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Yo os declaro marido y mujer


El que debía ser el día más feliz de su vida se convirtió para ella en su mayor pesadilla. Debido a su débil carácter iba a casarse mediante un matrimonio de conveniencia con aquel hombre al que no amaba y por el que tampoco era correspondida. Sin embargo, nada hacía pensar que iba a tener sexo salvaje esa noche... sin su marido.

 

I’ve been drivin’ all night my hands were wet on the wheel

there’s a voice in my head that drives my heel

It’s my baby callin’, says," I need you here"

and it’s half past four, and I’m shifting gears.

When she has lonely and the longing gets too much

she sends a cable comin’ in from above

don’t need no phone at all.

We’ve got a thing that’s called Radar love

We’ve got a wave in the air, Radar love.

The radio’s playin’ some forgotten song

Brenda Lee’s coming on strong

the road has got me hypnotized

and I’m speedin’ into a new sunrise.

When I get lonely and I’m sure I’ve had enough

she sends her comfort comin’ in from above

don’t need no letter at all.

We’ve got a thing that’s called Radar love

We’ve got a line in the sky, Radar love…

Radar love, GOLDEN EARRING

 

Estamos a punto de llegar a la iglesia, mi padre nervioso perdido por conseguir que todo salga bien. Aquella boda sin sentido alguno para mí resulta demasiado importante para él como para echarlo todo a rodar a última hora y con todos los invitados esperando. Me llamo Cecilia, tengo veintitrés años y soy hija de un poderoso hombre de negocios y de una de las más famosas escultoras del país. Me encontraba en el día de mi boda y a punto de realizar la mayor estupidez de toda mi vida y de la que, estaba bien segura, me iba a arrepentir toda mi vida. Aquel iba a ser el peor día de mi vida cuando debía ser el mejor de todos ellos, el feliz día que toda mujer desea y está esperando desde mucho tiempo atrás.

Pero en mi caso no era así debido a aquel matrimonio de conveniencia entre familias de buen status social y totalmente dirigido al fracaso como tantas veces ocurre entre dos personas que apenas se conocen y aún mucho menos se aman. El carácter débil que me acompañaba desde siempre, propio de la familia de mi madre, me negaba las fuerzas para decir no a aquella absoluta insensatez. Igual que había ocurrido con mi madre muchos años atrás, una especie de maldición en la familia que parecía volver a repetirse sin ponerle nadie freno, me veía obligada a casarme con un hombre al que no amaba y por el que sabía que tampoco era amada.

Es algo así como una ley no escrita que rige el mundo desde que el mundo es mundo. Muchas personas pasan por la vida como simples marionetas en las manos de los demás los cuales dirigen tu vida, haciéndote hacer cosas que no deseas y que pueden llegar incluso a destrozarte y amargarte la vida por completo. Estaba a punto de contraer matrimonio con un hombre al cual odiaba desde lo más profundo de mi ser, un tipo egocéntrico y un auténtico mujeriego y donjuán en compañía del cual sabía que mi cabeza iba a estar cubierta por unos cuernos de escándalo.

Sebastián, mi futuro marido si nadie ponía remedio a ello, era un hombre mucho mayor que yo pues rozaba los cuarenta años. Un tipo forrado de pasta y cuyo único interés residía en tener junto a él alguien que le hiciera compañía de cara a la galería y que le dejara libertad total de movimientos cuando tuviera ganas de echar un buen polvo con alguna de sus muchas amiguitas, alguna de ellas invitadas a la propia boda para mayor degradación mía.

Y allí estaba sentada en el interior del enorme Mercedes de la familia y a punto de poner el pie en el suelo camino de la capilla donde todo el mundo esperaba ansioso mi llegada. Nada más llegar frente al edificio sacro, papá salió raudo del coche y se dirigió a abrirme la puerta para ayudarme a bajar camino de mi tortura. Caballeroso y solícito como él sólo sabe ser cuando quiere, me alargó la mano para que descendiera del coche. ¡Dios, le odiaba, le odiaba tanto! Siempre dirigiendo las vidas de los demás a su antojo como había hecho con mi madre y hacía conmigo sin dejarme cometer mis propios errores.

Infiel empedernido desde siempre, mi pobre madre tan débil de carácter como yo, no había sido capaz nunca de plantarle cara y enfrentarse a él. Yo sabía que siempre rondó por la cabeza de mi madre la horrible idea de pensar si mi prima Luisa era hija de papá pues sabía perfectamente que mi tía Teresa y mi padre mantenían relaciones desde hacía largos años sin que nadie en la familia pareciera darse cuenta de nada. Mamá nunca se hubiese atrevido a plantear semejante cosa debido al dominio que su marido ejercía sobre ella, al tremendo escándalo, al que dirán y, porqué no decirlo también, por miedo a perder la buena situación económica que le ofrecía mi padre.

Debo admitir que la capilla del viejo colegio donde he estudiado desde bien pequeña estaba hermosa aunque me parecía encontrarme inmersa en un horrible sueño del cual sólo esperaba el final. Un final que me hiciera despertar de aquella pesadilla con un resultado muy diferente al que estaba a punto de suceder. Al fin entré a la capilla del brazo de mi padre avanzando hacia el altar al compás de la "Marcha nupcial" de Mendelssohn.

Con la vista fija en el fondo de la capilla pude ver a Sebastián esperándome al pie del altar junto a su hermana Eugenia la cual haría el papel de madrina de boda. Aquella maldita pija, idiota y prepotente vestía para la ocasión un ceñido vestido gris con brillos, combinado con unas sandalias moradas de altísimo tacón, que insinuaba gran parte de su exuberante cuerpo llenando de envidia a las mujeres y de deseo a todos los hombres allí presentes. ¡Dios mío, si hasta el mismísimo padre Marcelo estaría pecando a más no poder imaginando tanta curva femenina!

Fuimos acercándonos lenta, muy lentamente a través de la ancha nave central camino del altar, alumbrada mi imagen por el luminoso haz de luz que entraba desde la calle. Mis pasos frágiles y delicados me iban llevando poco a poco dándome la sensación de estar volando por encima de aquel suelo cubierto de baldosas blancas y rosas. A ambos lados del largo pasillo la iglesia se veía atestada de gente y eso que no estaban todos los invitados por una más que evidente falta de espacio en aquella pequeña y vetusta capilla.

Familiares y amigos me hacían el centro de atención en esos momentos seguramente comentando muchos de ellos lo guapa que estaba y la belleza de mi vestido tradicional con silueta evasé con cola, escote palabra de honor, tejido de encaje blanco y velo fluido en tul de seda. Otros muchos, por su parte, me estarían zahiriendo y criticando por lo bajini. Sin embargo, imaginaba que mi piel bronceada y mis hombros desnudos, destacando bajo mi bonito vestido blanco, dejarían impresionados a muchos de los allí reunidos.

Paso a paso y agarrada al brazo de mi padre, saludaba a los invitados con leves movimientos de cabeza y esbozando una tímida sonrisa. A muchos de los invitados ni siquiera los conocía, sospechando que serían conocidos de mi padre o de la familia del que iba a ser mi futuro esposo. Durante un breve instante, observé la presencia de Jorge, el primer novio que tuve y del que aún seguía locamente enamorada. Estaba tan guapo con aquel traje azul marino y aquella corbata gris claro, lástima que no fuera él con quien me casara…

La fuerza del sonido del órgano hacía que en mi cabeza resonaran una y otra vez las notas inconfundibles de la marcha nupcial. Noté cómo una leve mueca de terror se insinuaba bajo el velo que cubría mi rostro de las miradas de los demás. Un último momento de lucidez pareció querer darme fuerzas para poder escapar, pero sólo fue un mínimo momento que pronto se desvaneció en el maremágnum que suponía tan magno acontecimiento. Sólo deseaba salir de allí corriendo, que alguien me rescatara, sentía que iba a arruinar mi vida por el capricho maligno de mi padre haciéndome casar con aquel hombre al que no me unía el más mínimo afecto.

Llegados al pie del altar vi a mi madre radiante y feliz, realmente parecía ser ella la que iba a casarse y no yo. Sentí la cabeza darme vueltas, me pareció ir a desmayarme durante unos breves segundos dando punto final a aquel sueño en el que me veía inmersa contra mi voluntad. Al fin llegamos frente al padre Marcelo el cual nos recibió con mirada beatífica y bobalicona. ¡Qué irónico me parecía todo aquello! Siempre diciéndonos todo aquello de casarnos por amor y allí estábamos frente a él y a punto de consumar una unión únicamente por intereses económicos y sociales.

Me sentí nerviosa, la boca seca y sin saber qué hacer cuando vi al padre Marcelo dando inicio a la ceremonia. No sabía exactamente qué demonios hacía allí en el altar, ojalá hubiera podido escapar de allí.

Sebastián Zapata Turiel… ¿Quieres a Cecilia Robles Collado, como tu legítima esposa, para amarla y respetarla, en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la abundancia, todos los días de tu vida y hasta que la muerte os separe?

Retumbando en mis oídos escuché a Sebastián asentir sin mostrar sentimiento alguno por aquello que aceptaba, sin un mínimo elemento de interés como si sólo tratara de cumplir con aquella pantomima y acabar con aquello lo antes posible. Al llegar mi turno volvió a repetirse la misma fórmula en labios del sacerdote y como si me encontrara en una nube acepté acabando al fin con todo aquello. Quedé sorprendida de mí misma después de pronunciar aquella palabra sin una sola duda, a veces es tan corta la línea que delimita un sí de un no. Pude oír a lo lejos los gemidos débiles de un bebé al que seguramente estaría su madre animando a callar y fantaseé con la imagen de todo el mundo a su alrededor sonriendo con cara de comprensión.

Yo os declaro, marido y mujer… -pronunció el padre Marcelo aquella frase que suponía que ya no había posible marcha atrás.

Y con una sonrisa afable en la boca, el párroco indicó a Sebastián que podía besarme. Un murmullo expectante de voces y risas llenó la pequeña capilla detrás de nosotros. Sebastián, volviéndose hacia mí me echó el velo hacia atrás e inclinándose unió sus labios a los míos en un beso gélido y carente por completo de pasión y entusiasmo como si con aquello sólo pretendiera cumplir el expediente que le venía impuesto. Mientras nos besábamos, los padrinos y los invitados aplaudían de forma animada. Separándonos al fin, cada uno de nosotros fue hacia su familia a recibir las felicitaciones por tan feliz acontecimiento.

La ceremonia de la boda había durado no más de una hora pero, al menos a mí, se me había hecho la hora más larga y eterna de toda mi vida. Sólo quería llegar a casa y quedarme a solas llorando sin descanso mi terrible fatalidad. Pese a todo ello aún quedaba lo peor, la temida fiesta nupcial en la que debería poner buena cara a todo el mundo invitado a la boda. Salí de la iglesia ahora en compañía de mi nuevo esposo y bajo los sones de la ópera "Lohengrin" de Richard Wagner.

Tardamos algo más de una hora en dar por concluido todo el resto de compromisos. Las fotos de rigor con la familia y los amigos, el largo rosario de felicitaciones, muchas de ellas por puro compromiso, las bromas de los amigos y muchas más fotos y felicitaciones hasta llegar al restaurante donde se celebraría la cena.

Más de quinientos invitados a la cena, al parecer no había más gente a la que poder invitar en toda la ciudad –pensé para mí misma allí sentada junto a mi esposo en la mesa principal de aquel enorme salón.

La cena evolucionó de la forma habitual en estos casos. Camareros y más camareros de un lado a otro llevando y recogiendo platos y bebidas de un modo frenético. Luego vino el corte de la tarta y los postres, momento que nuestros amigos aprovecharon para llevar a cabo la absurda tradición de la liga de la novia y de la corbata de novio. Estaba tan cansada de luchar sin lograr resultado alguno que, una vez más me dejé llevar por toda aquella vorágine permitiendo que me quitaran la liga que rodeaba mi muslo cubierto por la media blanca de encaje.

Durante el transcurso de la cena los invitados, ya algo pasados de copas fueron pidiendo los acostumbrados besos entre los novios, debiendo levantarnos Sebastián y yo de la mesa para besarnos con la misma frialdad que había habido entre nosotros en la iglesia. Además Sebastián no paraba de beber y beber igual que mi madre la cual bailaba y reía acompañada del padre de Sebastián y de otros invitados. Yo, seguía sintiéndome desdichada y apenada dentro de aquel revuelo que se desarrollaba frente a mí y del cual no quería formar parte.

Ya de madrugada, Sebastián y mi madre acabaron bien bebidos así que debimos llevarlos a dormir la mona como no podía ser de otra manera. Tanto tiempo esperando el momento más feliz de mi vida y allí me encontraba desilusionada y con mi marido borracho perdido. En fin, quizá aquello era una suerte para mí pues no sé cómo hubiera respondido al encontrarme en la cama frente a Sebastián. Tal vez, él lo hubiera solucionado dejándome abandonada y buscando algún rincón lejos de miradas indiscretas para pasar un buen rato en compañía de alguna de sus muchas amigas.

Mucha gente se había marchado ya aunque aún quedaban varias parejas y matrimonios bailando y divirtiéndose al ritmo de la música de aquella orquesta que no hacía más que tocar canciones antiguas e insoportables. Escabulléndome del bullicio me metí en un salón aparte a llorar mis penas y a quitarme los zapatos que me estaban matando de dolor. Tanto tiempo con los tacones puestos hacía que mis pobres pies me doliesen horrores. Cerca de mí escuché gemidos y risas de alguna pareja pasándoselo más que bien. No hice caso de ello y me encendí un cigarrillo para tranquilizar mis nervios y mi ansiedad. Allí me encontraba sola y aburrida, en un salón de aquel restaurante y con mi marido durmiendo la borrachera de campeonato que llevaba encima. Lo cierto es que aquella no era la idea que me había hecho de mi noche de bodas, así que podéis imaginar el estado en el que me encontraba.

De pronto escuché la puerta del salón abrirse y vi aparecer a mi padre el cual parecía también ir más que alegre producto evidentemente del alcohol ingerido. Se le veía alegre seguramente después de haber pasado un buen rato con mi tía Teresa aprovechando la desaparición de mi madre. Venía con la corbata suelta y hecho un guiñapo con la camisa blanca por fuera del pantalón; realmente parecía haberse pasado de copas. Al verle en ese estado me acerqué a él a ver qué le ocurría, al fin y al cabo era mi padre.

Cayó sobre mí y sin esperármelo empezó a acariciarme el cuerpo por encima del vestido de boda.

Papá, ¿qué estás haciendo? –le grité tratando de separarme de él.

Sin embargo, él mucho más fuerte que yo siguió recorriéndome el cuerpo con sus manos metiéndome mano por todos los lados sin que pudiera quitármelo de encima. Pese a saber perfectamente quien era yo, al parecer se encontraba tan cachondo y ciego que no dejaba un segundo de acariciarme las nalgas y los pechos por encima del vestido. Luché contra mi padre pataleando y dándole golpes hasta que un fuerte manotazo me hizo caer al suelo.

Perra, deja de patalear de una vez y haz lo que yo te diga. Voy a follarte y será mejor que no digas nada –me dijo gritando y con los ojos completamente inyectados en sangre.

El sonido de la orquesta era tan alto que imaginé que difícilmente alguien podría escucharme gritar. Papá me hizo levantar violentamente y llevándome con él me hizo apoyar en una gran mesa para después obligarme a tumbarme cuán larga era. El muy cabrón pretendía hacerme suya, disfrutar con mi cuerpo sin que fuera ya bastante las muchas humillaciones que me había hecho pasar. Empecé a llorar sintiéndome sucia y deshonrada por mi propio padre y el mismo día de mi boda. Al parecer nada era capaz de pararle cuando deseaba algo, ni siquiera la vergüenza que pudiera sentir su hija. Sabía que a partir de ese momento sería suya siempre que él quisiera, convirtiéndome así en una más de sus muchas conquistas.

Levantándome la falda del vestido buscó entre mis piernas mientras sus manos masajeaban mis pechos una y otra vez. Rompió las diminutas braguitas blancas que me había puesto y hundiendo su cabeza empezó el lento ritual de jugar con mi coño sacando su lengua y golpeando con decisión la entrada de mi sexo. Cayéndome ríos de lágrimas por la cara no hacía otra cosa que pedirle que me dejara y que se fuera. Sin embargo, papá hizo caso omiso a mis súplicas dedicándose con mayor intensidad a chuparme los labios de mi sexo. Aquellas caricias me hicieron sentir un agradable cosquilleo entre las piernas pese a la humillación que estaba sintiendo. No podía evitar que mi cuerpo empezara a responder al roce que la lengua de mi papá me estaba produciendo. Sin poder evitarlo lancé un fuerte gemido que se oyó en todo aquel enorme salón.

¿Así que te gusta, eh putita? –exclamó mi padre separándose unos segundos de mí para así poder regodearse con mi total vejación.

No… por favor, déjame –le pedía entre quejas y gemidos entrecortados debidos a aquella doble sensación mezcla de placer y de disgusto.

Pero papá estaba completamente lanzado y ya no había quien lo parara. Continuó chupando y chupando mi coñito tras apartar mis labios a los lados con sus dedos. Notaba entre mis piernas el aliento cálido golpear contra mi almejita cada vez que respiraba. Mis gemidos segundo a segundo fueron haciéndose más habituales pese a mis muchos esfuerzos porque no fuera así. Como si una fuerza invisible me atara a él, empecé a gozar de todo aquello que me hacía. Lamía y besaba mis muslos y al momento me daba fuertes lengüetadas humedeciendo mi coñito con su saliva tratando de prepararlo bien para lo que estaba segura que iba a venir.

Porque evidentemente quería follarme, quería follarse a su propia hija sin reparar en nada más, buscando simplemente su propio placer de hombre despiadado y sin el menor escrúpulo. Pero primero pretendía buscar mi placer obligándome a correrme entre sus labios para así poder saborear mis jugos. Con la punta de la lengua inició un suave tormento jugando con mi clítoris el cual respondió al instante haciéndome suspirar, allí abandonada sobre aquella mesa y disfrutando con lo que me hacía.

Déjame papá… por favor, déjame –sollocé en un último intento por buscar algo de cordura en aquel hombre que no paraba de maltratarme.

Pero que zorra estás hecha… igual que la zorra de tu madre –le oí decir agarrándome con fuerza a la mesa y sin dejar de llorar al escuchar aquellas palabras.

Acompañando su caricia sobre mi clítoris, llevó un dedo y luego otro más a mi coñito y los metió sin compasión alguna empezando a follarme con ellos con rapidez inaudita. Cerré los ojos con fuerza ante aquel inesperado ataque y de nuevo los gemidos acudieron a mi boca sin remedio alguno. En esos momentos por mi cabeza pasó la idea de si era mejor aquello o haber pasado la noche en compañía de Sebastián y la verdad es que ninguna de las ideas me satisfizo lo más mínimo. Pensé que quizá lo mejor sería que todo aquello acabara lo antes posible y hacer que la humillación a la que estaba siendo sometida fuera lo menos dolorosa para mí.

Y fue entonces cuando de mis labios salieron las primeras palabras de asentimiento y de entrega hacia él. Las primeras palabras que seguramente papá tanto deseaba oír como demostración de mi vergüenza y de su dominio sobre mí. Un largo gemido de placer seguido de mis palabras animándole a continuar le hicieron apartarse de mí sonriendo y saboreando su triunfo.

Te gusta verdad… ya sabía yo que al final te iba a gustar –dijo con los ojos clavados en los míos antes de volver a hundirse entre mis muslos en busca de mi placer.

Noté cómo empezaba a mojarme con sus lamidas sobre mi sexo, chupando sin descanso alguno y bebiéndose los jugos que salían de mi interior como un irrefrenable río. Alargué mi mano hacia su cabeza y lo apreté aún más deseando ahora sí disfrutar de toda aquella locura en que me hallaba inmersa. No iba a tardar mucho en correrme si seguía así, me encontraba cachonda perdida sintiendo el roce incesante de aquella lengua sobre mis labios vaginales.

Sentía caer frente a mí todos los convencionalismos sociales dejándome llevar por los puros instintos animales. Jamás hubiera podido imaginar acabar en brazos de mi propio padre en el día de mi boda y estando mi marido y mi madre a unos pocos metros de allí. Sin embargo el deseo y la pasión estaban siendo más fuertes que todo eso y ya no podía parar yo tampoco disfrutando de aquella violación a la que estaba siendo sometida.

Fóllame… vamos fóllame –pedí casi a gritos mientras sentía los dedos de papá moverse a velocidad de vértigo, entrando y saliendo sin cesar.

¿Sí, quieres que te folle? Ya sabía yo que no eras más que una putita que le encanta tener una buena polla dentro de ti –dijo papá al tiempo que me masajeaba los pechos con sus manos para luego retorcerme mis gruesos pezones obligándome a morderme el labio inferior para poder ahogar mi enorme placer.

El orgasmo me sobrevino como una catarata incesante de placenteras sensaciones que me hizo estremecer entre las manos de papá, estirándome bien sobre la mesa y disfrutando de aquella deliciosa situación junto a mi padre. ¿Estaba loca o qué me estaba pasando? ¿Cómo era posible haber gozado con mi propio padre sin poder poner remedio alguno a mis más perversos placeres? ¿Realmente era una putita como me llamaba él?

Pero apenas pude pensar sobre estas cuestiones que me vinieron a la cabeza pues no tardó en volver a atacarme ya que, como ya imaginaba, aquello sólo había hecho que empezar. Papá me hizo levantar de la mesa y arrodillarme mientras él se soltaba el cinturón y luego el botón de su elegante pantalón gris. Pronto apareció ante mí una polla de dimensiones más que respetables y de un considerable grosor.

Vamos puta, chúpala y hazme gozar –me dijo llevando mi cabeza entre sus piernas y forzándome a comerme aquel abultado miembro de venas hinchadas por el tremendo placer que estaba empezando a sentir.

No pude hacer otra cosa que chupar a buen ritmo sacándola de vez en cuando para no ahogarme con todo aquello. Parecía mentira pero toda aquella barra de carne me llegaba hasta la garganta sin saber yo cómo podía conseguir hacerlo. Ahora eran los gemidos de papá los que inundaban el salón en el que nos encontrábamos, disfrutando como un loco con mis caricias sobre su grueso pene.

Chupa… vamos perra chúpala… lo haces realmente bien. Vamos juega con tu lengua y déjala bien húmeda para que pueda follarte después –le escuché decir teniéndome bien cogida del cabello recogido que tanto tiempo en la peluquería había costado conseguir

Así pues y ya sin negarme a ninguno de sus deseos, la saqué de mi boca observándola bien erecta y orgullosa ante mí. Apuntaba hacia el techo arrogante y satisfecha y sin dar muestra alguna de cansancio. Jugué unos segundos con su rosada cabeza para luego ir bajando por todo aquel tronco saboreándolo con mi lengua y haciéndome a continuación con sus cargadas pelotas, caricia que le hizo emitir un largo lamento de emoción.

Quise hacerlo correr masturbándolo entre mis dedos a buen ritmo pero pronto el muy cabrón se percató de mis deseos y me obligó a parar para de ese modo alargar aún más mi lenta agonía. Con mi cabeza bien sujeta entre sus manos empezó a golpear dando fuertes golpes de riñones y sin parar de meter y sacar su polla de mi boca provocándome de ese modo grandes arcadas. La cabeza de su miembro percutía contra el interior de mi mejilla una y otra vez mientras gozaba como un animal con el tratamiento brutal que me ofrecía. Pensé por un momento que me iba a faltar la respiración pero por suerte acabó soltándome unos segundos permitiéndome sacarla de mi boca. Respiré mínimamente y de nuevo me folló la boca con rapidez inaudita llenándomela hasta sentir sus huevos contra mis labios.

Estaba bien preparada para salirme cuando notara la llegada de su corrida, la cual imaginaba que no tardaría mucho en aparecer pues el ritmo que él mismo se imponía era realmente diabólico. Mirándole a la cara pude ver el gesto de enorme placer que mostraba, bufando y respirando como un animal herido. Sin dejarme responder se quedó quieto y agarrándome con fuerza del pelo empezó a correrse llenando mi boca con sus abundantes jugos y sin dejarme separar de su lado con lo cual tuve que tragar la corrida incestuosa sin poder negarme a ello. Parte de su leche cayó por mis labios yendo a parar al suelo mientras le veía recuperar lentamente el aliento perdido tras el orgasmo que había sentido.

Cuando pensaba que todo había acabado al fin, abrió los ojos sonriéndome de manera lasciva y agradeciéndome lo mucho que le había hecho gozar. Le maldije una y mil veces igual que me maldije yo misma por haberle permitido deshonrarme de aquel modo tan salvaje y sin el menor miramiento. Con su ariete todavía tieso y duro pese a su reciente corrida me fue quitando el vestido bajándome la cremallera y lo dejó caer al suelo para luego llevarme a una silla cercana haciéndome poner de espaldas a él. Con facilidad me soltó el bonito sostén que mantenía sujetos mis senos y una vez libres los empezó a masajear como enloquecido entre sus manos.

Apretándome a su cuerpo me hizo sentir junto al oído su respiración cansada y entrecortada. Lamiéndome y chupándome la oreja con su húmeda lengua y sus cálidos labios, el olor a alcohol y a comida golpeaba una y otra vez contra mí haciéndome casi vomitar al tiempo que escuchaba sus palabras subidas de tono anunciándome lo que pretendía hacer conmigo. Notaba su pene excitado moverse contra mis nalgas y sus manos recorrer mi cuerpo arriba y abajo sin descanso. Una de ellas se apoderó de mi muslo sobándolo a placer mientras la otra jugaba con uno de mis pechos pellizcando levemente el pequeño pezón hasta que consiguió hacer que se enderezara totalmente ajeno a mí.

Ahora hijita querida, relájate que voy a follarte tu bonito coñito. Déjate hacer y así lo pasarás mucho mejor –me susurró al oído al mismo tiempo que me abría las piernas para facilitarle así el camino hacia mi intimidad.

No papá, por favor no lo hagas. Es el día de mi boda, por favor no –supliqué débilmente sintiéndolo detrás de mí y sintiendo su grueso aparato bien apretado contra mi redondo trasero.

Pero, igual que había hecho antes, ya no atendía a razones de manera que con su polla en ristre la llevó a la entrada de mi vagina restregándola contra mi rajita con gran placer por su parte. Sin esperar más apuntó sobre mi coñito y lentamente fue entrando la cabeza de su pene dentro de mí para, poco a poco, ir entrando centímetro a centímetro hasta hacerme sentir la mitad de su duro instrumento abriéndose paso entre mis paredes. Tuve que aguantar la respiración unos segundos al tener dentro de mí aquella polla de buen tamaño y grosor.

Tómala cariño… tómala es toda para ti –me dijo en voz baja quedándose parado como disfrutando de mi total entrega.

Por favor, sácala… sácala papá, por favor –dije sollozando y llorando aunque cada vez de forma más tímida.

¿Acaso no te gusta, zorrita? –me preguntó volviendo a hacerse con mi pequeña orejilla chupándola una y otra vez hasta dejarla llena de sus babas.

Con un decidido golpe de riñones metió el resto de su miembro clavándose así entero contra mí y arrancándome un gemido lastimero que me hizo caer contra el respaldo de la silla. Aquella herramienta era demasiado grande para mi pobre coñito, jamás había tenido algo tan largo y grueso dentro de mí. Papá empezó a moverse a buen ritmo haciéndome sentir su horrible humanidad golpeando con fuerza y sin descanso hasta que al fin logró que gimiera y jadeara pese a mis muchos esfuerzos por no hacerlo. Mordí mi mano de forma desesperada notando sus acometidas enérgicas y poderosas entrando y saliendo mientras apoyaba una de sus manos en mi hombro desnudo.

Muévete guarrilla… muévete… sabía que eras igual de guarra que tu madre, pero tú me gustas mucho más pues eres mucho más joven y tierna –exclamó con voz entrecortada y sin dejar un solo segundo de follarme cada vez a mayor velocidad.

Yo simplemente me mantenía quieta soportando lo mejor posible la violación que mi padre estaba llevando a cabo conmigo. Me dolían cada uno de sus golpes como si una parte de mi alma escapara de mí sin poder hacer nada por recuperarla. Y lo peor de todo es que aquel animal parecía aguantar su placer gracias al orgasmo conseguido instantes antes. Notaba su polla salir de mí para, al momento, empujar nuevamente clavándose por completo hasta hacer tope con sus huevos sobre mí. Yo chillaba y gritaba pero la música de la orquesta sonaba cada vez a mayor volumen haciendo que mis gritos y chillidos quedaran acallados entre aquellos sonidos caribeños.

Te odio papá… te odio –sólo pude pronunciar entre mis lloros y lamentos mientras él continuaba moviéndose en mi interior sin hacer caso a nada más.

¿De veras me odias? –preguntó con voz grave obligándome a temblar completamente atemorizada ante su tono de voz. Tu no sabes lo que es odiar y lo que eso significa pero yo te lo voy a enseñar para que nunca lo olvides, hija de puta –declaró sonriendo con gesto maligno y teniéndome bien agarrada del cabello.

Fue entonces cuando sacó su enorme herramienta de mi coñito y dirigiéndola al agujero de mi culo me la metió de una sola vez sin pedir permiso y sin compasión alguna. Ahora sí chillé como una loca y supe lo que había querido decirme con sus palabras. Sentí mis carnes abrirse por dentro y como mi culito se desgarraba bajo los efectos de aquel inmenso cilindro el cual notaba entrar hasta el fondo de mis entrañas. Un dolor profundo como nunca había sentido se apoderó de mí haciéndome ahora sí llorar y llorar ante las tremendas acometidas que mi padre me daba.

¡No, por favor… por el culo no! ¡Por favor, papá! –exclamé notando las piernas flaquearme bajo el peso de mi padre.

Ya verás como luego te gustará, te lo puedo asegurar –me dijo agarrándome de las caderas y empezando a sodomizarme moviéndose cada vez más rápido.

Al principio creí perder el sentido con aquello que me hacía, sentía un dolor fortísimo dentro de mí como si algo me quemara en mi interior. Sin embargo y como por ensalmo, lentamente el dolor inicial fue dando paso a un placer distinto a todo lo que había conocido hasta entonces. Otra vez estaba consiguiendo aquel cabrón ponerme cachonda sin poder remediarlo. ¡Dios, le despreciaba! Jamás le iba a perdonar todo aquello.

Los golpes sobre mí se fueron haciendo más y más fuertes bufando como una bestia cada vez que me la metía entre mis lamentos y gemidos. Me llevó contra él haciéndome apoyar mi espalda contra su pecho y de ese modo aprovechó para besarme la oreja, la cara buscando alcanzar mi boca. Traté de evitar que me besara como si con ello consiguiera negarle uno de sus mayores caprichos. Doblándome el brazo a la espalda sentí un fuerte dolor creyendo que me lo rompía y fue entonces cuando teniéndome así de indefensa se inclinó sobre mí y juntó su boca a la mía dándome su lengua la cual noté húmeda y caliente. Qué asco sentí con el sabor amargo de su boca debido al mucho alcohol ingerido. Alargando la otra mano hacia mi coñito empezó a acariciármelo con sus dedos hasta que volví a correrme como una perra. Notaba su respiración fatigada sobre mí cada vez que entraba y salía. No pensaba en otra cosa más que en hacer que se corriera y acabara al fin con todo aquello. Pero papá sabía cuando parar sus acometidas para recuperar, aunque sólo fuera levemente, el aliento perdido.

Sacando unos breves segundos la polla de mi estrecho agujero me hizo levantar una de las piernas doblándola hasta dejar apoyado el pie sobre la tapicería de la silla. De esa manera tenía el camino hacia cualquiera de mis agujeros mucho más propicio y fácil para sus más perversos pensamientos. Así estuvo un buen rato follándome ahora uno, ahora el otro agujero cambiando de forma alternativa según fuera su interés. El muy hijo de puta sabía muy bien lo que se hacía y cómo lograr su máximo placer. Mientras me follaba y me sodomizaba me acariciaba el pecho entre sus dedos haciéndomelos endurecer al igual que mis pezones los cuales respondían a aquella caricia como si tuvieran autonomía propia.

Córrete cabrón… vamos córrete –le pedí mirándole fijamente a los ojos tratando de provocarle para que acabara de una vez.

Sí, voy a correrme preciosa –dijo sin parar de gruñir con cada uno de sus golpes.

Al fin se corrió dentro de mí llenándome todo el coñito con sus jugos los cuales atravesaron mis entrañas como si varios trallazos se apoderaran de ellas. Fueron varios latigazos los que me entregó notando yo sus jugos cálidos y ardientes en mi interior al tiempo que caía derrotada sobre la silla sujetándome como pude a ella.

¡No te corras dentro… sácala papá o ¿es que quieres dejarme preñada?! –le pregunté enloquecida y con cara de pavor.

Toma mi leche guarra… las chicas malas y viciosas como tú es eso lo que se merecen –me dijo agachándose sobre mí y besándome nuevamente hasta hacerme sentir náuseas con aquello que me hacía.

Me sentía sucia y humillada notando el semen de mi padre correr entre mis muslos. Dándome la espalda le vi empezar a vestirse y entonces le escuché decirme que me vistiera rápido pues los invitados me estarían echando en falta. Recogiendo el sujetador me lo puse y luego me puse el vestido subiéndome la cremallera a continuación. Sin decirme nada ni tan siquiera mirarme vi salir a papá de allí quedándome sola y echándome a llorar de forma desconsolada. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Y si me había quedado embarazada de mi propio padre? Miles de ideas pasaron por mi cabeza y todas ellas me llevaban a un estado de tristeza y pesar viéndome en aquel penoso estado.

Antes de volver al salón donde estaba todo el mundo bailando y pasándolo bien, me metí al lavabo donde vomité toda la cena sintiéndome con ello mucho mejor. Por suerte no me encontré con nadie por el camino. Luego pasé por el espejo del baño viéndome la cara manchada por mis muchos lloros y allí traté de lavarme la entrepierna lo mejor que pude tratando de que desaparecieran todos los restos de semen posibles. Pese a mis muchos esfuerzos, poco después de la noche de mi boda me visitaron las primeras náuseas y vómitos. Estaba embarazada sin saber si de mi padre o de mi esposo…

King Crimson

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