máquinas del ascensor y la puerta que daba paso a la terraza que servía como azotea, poblada de antenas de todo tipo, las ya inservibles analógicas las digitales actuales y las parabólicas…
Tomás salió a la terraza, se llegó al borde y respiró hondo, agradeciendo el frescor un tanto intenso de aquella mañana del otoño madrileño, un otoño lo suficientemente adelantado para que ese agradablemente cálido “Veranillo del Membrillo”, tan típico de Madrid, hiciera alguna semana que se despidiera hasta el siguiente año.
Las rachas de aire fresco aclararon poco a poco el pandemónium existente en su cerebro, librándole de la tremenda tensión a que la presencia de Magda, su enervante cercanía, le sometieran hasta el punto de casi anular toda reacción que no fuera mirarla, escucharla, embelesado, pero con la mente en blanco, incapaz no ya de razonar, sino que ni de pensar siquiera. Había quedado como un “zombi” tan pronto la vio, tan pronto aspiró ese inconfundible aroma de mujer única que tan bien recordara de las escasas escenas ante su ventanilla de Giros y Certificados; tan pronto percibió junto a sí el embriagador calor que el cuerpo femenino irradiaba a su alrededor.
Ahora, en cambio, sí fue capaz de pensar. Recordó la pregunta final de Magda: “¿Qué es lo que quieres? ¿Qué deseas de mí?” Ahora, más calmado sí sabía lo que deseaba de ella. Abandonó pues la terraza-azotea y bajó las escaleras a mayor velocidad que las subió, llegó a la puerta de la mujer y llamó
• ¿Puedo invitarte a tomar algo? Un café, una cerveza, un helado si lo prefieres…
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Por fin Tomás tenía a Magda enfrente de él, y para él sólo. Bueno, eso de “Para él sólo” no era sino una metáfora, pues su adorado tormento seguía siendo para él la cosa más inalcanzable de la tierra. Pero allí estaba, enfrente de él, sentada con él a la misma mesa, como si fueran, por lo menos, dos buenos amigos. ¿Cómo imaginar siquiera esto, ayer mismamente? ¡Inimaginable! Pero… ¡Allí estaban los dos! Una inmensa felicidad se enseñoreaba de su ser, pero seguía siendo el ser apocado, tremendamente tímido, que siempre fue y, por añadidura, el ser más inseguro del universo estando frente a ella. Total, que, como siempre también, era incapaz de elevar los ojos hasta el rostro de Magda.
• ¿Cuánto tiempo hace que me espías?
• Un año
Magda lanzó un suave silbido, casi de admiración
• Hace tiempo que no lo oía. Tú lo has dicho esta mañana. ¿Cómo era lo que me dijiste?
De nuevo Tomás bajó la vista, otra vez bastante “cortado”
• Te quiero
• ¿En serio?
• Si.
• (Al tiempo que negaba con la cabeza) Ts, ts, ts. Olvídalo…
Siguió un corto silencio entre ambos
• Dime chico. Además de quererme a mí y trabajar de repartidor de leche y en Correos, ¿Qué más haces?
• Poco… Casi nada… Estudio algo por las noches. Intento sacar el título de Radio-Aficionado por correspondencia.
• Eres muy raro, chico
• Tal vez. Lo cierto es que tengo pocos amigos… Bueno, en realidad ninguno. Tenía uno, pero se fue a la Armada. Quiere viajar, conocer mundo… Yo me quedé a vivir en su casa, con su madre, que ya es como mi propia madre.
• ¿No te tratas con tus padres?
• No tengo padres. Me abandonaron nada más nacer, en el mismo paritorio, según tengo entendido. Me crié en un hospicio, mi primer hogar ha sido la casa de Julia, la madre de Juan, mi amigo. Y ellos dos, mi única familia…
Magda calló. La historia del chaval le resultaba arto familiar. Le volvió a mirar, tal vez con más atención. Le había dicho que la quería… ¿Cuántas veces había escuchado esas palabras de labios de un hombre? Pocas, muy pocas… Realmente, ninguna. Las veces que las oyó, sólo escondían tras de sí el deseo más primario, pero de sentimiento auténtico, nada de nada… En este chico, en cambio, parecía latir la verdad… ¡Bah, y qué importaba eso! ¡Nada, absolutamente nada! ¿No era su norma de vida “No al sentimentalismo”? Pues eso…
• Supongo que habrás visto cómo en casa recibo a algunos hombres, incluso lo que “hacemos”
De nuevo Tomás bajó la cabeza y, sin mirarla, asintió agitando la testa de arriba abajo
• La verdad es que mucha suerte con el género masculino no he tenido. Algunos me buscaron, pero ninguno se quedó.
Una pausa de silencio
• ¿Recuerdas al que venía hace unos meses, por la primavera pasada más o menos?
• Sí. Ese no me parecía mal. Se me hacía buena gente
• Ni me llamó siquiera. Claro, que creo que no se llevó mi teléfono, pero sí recuerdo que le di mi dirección electrónica en la oficina. Supongo que sabes que en casa no tengo ordenador. Pues ni un e-mail he recibido tampoco de él. Pero, ¿sabes? ¡Que le den! Me dije. A mí, la verdad, tampoco me gustan las ataduras. Prefiero vivir como lo hago, al día y sin ligarme realmente a nadie. El sentimentalismo es un atraso. ¿Para qué poner sentimientos en nada? ¿Para qué inmiscuirse con nadie? Créeme, para al final sufrir. Si no pones el corazón en nada, nadie te lo destrozará. Por eso te dije que olvides lo de quererme, lo de querer a nadie, pues al final, un “quídam” te romperá el corazón Aunque… Ese tipo me gustaba, me gustaba mucho… Casi llego a... Pero me dejó. Era ingeniero pero aquí, en España, no encontraba lo que buscaba. Vio una ocasión para mejorar su suerte en Alemania y, sin pensarlo un segundo, se “largó” para allá. Me prometió escribirme y llevarme con él cuando estuviera medianamente afianzado, pero nunca me escribió… Así que…poner el corazón en él… ¿De qué me hubiera servido? De nada… Menos mal que, finalmente, reaccioné y volví a mis principios de siempre ¡¡¡Nada de sentimentalismos, enamorarme, poner mi corazón en nadie!!! Esto no obstante, la verdad es que… Bueno, que sufrí un poco; no, un poco no, bastante en realidad ¡Me llegué a ilusionar con él, craso error que no volveré a cometer!
Pero lo cierto es que Magda se puso triste, melancólica, cuando hablaba. Tomás fue consciente de que aquella vieja herida todavía sangraba un poco El mismo había quedado cabizbajo escuchándola. De vez en vez, lanzaba lastimeras miradas a su pecho, como si allí llevara algo que le pesara mucho.
Al fin, con la cara baja, sin mirar a su acompañante, metió la mano en el interior de su americana, pues para la ocasión Tomás se vistió de traje completo y camisa más corbata a juego. Al verle de tal guisa, Magda no había podido contener la risa: “¡Pero chico, si así ya no viste casi nadie desde hace años! Pero Tomás era así, clásico en sus gustos y con más motivo en ocasión como la de esa tarde. No es que quisiera impresionar con falsas formas a quién ya lo era todo para él, ni muchísimo menos; era, simplemente, el acto de respeto hacia una dama, su dam; para él, la dama por excelencia.
Pero decíamos que Tomás introdujo su mano en el interior de la americana. Pues bien, de allí sacó un manojo de cartas, sobres íntegros, enteramente cerrados, a la espera de que el destinatario, destinataria en este caso, abriera y leyera las misivas. Y colocó los sobres sobre la mesa, a la disposición de Magda, la destinataria.
• Yo… Yo… Cogí tus cartas. No sabía que eran de él… Como trabajo en Correos…
Magda estaba atónita, pero no dijo nada. Eso sí, se puso bastante seria, pero sin pronunciar palabra. Tomó las cartas y abrió una de ellas, al azar, la que se le vino antes a la mano y la ojeó un minuto, no mucho, no mucho más.
• Me espías, me traes la leche, me haces ir a Correos en balde… Y robas mis cartas… Eres un ladrón chico, un puñetero ladrón además de un mirón…
Magda de nuevo guardó silencio. Ojeó de nuevo la carta que había abierto y la dejó, la apartó a un lado. Volvió a encarar a Tomas, descansó los brazos cruzados sobre la mesa, tal y como antes los tuviera, y prosiguió
• Pero ¿sabes chico? La verdad es que ya no me importa… No es sino agua pasada. Me gustó, sí, pero ya no me gusta, y ahora no me gustaría estar con él allá en Alemania… ¡Brr…! ¡Qué frío, madre, qué frío…!
En ese momento llegó el camarero a pedir la comanda. Magda dijo
• Yo prefiero una copa de vino tinto; de Rueda, Ribera del Duero, hasta un Sangre de Toro de Zamora valdría. De Rioja no, por favor
• Dos copas de vino de las que la señorita dijo
• Perfectamente. ¿Algo para picar?
• ¿Qué prefieres, Magda?
• No, de comer no me apetece nada… Bueno, unas patatas, si dan “tapa” con el vino
• Desde luego señorita
El camarero marchó y los dos volvieron a quedar solos
• Con que… Me quieres… Y de verdad, afirmabas esta mañana… ¿Qué significa para ti eso de “De verdad”?
• Pues no lo sé muy bien… Pensar en ti continuamente… Desear verte a todas horas… No lo sé, de verdad… Algo así, digo yo
• Pero chico, también puede ser eso una obsesión; que, simplemente estés obsesionado conmigo. Seguro que, si hiciéramos el amor, tu obsesión desaparecería...
Tomás volvió a bajar los ojos. El sesgo que la conversación estaba tomando le ponía de un rojo subido hasta las orejas. En fin, que su inseguridad estaba al borde de hacerle levantarse y echar a correr, pues estaba pasando, realmente, un mal rato
• No Magda, no desaparecería nada. Entiéndeme. Si tal llegara a suceder… ¡A qué ir al Cielo de Dios!… El cielo ya lo tendría en la Tierra… Pero no es eso, concretamente, lo que deseo…. ¡Ni lo sé…! Ni lo sé explicar: Vivir contigo, viéndote cada día, cada noche, oler tu perfume, el perfume de tu pelo, el aroma de tu cuerpo… Sentir junto a mí, en mí mismo, el calor de ese cuerpo tuyo que me embriaga, me enloquece… Eso sería mi paraíso terrestre. Aunque nunca te tocara, ni siquiera acariciarte pudiera… Aunque nunca quisieras darme… “Eso”… ¡Qué más daría, si te podía ver, aspirar, sentir tu aroma, sentirte a ti!... ¡Tú, tú misma. Tú, en definitiva, eres lo único que me interesa. Te dije esta mañana, allá en tu casa, que de ti no quería nada, y es verdad. ¿Ves? Con estar aquí, contigo, tengo bastante… Y si te veo con otros… No voy a decir que me agrade, pues la verdad es que lo paso fatal… Me entran las penas del infierno pues me asaltan unos celos horripilantes… Pero al final, pues tampoco es tan malo… Quiero que seas feliz Magda, que tu vida sea agradable… Yo sé que para ti nunca podré ser nada… Tú eres una Diosa y, ante ti, yo no llego ni a gusano, luego otros tendrán que ser los que te hagan feliz… ¡Es la vida, Magda, así hay que tomarla! Y así la tomo. Puede que por eso sea por lo que no puedo dejar de espiarte. Aunque te juro que quisiera dejarlo; sé que no está bien, que mereces tu intimidad y que nadie, menos yo, debería quebrarla. Pero, de verdad, me es imposible, es superior a mí…
• ¡Anda chaval, déjate de esos pensamientos…!
Magda se había puesto un poco triste al escucharle; o mejor dicho, melancólica. Le agradaba lo que oía ¡A qué mujer no le agradaría verse tan limpiamente querida, amada de la manera que ella veía en ese chico, sin egoísmo alguno! Porque Magda veía claramente que aquél chaval, aquél casi adolescente con sus apenas veinte años, le hablaba con el corazón en la mano. Y, viéndolo bien, no le parecía entonces tan joven; en un momento Tomás se agrandó ante ella, pues esa convicción de lo poco más que adolescente que él era; aquel chico que, ante ella, indudablemente era un crío, desapareció como por arte de magia, para ver ante ella a un hombre: Un hombre, además, atento, cariñoso, pendiente de ella en todo momento… ¡Qué bonita hubiera podido ser la vida…!
Pero la vida era como era, y los cuentos de hadas sólo son eso, fantasías. Fantasías bellas, idílicas, maravillosas, divinas…Pero irreales, oníricas, imposibles en la realidad. La vida era como era, dura, cruel Y el edén de “Alicia en el País de las Maravillas” era eso, una quimera irrealizable. ¡Qué lástima, Señor, qué lástima…!
• De verdad chico, borra todas esas ideas de tu mente, arrójame de ti y quema el telescopio, teleobjetivo o lo que sea… Destrúyelo. Olvídate de mí. Yo no soy buena, no soy la mujer con que sueñas Realmente, estoy segura de que no tengo ni alma ni corazón. Soy egoísta, vivo al día y no me interesan las relaciones profundas, pues el alma, los sentimientos no soy capaz de ponerlos en nadie. No puedo querer a nadie. En mí, todo es materialismo. Esto quiero, y lo quiero ahora; lo tomo porque lo quiero y lo quiero en ese momento. Pero lo normal es que al día siguiente, cuanto el precedente me interesaba y quería, ya no lo quiera ni me interese. Y lo tire a la basura. En realidad soy mala, muy mala chico, y al final, no sabes bien el daño que te causaría.
Al poco, más o menos las nueve-nueve y media de la noche, la pareja salió de la cafetería y se vio en la calle. Caminaron un trecho uno junto a otro, podría decirse que hombro con hombro. Los dos en silencio, aunque mirándose de vez en vez. A un trecho, ni corto ni largo, vieron cómo se aproximaba el autobús que los conduciría a su calle, justo enfrente de sus hogares respectivos. Magda se volvió a Tomás
• Te propongo un trato chico. Si alcanzamos el autobús, si nos subimos a él, subimos los dos a mi casa; si no, cada mochuelo a su olivo: Tú a tu casa y yo a la mía.
Al momento, Magda tomó a Tomás de la mano y, riendo como una quinceañera echó a correr en busca del autobús
• ¡Vamos, chico, vamos! ¡Corre más o no lo alcanzamos! ¡Hay Señor, qué muermo de tío! ¡Si parece que tienes sangre de horchata! ¡Pues sí que está bien la cosa! ¡Menudo amante serías tú! ¡De pena, de verdadera pena! ¡Ja, ja, ja!
Los dos corrieron hacia el autobús, prendidos de la mano y riendo los dos, aunque en honor a la verdad fuera Magda la que tiraba de Tomás, siempre él un paso por detrás de la mujer, mucho más decidida y activa que él.
Cuando por fin llegaron a la parada, jadeando por la corta carrera, el autobús había ya cerrado sus puertas y echado a andar. ¡Lo habían perdido irremisiblemente! Pero se obró el milagro, pues el conductor, al verles llegar a la parada, puede que porque a todas luces llegaran acalorados por el esfuerzo hecho aunque éste no había sido para tanto, se apiadó de ellos; detuvo un momento el vehículo y abrió la puerta delantera, donde se sienta el conductor y se cobra el billete. Cosa esta cuasi milagrosa, pues menudos son los conductores de la EMT madrileña. Pero la cosa es que la pareja logró encaramarse a esa especie de máquina infernal atronadora de ruidos, que son los coches de la EMT. Eso sí, de nuevo gracias a Magda que, impetuosa cual era, tiró nuevamente de Tomás y prácticamente le arrastró hasta el interior del traqueteante autobús.

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Por primera vez, Tomás estaba en el apartamento de Magda, en su cocina, ante esa mesa a la cual la viera llorar; en el salón, donde tantas veces la viera revolcarse ¿Con cuántos hombres? Ni lo sabía, pero con bastantes Tampoco sabía ya las veces que, a la vista de tales escenas, creyera morir de celos, puros, puros celos. Hasta algún día llegó a llorar al presenciar esas escenas, y más de una vez se volvió de espaldas para no seguir sufriendo el tormento de los celos. Pero era igual; igual porque las escenas estaban en su cerebro, y su cerebro las reproducía incansablemente, sin tregua ni descanso… Hasta día hubo que creyó enloquecer de celos. Una vez, una sola, la vio hacer el amor con uno de esos hombres; no podía recordar con cual. Entonces todavía no sabía que la quería, pero su reacción fue como la de las otras veces: El íntimo desconsuelo de los celos, ese dolor casi inaguantable. Esa vez, tuvo que cerrar los ojos poco más que de inmediato, pues enseguida se le hizo insufrible lo que veía. No les oía, claro está, pero estaba seguro de que Magda gritaba casi histérica; la vio moverse como una tigresa, clavando sus dientes en el hombro, el cuello del hombre intuyendo que sus uñas rasgaban la espalda masculina No lo aguantó. De un manotazo lanzó al suelo el teleobjetivo y salió corriendo de la habitación donde dormía en la casa de Julia, refugiándose en el baño donde vomitó, pues la experiencia vivida a través del teleobjetivo acabó por desordenarle el cuerpo hasta sentirse enfermo, con tremendas nauseas. Luego, abrió el agua fría y, sin siquiera quitarse la camisa y el pantalón que llevaba puesto, se metió debajo del agua. No porque necesitara enfriar erotismo alguno, no, sino porque precisaba apaciguar el sordo arder de su indignación, la tremenda cólera que se le desató en el pecho en un segundo; dar escape al profundo odio que entonces sentía hacia los dos, Magda y su acompañante.
Nunca más volvió a ver esos momentos, que de todas formas se siguieron sucediendo. Pero jamás quiso volver a repetir aquella terrible experiencia.
De su ensimismamiento, de esos pensamientos tenebrosos, vino a sacarle la propia Magda. Cuando llegaron al apartamento, su dueña invitó a Tomás a sentarse donde quisiera y quitarse la prenda de abrigo que llevaba sobre el traje. A, incluso, servirse cualquier cosa que le apeteciera, pues la carta de licores de su mueble-bar no era precisamente parca. A la mujer le apetecía vivir bien, y lo ostentaba. Mientras, dijo que se daría una ducha rápida.
Y así estaba ante él, luciendo la bata de seda que tantas veces viera de lejos, esa que apenas si le tapaba hasta una línea indefinida que no se sabía bien si la delimitaba el final de las nalgas o el principio de los muslos, ahora enteramente abierta pero no de par en par, pues los extremos de ambos lados se encontraban en el centro de su cuerpo, de forma que los senos de la mujer sólo se insinuaban en ese centro del cuerpo, pero dejaba adivinar perfectamente que, bajo aquella bata, no había nada más, ni tan siquiera las diminutas braguitas que la bella gustaba ceñir. El pelo, no es que estuviera chorreando agua, pero se mostraba absolutamente húmedo, dejando caer alguna que otra gota de agua sobre su rostro límpido, y, como siempre le gustaba estar en casa, venía descalza, dejando que sus pies desnudos descansaran sobre la moqueta que alfombraba el salón y el breve vestíbulo.
Ella entonces se acercó al muchacho lenta, felinamente, y cuando estuvo ante él, bajó la cabeza para inmediatamente alzarla mientras la agitaba, moviéndola violentamente a un lado y otro, salpicando de agua al chico que tenía enfrente, pero quedando con el cabello perfectamente en su cabeza. Entonces, sonriente, decía al que sólo solía llamar “chico”
• ¿Es esto lo que hago?
• No lo sé
• ¿No lo sabes? ¿Es que no me ves cuando lo hago?
• No sé. No me he dado cuenta
• ¡Cómo sois los hombres! ¡Sólo os fijáis en lo mismo, en nuestra desnudez!
Tomás sacó del bolsillo una de esas bolas que, al agitarlas, parecen un paisaje nevado. Y se lo acercó a Magda, diciéndole
• Esta bola, podías quedártela
• ¿Qué es esto?
• Hace tiempo que la tengo. La compré una vez que estuve en Zaragoza, como recuerdo. Ahora quiero que sea para ti.
Magda miró la bola; la agitó y el paisaje nevado en torno al Pilar se puso de manifiesto. Sonrió una vez más y la dejó sobre el mueble mural, junto al cual se encontraban los dos.
• Me la das, me la regalas… Gracias chico… Me gusta… Pero… Yo no soy buena, y lo sabes. No debieras regalármela.
Magda se había ido acercando a Tomás, más y más, mientras hablaba. Y Tomás había ido retrocediendo, reculando hacía atrás según la mujer más le empujaba que se le acercaba, hasta quedar abocado a caer al sofá que se convertía en cama por la noche.
• Yo sólo sé que te quiero –Respondía Tomás- Y nada más me importa, nada más quiero saber
A todo esto, resultaba que ambos dos estaban siendo observados en aquellos momentos. De alguna forma, se repetía lo del “cazador cazado”. Era Julia, la madre de Juan, el amigo marinero de Tomás y casi madre del muchacho, que a través del teleobjetivo del amigo de su hijo no se estaba perdiendo detalle de lo que sucedía en el apartamento de enfrente. Y nada de lo que estaba viendo le estaba gustando. Desconfiaba de aquella mujer. De tiempo atrás sabía de la pasión que en el que consideraba como un hijo provocara aquella mujer; una mujer que, para empezar, era demasiado mayor para Tomás. ¿Cuántos años les separaban? Con seguridad no lo sabía pero, desde luego, al menos diez-doce años y muy posiblemente más años. No. Para ella, aquella mujer no podía ser nada bueno para el que quería como auténtico hijo; sin duda, Tomás saldría de esa relación, la que casi horrorizada veía que podría avanzar muchos, muchísimos pasos desde esa noche, muy tocado, muy herido. Y eso sí que no.
Pero volvamos a lo que entonces pasaba en el apartamento de Magda. Cuando ella escuchó cómo “el chico” le decía que él sólo sabía que la quería y que nada más le importaba ni quería saber, seria, muy seria le repuso
• ¿Qué más sabes de mí? Dime lo que ves cuando viene uno u otro hombre.
• Te… Te… Te veo hacer el amor…
Tomás casi tartamudeaba. No se atrevía ahora a mirar a la mujer que estaba ante él, y la lengua se le trababa que era una vida mía. Temblaba, sudaba, se retorcía las manos
• Bue… Bueno… so… sólo te… te vi una vez. Lo pasé muy mal y no pude seguir mirando. Tiré el teleobjetivo al suelo y salí de la habitación de inmediato. Y nunca más quise ver esos momentos… Nunca más te he espiado hasta esos extremos
Tomás, paulatinamente, había ido adquiriendo seguridad en sí mismo. La lengua dejó de trabársele y se acabó el tartamudear, el temblar… Todas esas cosas se acabaron.
Por su parte, Magda había vuelto la espalda al “chico” mientras éste hablaba. Y así, de espaldas a él, comenzó a hablar
• Error. Tremendo y craso error
• ¿El qué?
• La definición que has utilizado para expresar lo que, al menos una vez, viste: “Hacer el amor”. No, lo que viste no era amor. Era sexo. Única y exclusivamente, sexo, sin mezcla de amor, de afecto alguno. El hombre desea sexualmente a la mujer y la mujer desea sexualmente al hombre, pues al final sólo somos un macho y una hembra de una misma especie que responden al impulso atávico que la Naturaleza impuso a todo ser vivo para perennizar la existencia de las especies biológicas sobre la Tierra. Biológicamente hablando, la razón de ser de todo organismo vivo, ya sea planta, ya sea animal, es asegurar que sus genes estén presentes en las siguientes generaciones de su especie. Es la fórmula que la Naturaleza “inventó” cuando la vida se implantó sobre la Tierra, la reproducción. Primero fue la reproducción asexuada de las simples células, luego la reproducción sexuada de los organismos complejos, pluricelulares o multicelulares. Y el acicate para que los individuos no tengan más remedio que procrear, reproducirse, es el placer que el sexo conlleva en sí mismo, sin mezcla alguna de afectos o sentimientos.
Aquí, Magda se había vuelto de cara al “chico” tras ajustarse la bata abrochándose un par de botones y ciñéndose a la cintura el cinturón de pura seda que hasta entonces colgara por ambos costados. Así, empezó a avanzar hacia el “chico” mientras proseguía
• Mira chico, lo que tú realmente sientes por mí no es más que deseo. Deseas mi cuerpo y nada más; nada más hay detrás de tus palabras, de tu pretensión sentimental. En lo que hacia mí sientes no hay afecto alguno, sólo la natural querencia sexual ante una hembra humana atractiva que despierta tu lívido
Magda había tomado una silla que acercó hasta situarla por entero frente al “chico” sentado en el sofá. Se sentó en la silla y la acercó todavía más, quedando al final a escasos centímetros del muchacho. Las rodillas de ambos francamente chocaban entre sí, pues la distancia que entre ambas mediaba no alcanzaba para que las de él y ella pudieran estar por entero extendidas, pues mutuamente se lo impedían. Entonces, Magda abrió sus muslos, acogiendo entre ambos las rodillas, las piernas podría decirse de Tomás. Al hacerlo, la bata cedió por ambos costados dejando en su entera desnudez los dos muslos femeninos y dejando entrever, allá al fondo, en el mismo nacimiento de esos muslos, la tenue oscuridad del rizoso vello púbico, suave como la seda
Tomás, tan pronto tuvo a Magda tan cerca, empezó a sudar, a temblequear y sin capacidad de habla. Una especie de volcán entraba en erupción en su interior y su naturaleza masculina emergió esplendorosa, vibrante, totalmente enervada. Los sudores se le iban para inmediatamente volver y acalorarle cada vez más. Todo su cuerpo temblaba como una hoja y el nudo de su garganta escasamente le permitía respirar, mientras sentía cómo su corazón galopaba a toda velocidad, cual corcel emancipado a todo control.
Para completar el cuadro, Magda se inclinó sobre él musitando muy, muy cerca suyo; muy, muy quedamente, como si solamente le hablara al oído
• Sabes que no llevo nada debajo… ¿Verdad?
Tomás sudaba aún más y su masculinidad cada vez adquiría más y más potencia; pero no se atrevía a mirar ese rostro femenino que estaba ya a escasos centímetros de él. Aspiraba intensamente el perfume de aquella mujer y el aroma que ese cuerpo escultural esparcía; sentía en lo más íntimo el calor que también ese inmenso, maravilloso, cuerpo femenino irradiaba por doquier; pero, sobre todo, a su olfato llegaba con toda nitidez un aroma nuevo, nunca antes sentido en su no muy larga existencia: Era un olor raro, acre, muy acre y muy fuerte; un olor que embriagaba pero al propio tiempo casi repelía a veces, pero la embriaguez que provocaba era lo determinante del nuevo aroma, que le atraía, le atrapaba como el imán al hierro. Era el aroma que el sexo de Magda exhalaba
• ¿Sabes otra cosa chico?... Cuando a una mujer le gusta mucho un hombre se moja por dentro… Ahí dentro… Y ahora yo estoy mojada, muy, muy mojada
Magda había llevado sus manos al pecho del chico. Le desabrochó dos, tres botones de la camisa e introdujo dentro su mano, que acarició suavemente el poco vello pectoral del “chico”, mientras sus labios, directamente ya, sin disimulo alguno, se habían puesto en contacto con el pabellón auditivo de chaval, deslizando en el oído masculino sensuales y enervantes, más aún se diría mejor, palabras que volvían cada vez más loco a Tomás, al que ya poco le faltaba para estallar.
Entonces Magda sacó su mano del pecho del joven y, tomando cada una de ellas una mano del “chico”, las llevó a ambas sobre sus muslos, una mano de Tomás sobre cada muslo de la mujer. Moviendo las manos masculinas con sus propias manos, Magda hizo que Tomás acariciara cada muslo femenino, haciendo avanzar cada vez más las manos del “chico” hacia el fondo, hacia el pubis.
Y Tomás no pudo más, no aguantó más. Cerró los ojos, enclavijó fieramente las mandíbulas hasta casi hacerse daño y clavó los dedos de ambas manos en los muslos de la mujer mientras exhalaba jadeos, gemidos, gruñidos… hasta bufidos de toro semental en el cenit de la monta de una hembra bobina, mientras una oleada de espasmos placenteros surcaba su columna vertebral hasta estallar, explotar en lo más caninamente masculino de su anatomía al tiempo que de esa genuinidad masculina sentía brotar verdaderos chorros de su germen de vida que anegaban sus calzoncillos y hasta hacían brotar extrañas manchas obscuras en sus pantalones, allí donde precisamente se unen en su origen las dos perneras de pantalón, al mojarse esa parte tan típica, tan asociada a la masculinidad de la vestimenta del hombre, el individuo macho de la especie humana.
Pero en ese momento cumbre del más puro y absoluto instinto sexual, Tomás se derrumbó. Hundió la cara en el pecho y empezó a llorar con desconsuelo, sollozando y agitando los hombros a cada sollozo que emitía. Los espasmos de esos sollozos se parecían demasiado a los espasmos de placer de segundos antes: En ambos se agitaba todo el cuerpo con endiablada violencia
• ¿Ya está? ¿Has acabado?
Tomás no respondió. Siguió como estaba, el rostro hundido en el pecho, los ojos cerrados, apretados más bien, los dedos enclavijados en los muslos de la mujer y sollozando; aunque ahora sus sollozos eran más quedos, más tenues, como si le avergonzara llorar ante esa mujer que adoraba más, mucho más que quería
• Pues esto es todo. Esto, y sólo esto, es el amor. No hay más, sólo esto, el placer que acabas de experimentar. Lo del amor romántico, el cariño y demás no es más que pura novelería. De verdad, chico, el amor no es más que esto, sexo y nada más que sexo. Y cuando el sexo se acaba, el amor se extingue por sí mismo. Usa el baño para lavarte. Dúchate si quieres. Allí encontrarás toallas con que secarte.
Tomás alzó el rostro hacia ella, los ojos aún llorosos y la faz demudada en una mueca de intenso dolor
• ¡No! ¡No es verdad, no es así! ¡No puede ser así! ¡El amor es más, mucho más! ¡Tiene que ser más, mucho más”
Tomás se levantó de improviso y echó a correr, saliendo del apartamento de Magda. Su reacción a lo dicho por la mujer fue emotiva, hasta un punto violenta, pues en su desesperada huida, ya que su salida del apartamento más fue huida que otra cosa, topó con Magda derribándola al suelo donde quedó sentada, viendo cómo el “chico” desaparecía ante sus ojos.

FIN DEL CAPÍTULO


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