HISTORIAS DE SEDUCCIÓN
Float, izquierda

HISTORIAS DE SEDUCCIÓN
Solo para mayores de 18 años


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Hola Verano - segunda parte

Esta continuación a Hola Verano, narra la historia de un fin de año que merece un capítulo aparte.

Luego de presentar a Daniel, un amigo/amante rugbier y surfista a mi nueva amiga Elena (madre de su amigo de la infancia), se desató en ellos un amor pasional incontenible. Todos los días aparcaba Elena su lujoso automóvil y Daniel aparecía a los pocos minutos. Saludaban y sin más subían a la habitación de huéspedes a saciar su amor. Yo como anfitriona disfrutaba los cuentos de Elena y alguna visita esporádica de mi ex (?) amante.

No terminaba la tercera semana de diciembre cuando mi marido aún en Europa, viajaba hacia Oriente buscando nuevos horizontes para jóvenes futbolistas.

Raúl, esposo de Elena, me invitó a una cena que su partido político realizaba para despedir el año, me ofrecí encantada, ya que estaba lejos de la vida social de Punta del Este.
El clásico asado rioplatense, mucho whiskie y vino y mucho político de ambas márgenes del Rio de la Plata. Traté de llegar temprano para ayudar a mi amiga en la organización y la velada pasaba entre caras conocidas y discusiones políticas. Enamorada de la política no tardé en enfrascarme en una discusión sobre asuntos sociales y en poco rato era la única mujer rodeada de hombres hablando de política. Raúl, el anfitrión era mi mayor opositor y intercambiábamos opiniones y chistes irreproducibles.

La cena nos puso a uno al lado del otro y después de los halagos por la discusión, noté cierta disposición a mirarme y sonreírme de manera diferente.
Él, era un hombre de unos 58 años, menor que Elena y de costumbres campechanas, se jactaba de su origen humilde y de haber nacido en el casco de una estancia donde trabajan sus padres. Abogado, político y acostumbrado a que le digan que si, Raúl emanaba un aura de seguridad y poder que le hacían juego con la inmensidad de su cuerpo, rondaba los 1,90 y si bien el tiempo había agregado unos kilos a su cintura, era realmente un ejemplar digno de admiración física.
Los diálogos personales eran cada vez más secretos como subidos de tono y realmente me encantaba estar allí. Me sentía halagada y a la vez me enloquecía ese intento de seducción.
Rozaba mi pierna, tocaba mis manos, se apoyaba cunado traía bebidas o se acercaba a susurrar al oído piropos llenos de dulzura. Sin duda ese hombre sabía conquistar.

Intercambiamos teléfonos y poca fue mi sorpresa cuando al irme, en un apartado me invitó a un encuentro político de alto nivel en una estancia de un ex jerarca de un gobierno pasado..
Asegurando que iríamos junto a su esposa. La cita era para el día siguiente a las 20:00 horas y la vestimenta informal. Allí estaré susurré y la respuesta me dejó helada “ya sé” dejó flotando en la cálida noche peninsular.

Su tono al hablar y sus frases, acompañaron mi corto sueño y mi día de playa. Realmente quería estar con él. Tampoco me olvidaba de amiga Elena, pero eso sería otra cosa.

Minutos antes de las 20:00 su monstruosa camioneta negra aparcaba en mi estacionamiento y vestida de botas de cuero, jeans, camisa hindú blanca bordada, sombrero gauchesco y ruana por el frío, tuve que contenerme para no correr hacia la bestia negra, como la llamaba él.

Me extrañó que se abriera la puerta delantera del acompañante, ya que allí debería estar su esposa, pero un fuerte estado gripal (mentira) la había imposibilitado de ir. Ganas tuve de decirle que su estado gripal se llamaba una noche con su amante mientras él salía con nueva compañía. El sol se sumergía en las aguas del Atlántico cuando encaramos el camino De las Sierras, un bello recorrido entre las sierras y el mar rumbo a la fiesta. La noche se abatía sobre el este uruguayo y las luces de las casas se hacían más esporádicas cada vez. Raúl no deja de alabar mi vestimenta y mis cualidades, cuando del oeste emergió la luna llena más grande que recuerdo haber presenciado. Ocupaba gran parte del horizonte entre la cima de las sierras minuanas y el espectáculo era dantesco.
Ambos no dejábamos de halagar el momento y al llegar a un mirador carretero, salió del camino raudamente para apreciar mejor el espectáculo.
Subí a la baranda de su camioneta y el siguió mis pasos haciendo los mismo. Estuvimos largo rato sin emitir sonidos y su voz recordando que debíamos seguir me sacó de aquel momento inolvidable.
Saltó de nuestra ubicación en un ágil movimiento y se paró frente a mí, estiró sus manos con una invitación a ayudarme al repetir el movimiento y al tomarlas sentí esa sensación de poder en sus fuertes manos. Caí parada delante de él, muy cerca, muy chica ante ese enorme ser y tomados de la mano, se inclinó para darme el más dulce y cálido beso del verano.

Nos besamos es mucho decir, me besó incansablemente ahogándome en tanta pasión y desenfreno. Subimos a la camioneta sin separar nuestros labios, al asiento trasero, una de sus manos ocupaba toda mi espalda y su otra mano hurgaba entre mi camisa el placer de mis senos enhiestos. No podía resistirme, no quería resistirme.
A la vez que mi camisa desaparecía de mi cuerpo, mis manos trataban de desabrochar un cinto que oponía resistencia. No pude. Entonces ataqué su cremallera y mi mano desapareció dentro del jean de Raúl. Mi mano encontró un premio impresionante, no por su longitud, sino por su espesor. De torso desnudo me incliné sobre su falda y comencé lo que mejor hago en mi vida. Aquella tremenda cosa, ocupaba toda mi boca y mi lengua no tenía espacio dentro de ella. Me asfixiaba, me ocupaba, me invadía. Gemíamos y respirábamos dificultosamente pero no podíamos para aquella mecánica de subir bajar que enloquecía los sentidos. Presentí que llegaba el momento cuando rápidamente me retiró de mi/su tesoro.

Ahora él atacó mi cinturón que solidariamente cedió al primer intento, mis botas no dejaron salir totalmente el jeans y quedó arrugado debajo de mis rodillas.
Después de tratar de acomodarnos en el habitáculo, me giró de espaldas y inclinándome sobre los respaldos de los asientos delanteros y asiéndome de la cintura me dejó caer suavemente en su regazo. Apenas me besó la cola, apenas me acarició los senos, apenas le presentó a mi vagina una antorcha ardiente que besó mis labios vaginales. La sensación fue de introducirla rápidamente, pero no, me dejó deslizarme milímetro a milímetro sabiendo lo enorme de porte y a estrechez de su recipiente. Tomada de la cintura, dejó que la cabeza de aquella invasión se abriera paso lentamente, el fuego consumía mis entrañas y enorme fue el placer cuando me dejó caer envolviendo aquella brasa que me quemaba.
Otra vez su miembro ocupaba todos mis espacios y apenas podía moverme sin sentir el dolor de aquello tan enorme dentro mío. En la medida que nuestros cuerpos se acomodaban a su contacto, empezó un dulce bamboleo que llenaba de felicidad nuestros sentidos. Los movimiento se fueron incrementando a pesar de mis pedidos, la velocidad y el golpeteo se hizo feroz, mis gritos de dolor cruzaban los silencios y eran cada vez más espléndidos.
El fin llegó entre sudor, gritos y maldiciones. Fue una arremetida cruel la que precedió al mutuo orgasmo. Yo lloraba de placer y dolor, el puteaba de asombro. De esa manera festejábamos el polvo más infartante de nuestros tiempos modernos.

Las luces de algunos autos que llevaban nuestro mismo camino aceleraron la vestimenta y raudamente nos pusimos en camino tomados de la mano.

La fiesta fue más amena de lo esperado, aunque la política ocupó parte de la noche, el asado con cuero estaba realmente bien hecho y la concurrencia más ocupada en criticar al gobierno de turno que proponer.
Desde el otro lado de la mesa, mi mirada se cruzó varias veces con la de alguien que además de mantenerse ajeno a la discusión parecía compartir mi avidez por observar más que por discutir. Canoso, mayor de 60, sereno vestido como un gentleman, ofreció con un ademán un brindis a la distancia. Respondí repitiendo el gesto y culminé con una sonrisa seductora.
Era tan diferente y opuesto a Raúl que generaba una extraña sensación de paz y confort.
Como era de esperarse, hizo los arreglos necesarios para sentarse al lado nuestro en la mesa.
Luego de las presentaciones de rigor, supe que se llamaba Javier y era un armador no se de que cosa. Amable y presto a atenderme, se las arregló para invitarnos a Raúl y a mí a un paseo en su yate, amarrado en el puerto de Punta del Este, para el próximo fin de semana, mas cercano a fin de año. Obviamente acepté.

Mi esposo llamó temprano, estaba en Italia y afirmaba que estaba a punto de cerrar un jugoso contrato con un jugador africano y que eso demoraría su regreso hasta el 23 de Diciembre.

La falta de contacto con Raúl me hizo dudar del paseo en yate y temía que fuera otra estratagema masculina para tener una cita a solas con el naviero.
Mi vida transcurría entre la obra a punto de finalizarse y las tardes de sol en La Mansa.
La noche del viernes, tarde, llegó el mensaje de Raúl, escueto, pero firme, “sábado a las 8:00 en el puerto”, era casi una orden.
El día no amaneció agradable, nubes, viento y las ganas de pasear en lo que parecía un yate escandaloso, no conjugaban con mi ánimo, pero minutos después de la 8, allí, estaba.
Calzado deportivo, short de jeans, remera y campera deportiva era todo mi atuendo, realmente más otoñal, que veraniego.
En la cabecera del muelle, Javier y Raúl tomaban mate, mientras hacían señas que me apurara que ya era tarde. El hermoso yate con nombre de mujer, dejó rápidamente el puerto y enfiló hacia el Atlántico dejando atrás la Isla de Gorriti. Surcaba las olas como se bambolea un elefante a paso rápido. Nos detuvimos frente a la costa de Punta Ballena. El sol empezaba a aparecer entre las nubes y la temperatura se tornó agradable.
El mate, estaba acompañado con whiskie y la música de los Auténticos invitaba a bailar. Y cantar.
Javier estaba genial, su cuerpo veterano, dejaba entrever las horas de gimnasio que aun hoy hacía, Raúl por el contrario poseía un abdomen mas importante que lo que le gustaba mostrar sin camisa. En un alto del bullicio, Javier me interrogó sobre mi relación con Raúl y se alivió cunado le mencioné que sólo éramos amigos y que su esposa era el vínculo, no era necesario agregar mucho más.

Cerca del mediodía empezamos los preparativos para almorzar y en un momento a solas, el anfitrión y capitán, rozó mi mano como “accidentalmente”. La respuesta no pasó desapercibida para nadie, era un sí velado.
Mientras almorzábamos Raúl me dio un tremendo beso, que me recordó lo vivido noches atrás y marcando el territorio ante el otro comensal. Sin darse por enterado, el marino aprovechaba cada momento para rozar mis piernas en gesto de confraternidad pero cargado de erotismo.
La temperatura subía no sólo en el aire, sino también en cubierta. A sugerencia de ambos fuí al camarote a ponerme un bikini de los que habían. Recordemos que no había llevado por el clima de la mañana.
Raúl vino detrás de mí con la noticia de que Javier estaba interesado en mí y que el no tendría inconveniente si en el “futuro” me fijara en él. Oculté mi sonrisa maliciosa y cedí a sus abrazos y besos desenfrenados. Otra vez mi boca se llenó de su lengua primero y de su miembro después. Esta vez no hubo gritos, ni jadeos, otra vez mi boca ocupada completamente con aquello entrando y saliendo en un ritmo que me ahogaba. Su explosión fue completa, larga, caliente, no desperdicié nada de su contenido. Guardó y subió escalera arriba mientras me calzaba un diminuto bikini de color rosa. Bronceada como estaba mi piel, el color lucía despampanante.
Enfundada en mi nuevo atuendo subí a cubierta y desperté los halagos de mis acompañantes.
Desfilé como modelo principiante y reímos de la inestabilidad del barco, culpable también del licor ingerido.
Me tumbé al sol, boca abajo y con el sostén desabrochado mientras los hombres tomaban sus artes de pesca y trataban de extraer algo vivo del mar. Menuda tarea para dos semi borrachos.
Aún no daban las dos de la tarde y el sol quemaba demasiado, la sombra de Javier me sobresaltó cuando se acercó a ofrecerme una crema protectora para la piel. Me incorporé sujetando con ambas manos el sostén de mi bikini, lo que no me permitía tomar el bronceador. Ante ello, Javier se ofreció a aplicarlo en la más burda estratagema para acariciarme. Tomando una tirilla del sostén, jaló de él, diciendo “esto no lo necesitas, estas entre amigos”. Cedí a u petición y quede en tetas, blancas contrastando con el color de la piel bronceada. La aplicación del bronceador duró más de lo aconsejable y mis pezones comenzaron a mostrar la respuesta a ese estímulo. El masaje se hizo más caliente, mis respuesta notoria a ese estímulo le dio vía libre al capitán para ayudarme a levantar y pegarse a mi cuerpo, ardiente por el sol y por los estímulos recibidos.
Enfrascados en un beso eterno, tropezamos escaleras abajo rumbo al dormitorio del barco. El diminuto bikini quedó por el camino y su short de baño, jamás lo encontramos.
Una pregunta sobre nuestro acompañante, me dejó calmada, vine porque él me lo dijo, aclaró el consentimiento de Raúl.
Fue un sexo placentero, dulce, largo, repleto de caricias y ternura. Descubrí sus puntos estratégicos y el exploró todos los míos. Sabía bien lo que hacía. No recuerdo la cantidad de orgasmos que me provocó, pero seguramente él tenía alguna ayuda química, porque tenía más actividad que un jovencito.
Cuando por fin llegó al orgasmo, eyaculó sobre mi abdomen, como premio a la ardua tarea, depositó en mí un hermoso caudal lácteo cálido y espeso.
Me metí al diminuto baño en busca de un baño reparador que duró mucho rato. Subí a cubierta como había bajado, sin sostén. Al unirme a los pescadores, pensé que había traspasado una barrera que no sabía si estaba dispuesta a seguir.

El regreso a puerto se hizo casi en silencio, el atardecer ocupaba casi todos los sentidos y la belleza costera me dejaba muda.

Otro día terminaba, otro mojón en este verano increíble que había desatado días de pasión nunca antes explorados.


© Cincuentona



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