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Transgresor


Hoy es viernes, noche. Estoy tumbado en el sofá del salón viendo las porquerías que difunde la tele. Hago zapping. Encuentro un canal donde emiten una película que acaba de empezar. Pero mi atención no está puesta en la pantalla, sino que se retrae años atrás. Creo que hace doce.

Baste decir que aquel año no fue uno de los mejores que pasé en mi adolescencia. Mis padres se separaron después de años de discusiones y miradas afiladas, mi hermana se fue a vivir con un hippie a Ámsterdam y yo descubrí que mi madre era una puta.

Como aún tenía diecisiete años mi custodia fue un tema bochornoso, tanto para mis padres como para mí. El juez dictaminó que, hasta que alcanzase la mayoría de edad, conviviría, las diez semanas que restaban, cinco con mi padre y cinco con mi madre.

Mi padre alquiló un cuchitril en la periferia de Valladolid. Como mi madre obtuvo la propiedad del chalet donde vivíamos, no tuvo ese problema. Al menos, el coche se lo quedó él; lo necesitaba para el trabajo. Me recogía de su antigua casa los domingos por la noche y me dejaba al domingo siguiente.

—Bueno, Agustín, hijo, hasta la semana que viene —me decía al devolverme al chalet de mi madre. Me entregaba en un sobre veinte mil pesetas correspondientes a mi manutención y se marchaba. Mi madre se alegraba al verme de vuelta. Sin el sobre bajo el brazo no creo que se hubiese alegrado tanto.

Aquella semana era propiedad de mi padre. Era finales de septiembre. Había terminado los exámenes de la selectividad, dos semanas más tarde cumpliría dieciocho años y empezaría la carrera de Derecho. Mi padre había solicitado la semana libre en la oficina y nos fuimos a su pueblo, en Zamora, a vendimiar las cepas de la familia.

En el pueblo la vida transcurría con paso calmado y polvoriento. Y en verano postrero, aún más. El pueblo estaba rodeado de monte y campos de cebada y trigo; para mí, por aquel entonces, el paisaje castellano era soporífero de mirar y de tragar. En casa de mis abuelos estaban, además de ellos, mis tías. Evitaban tocar el tema del divorcio o mentar a mi madre delante de mí. Pero si no tenían más remedio que nombrarla, la llamaban "la puta".

—Pues la puta me tiró los cuadros que pinté de novios. Me los encontré un domingo que fui a recoger al chaval, en el contenedor. A saber qué coño habrá puesto en su lugar.

Mis tías, Juana e Isabel, tenían sendas hijas, María y Carmen, de mi edad. María tenía aún ortodoncia (creo que nació con ella puesta) y era algo gordita. Carmen también tenía sobrepeso, pero estaba condensado en el culo y las tetas. Además, Carmen, la del cabello negro y ondulado, tenía mirada zalamera.

Dos veranos antes habíamos ido la familia entera al lago de Sanabria.

—Agus, primito —me dijo, con esa sonrisa de pilla. Los demás aún estaban en el agua. Acabábamos de salir y estábamos tumbados sobre las toallas, secándonos al sol— ¿Cuánto te mide la polla?

La miré confuso y ella me señaló con la cabeza mi paquete. Estaba empalmado; la tela mojada del bañador se había pegado a la verga y aquello parecía una morcilla envasada al vacío. Me despegué la tela del miembro con rapidez, ocultando la erección con la toalla.

—Mira el Agus, qué vergonzoso es el niño —rió—. Te la mido y salimos de dudas, ¿eh?

Su risa era contagiosa y terminé por imitarla. Salté sobre ella y nos buscamos las cosquillas. El juego terminó de forma abrupta cuando a ella se le escurrieron las tetas del bikini y unos pezones oscuros y prietos salieron a la luz. Tenía la piel de las tetas blanca y las areolas a punto de invadir la zona bronceada. No había mucha gente alrededor, por fortuna.

—Perdona —dije mientras ella se las escondía.

No respondió. Dejó de sonreír y se dio la vuelta sobre la toalla, colocándose de espaldas. La braga del bikini se le había metido entre las nalgas y se la estiró con un dedo. También tenía la piel blanca donde convergían los dos globos de carne.

—No mires, so guarro —me dijo guiñándome un ojo.

Sonreí y me tumbé junto a ella. Creo que fue, a raíz de aquel incidente, cuando una complicidad, alejada del parentesco, pudo nacer entre nosotros.

Mi padre y yo, la semana de la vendimia, tuvimos que dormir en unos camastros en el sobrado de la casa del pueblo. Solíamos dormir donde estaban mis primas, abajo, en la primera planta, pero como llegamos los últimos a la recogida de la uva, esa habitación ya estaba ocupada. Aquella mañana, cuando me desperté, abrí el ventanuco y entró un aire fresco que presagiaba el fin del verano. Comprobé que no tenía más calzoncillos limpios, solo había traído un par. También me di cuenta que mi madre solía hacer la colada. Mi padre había madrugado para ir a vendimiar con los demás y me encontraba solo. De modo que abrí la bolsa de plástico de supermercado donde guardaba toda la ropa sucia (aquella que luego le daría a mi madre a la semana siguiente para que la lavase) para coger uno usado. Pero el hedor que salía del interior era nauseabundo. Pensé que, a lo mejor, en la habitación de mis primas habría alguno del verano anterior.

Bajé en pijama y llamé a la puerta. No contestó nadie; ya se habrían levantado, imaginé. Entré y el interior estaba a oscuras. Olía a sudor y una vaharada de calor veraniego me sacudió; allí dentro parecía ser todavía agosto. Salí y cerré la puerta en silencio.

—Agustín —llamaron del interior.

Abrí de nuevo la puerta y me asomé.

—Venía a ver si tenía por aquí algún calzoncillo —susurré.

—¿Qué pasa? —preguntó con voz pastosa María desde su cama.

—Nada, María, tú duerme, es Agus —respondió Carmen. Luego se dirigió a mí: —¿Un qué?

—Un calzoncillo, que no tengo; pero déjalo, ya volveré después —dije, cerrando la puerta.

—No, entra, Agus, que sí que hay.

Entré dentro y cerré la puerta tras de mí, dejando que me envolviera aquel ambiente cálido. Carmen encendió la lámpara de la mesita y María masculló un "joder" y se tapó la cabeza con la sábana, arrebujándose. Mi prima se frotó los ojos y se incorporó sobre el cabecero. La luz amarillenta de la lámpara la transfería un brillo dorado a su rostro. Abrió uno de los cajones y me tendió un calzoncillo. Suspiré al ver que era uno que usaba de niño, blanco y con dibujos animados.

—Es muy pequeño —dije.

—¿No te cabe el paquete ahí dentro, quieres decir? —sonrió Carmen.

Forcé una sonrisa irónica y me acerqué a su cama. Carmen desdibujó su sonrisa al sentarme junto a ella. Vestía una camiseta blanca de tirantes de amplio escote y tenía los pezones erizados; destacaban como canicas negras sobre la tela blanca. Sentí como me empalmaba bajo el pijama.

—Vete, Agus —dijo cuando vio que no apartaba la mirada de sus tetas—. Aquí no hay nada más tuyo.

Me acerqué a ella con suavidad y me permitió darla un beso cauto en los labios. Carmen bajó la mirada mientras saboreaba con la punta de la lengua el regusto. Se fijó en el bulto entre mis piernas. Parpadeó despacio, al ritmo de una decisión que meditó, o había meditado.

Levantó las sábanas, invitándome a entrar en su morada. Una corriente de hacinamiento, tortuosamente acogedor, escapó de aquel nicho. Bajo la luz amarillenta, Carmen vestía unos pantalones cortos, azules, muy arrugados y recogidos en las ingles. Sus piernas estaban juntas y lucía un tatuaje en una pantorrilla que no supe distinguir.

—Métete ya, bobo, que se enfría —dijo Carmen.

Entré con cuidado, preservando aquel ecosistema cálido. El somier rechinó inquietante al acusar el aumento de peso. María, desde su propia cueva, gruñó algo de la luz y Carmen se estiró para apagar la lámpara de la mesita.

Carmen, sin titubeos, deslizó una mano bajo la sábana, recorriendo con sus dedos los accidentes geográficos de mi anatomía. Los dos estábamos tumbados de costado, intercambiando alientos, expectantes. Ambos escuchábamos un corazón ajeno que latía emocionado. Deslicé mis dedos hasta su pantorrilla, en busca de aquel tatuaje que no existía el verano anterior.

—¿Cuándo te lo hiciste?

—¿El qué?

—Esto —dije presionando su muslo.

—Venía así cuando nací. Tengo otra al lado, arriba tengo un coño y debajo los pies, sirven para caminar, ¿sabes? ¿Tú no tienes?

—No, tonta. El tatuaje.

—¿Cuál?

—¿Tienes más?

—Otro en la teta, ¿quieres verlo?

—No, dime dónde.

Me cogió la mano que descansaba sobre su muslo y, remangándose la camiseta, me la posó sobre un pecho. La carne estaba tibia y blanda.

—¿Sobre el pezón? —pregunté deslizando la yema de mis dedos hacia su botón. Tenía una consistencia más gruesa, gomosa. Una consistencia tentadora.

—No, idiota, más arriba, ¿doy la luz?

—No —contesté. Me introduje dentro de las sábanas y hundí mi boca en la carnosidad de la teta. Mis labios atraparon el pezón y sorbí el sudor acumulado en la piel. Carmen se giró sobre sí para tumbarse boca arriba y sentí la carne de su pecho agitarse bajo mi rostro. Bajé una mano por su vientre desnudo, dejando atrás la depresión de su ombligo, internándola dentro del pantalón corto y las bragas. Bajo las sábanas, inmerso en aquel entorno encendido, el calor era seco y fluía una riqueza de aromas que me recordaron a un mar embravecido en el que el salitre prolifera por el aire en vaharadas que van y vienen. Mis dedos se toparon con el vello del pubis y los introduje entre los foscos meandros de cabellos. Mientras tanto, Carmen había internado una mano por dentro de mis pantalones y se entretenía pellizcando entre sus uñas la piel de mi pene erecto. Como despegando una piel o tela imaginaria. Su sonrisa nasal empezó de nuevo a gestarse en su boca.

—¿Te hago cosquillas? —pregunté desde el interior de las sábanas, soltando su pezón baboseado. Mis dedos habían alcanzado la viscosa extensión de su vulva.

—No, tonto.

—¿Entonces?

—¿Entonces qué?

—Que porqué te ríes.

María gruñó algo y callamos. Mis dedos sondearon el paraje cubierto de vello de su sexo y el cuerpo de mi prima se estremeció y exhaló un gemido hondo.

Sin embargo, no me permitió continuar. Carmen me sacó la mano del interior de sus pantalones y la aposentó sobre su ombligo, lejos de su fuente. Emergí de aquel ambiente tropical y apoyé la cabeza en la almohada, junto a la suya. Mi aliento incidía en su oreja y los mechones de su cabello me hacían cosquillas en la nariz.

—Aquí solo hago pajas yo —siseó.

Me bajó los pantalones y empuñó mi pene. Tiró de la piel del prepucio hacia abajo descubriendo el glande. Sacó la mano del interior del ecosistema de las sábanas.

—Escupe —dijo colocando la palmaahue cada bajo mis labios.

—¿Para qué?

—Pareces tonto, no querrás que escupa yo, ¿no?

—Sí.

Se giró hacia mí y saboreé su aliento cálido, posado sobre sus labios. Abrí los míos para aspirar aquel aroma.

—Ponte boca arriba, Agus —dijo claudicando.

La obedecí. Se incorporó y escuché verter una generosa porción de saliva sobre su mano izquierda para luego deslizarla con lentitud, dentro de las sábanas, hasta asir de nuevo mi miembro. Embadurnó con su mejunje caliente la verga y comenzó a sacudirla.

—¿Y yo qué? —pregunté sintiendo como sus movimientos me iban provocando convulsiones en la pelvis.

—Tú nada, abre la boca.

—No voy a escupir, Carmen.

—Pues no escupas, cabezón, pero abre la boca.

La obedecí y me metió un dedo hasta el nudillo. Traté de hacerlo deshacer en mi interior como si fuese un caramelo. Se colocó otra vez de costado y se apoyó sobre mí.

—Ahora, atento, Agus —dijo e internó la mano derecha con el dedo ensalivado por entre mis piernas mientras la otra seguía sacudiéndome la polla con un ruido de chapoteo viscoso. El dedo se posó sobre mi ano y se introdujo en mi esfínter sin avisar.

—Hostias —solté, revolviéndome en la cama. La cama crujió debajo de nosotros y pareció resquebrajarse.

—No te muevas, tonto, que la vas a romper —murmuró divertida Carmen.

El dedo se curvó en el interior de mi culo y noté como el placer me hacía vibrar las caderas. Carmen metió la cabeza dentro de las sábanas y me mordió los pezones mientras seguía empuñando mi pene y arrascándome el interior de las tripas.

—¿Te gusta? —preguntó desde el interior.

Me mordí el labio inferior mientras me sentía desfallecer. Eyaculé en pocos segundos, descargando el semen sobre las sábanas y mi vientre. Creo que también la salpiqué en la cara. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan liberado. Era como si aquella intromisión en mi recto hubiese liberado un manojo de lastres que ignoraba poseer.

Me levanté de la cama temblando. Aún me parecía sentir su dedo en mi interior, escarbando, ahondando. El corazón me latía desmadrado y la cabeza me daba vueltas. Me subí los pantalones con aquella sensación de mareo, sintiendo el semen desparramarse por mis muslos. Carmen dio la luz. Se sentó en el borde de la cama y mientras se limpiaba el dedo en mi pijama, me sonreía divertida, zalamera.

—Ven, Agus, vamos a echar esto a lavar —dijo Carmen quitando las sábanas de la cama— ¿Tenías más calzoncillos o fue una excusa para tocar coño?

—No tengo —repuse aún embriagado—. Pero tampoco…

—Ya. ¿Quieres unas bragas mías? Son grandes, de vieja, pero están limpias —añadió.

—Vale.

—¿Tienes algo más para lavar?

Pensé en la bolsa de plástico donde guardaba toda mi ropa sucia y dije que sí. Carmen se desnudó; sus tetas y su pubis estaban blancos, como la leche del desayuno. En la piel de la teta derecha tenía el tatuaje, una rosa diminuta, coqueta, tímida. Las areolas habían invadido sin concesiones la zona bronceada de sus pechos, de un cobrizo más tenue; tenía el sexo brillante; un cerco húmedo en la entrepierna de las bragas sucias delataba su excitación. Se colocó un sujetador y unas bragas limpias y sacó las mías del fondo del cajón. Luego se vistió con un chándal .

—Nos vamos, María —dijo al abrir la puerta.

—¿Podéis llevarme también mi ropa? —preguntó desde el interior de su cueva.

Carmen me acompañó al sobrado y me desnudé frente a ella. Me limpié el semen con el pijama. Me tendió la braga y me la puse debajo de unos vaqueros.

—No me respondiste —dijo mientras bajábamos.

—¿A qué?

—Que si te gustó.

—Sí, me gustas mucho.

—No, idiota, que si te gustó lo del dedo.

Bajé la vista sin responder.

La abuela dijo que los mayores habían ido a vendimiar cuando nos vio con la ropa sucia entre las manos. Yo iba con mi bolsa de plástico como si acabase de salir del supermercado con la compra. Metimos la ropa en la lavadora y Carmen me enseñó el funcionamiento del aparato.

—Lo normal es separar la ropa por colores y tejidos, pero si pones este programa puedes meter toda la ropa del mismo color junta y suele salir limpia —explicó mientras giraba la rueda de la lavadora. Un sonido de carraca, como si estuviese oxidada, resonó en el cuarto de baño donde estaba la lavadora. Luego echó dos cucharadas de detergente en polvo al cajetín.

—Ya —contesté fijándome en su espalda. Se había recogido el cabello en un moño con una goma y bajo su chándal recordaba su cuerpo tibio y suave. La abracé por detrás, rodeando su cintura, y apoyé mi mejilla en la nuca. Aún conservaba su piel una tibieza hospitalaria. Carmen se dejó hacer hasta que mi pene hinchado presionó sobre sus nalgas.

—Quita, tonto —dijo, apartándome con el culo.

Nos sentamos en la cocina, alrededor de una mesa camilla que cojeaba cubierta con un mantel de hule con varios agujeros procedentes de las cenizas del tabaco del abuelo. Al poco rato bajó María, también en pijama y desayunamos los tres juntos una taza de leche con cola-cao y unas galletas que nos preparó la abuela.

—Tu madre es una puta, ¿no? —me preguntó María cuando nos quedamos solos.

—¿Y eso? —mentí. Como he dicho, sabía que nuestros padres la llamaban a veces así.

—Lo dice tu padre. Que se ha liado con un portugués y se van a casar, ¿no?

—No lo sé —contesté sin saber si mi prima estaba de broma o yo era más tonto de lo que sospechaba; era la primera vez que escuchaba algo así. Aunque ello explicaría porque cuando pasaba la semana con mi madre, solo la viese por las noches.

—¿No lo sabías? —preguntó Carmen.

Negué con la cabeza; estaba abrumado.

—Nosotras tampoco —advirtió María acercando su cara seria a la mía.

Mi madre no había comentado ni insinuado (ni yo lo había imaginado) que la separación se debió a su pendoneo. Unas lágrimas quisieron escapar de mis ojos, pero no las dejé. Me sentí ignorado, apartado, ridiculizado, tardé varios meses en acostumbrarme a esa sensación, los mismos en admitir que mi madre era una puta. Me soné los mocos y aproveché para secarme los ojos con disimulo. Mis primas me miraron de reojo, sin decir nada.

A la mañana siguiente estaba despierto cuando mi padre se fue pronto para continuar en la vendimia. Entré en silencio en la habitación de mis primas y, desnudándome, me metí en la cama de Carmen sin decir nada. Me apretujé a ella, participando del calor veraniego que estaba atrapado bajo las sábanas. Pasé una mano por debajo de su pijama para agarrar una de sus tetas blandas y tibias. El pezón se condensó con rapidez bajo mi palma en una protuberancia rugosa y puntiaguda, estimulante. Carmen gruñó algo pero no me apartó la mano. Tampoco cuando mi pene erecto presionó entre sus nalgas.

—¿Te molesto? —susurré.

—No.

La bajé los pantalones y las bragas y deslicé el pene entre sus piernas. La calidez del nicho creado entre ellas acogió mi verga y Carmen separó los muslos para que el glande se aposentase sobre su nido de vello.

—¿Quieres follar? —susurró tras unos minutos. Ya había notado que su entrepierna se había calentado y humedecido.

Dije que no, me conformaba con apretar la carne tibia de su teta y que sus muslos abrazasen mi verga.

—Dame tu mano —pidió.

Se llevó un dedo a la boca, el del día anterior, y me lo ensalivó. Luego me guió la mano hasta la entrada de su ano.

Metí con cuidado el dedo. El esfínter fue sorbiendo, voraz. Movía las caderas mientras se sujetaba una nalga para permitirme maniobrar. Enterró la cara en la almohada y comenzó a gemir al mismo tiempo que yo doblaba el dedo en su interior, explorando aquel reino oculto. Al poco sentí algo en el interior, otro apéndice que también se removía menesteroso en el interior de Carmen. A través de los tejidos adiviné que era otro dedo, o quizás varios, introducidos por el otro conducto. Por un instante me pareció que nuestras falanges nos representaban. La familia, representada por tejidos, separando el intestino de la vagina. Los tejidos era gruesos, numerosos, pero elásticos. Y nosotros, dedos introducidos por canales paralelos que nunca convergerían.

La cama comenzó a rechinar a nuestro ritmo. Carmen gemía con la seguridad de que la almohada mitigaba los sonidos. Se revolvía agitando las piernas, vibrando sus carnes, zarandeando sus tetas. La cama pifiaba dolida y la angustia y el sofoco de mi prima aumentaron para, tras unos segundos de agónicos coletazos, quedar su cuerpo en calma, sacudiéndose con debilidad, agónico, hasta quedar inerme.

A través de la almohada, pasada la tormenta, como un eco, Carmen gruñó. Saqué el dedo y nos levantamos para repetir la operación de lavado del día anterior. Esta vez fue ella la que emergió de aquel trópico bajo las sábanas temblando, sumida aún en los ecos del orgasmo. Estaba llorando. No sé si la había hecho daño, pero no quise preguntar.

Los días siguientes repetimos la misma sucesión de intromisiones corporales, alternando los esfínteres. Acordamos, eso sí, tener la precaución de usar condones para retener el semen que eyaculaba o preservar de la suciedad de las heces a aquellos dedos transgresores, limitando nuestros encuentros posteriores con la lavadora.

Cuando me despedí de mis primas días después, el domingo por la mañana, Carmen me sonrió y me dio dos besos en las mejillas. María también, claro, pero como oyente (acaso espectadora) de las intromisiones que Carmen y yo tuvimos en nuestros cuerpos esa semana, sabría que los suyos tenían un sabor distinto. Mis tíos vivían ambos en Cádiz y les esperaban muchas horas de viaje en sus coches.

Aquella tarde, mientras la lluvia parecía amainar (había estado lloviendo toda la mañana), mi padre y yo estábamos a punto de salir para volver a Valladolid. Llamaron al teléfono. Era Isabel, la madre de Carmen. Un accidente, a la altura de Toledo. Mi tía Juana, la madre de María, había muerto en la autovía. Joaquín, su marido, y María estaban muy graves. Isabel, entre hipos, relató que ellos iban delante y pudieron esquivar el camión. Durante el viaje al hospital, mi abuelo, al lado de mi padre en el coche, no dijo una palabra. Mi abuela recitaba una y otra vez avemarías y padrenuestros mientras manoseaba entre sus dedos las cuentas de un rosario. Para cuando llegamos a la tarde a Toledo, al hospital, ya habían muerto María y Joaquín, además del conductor del camión que perdió el control y arrolló el vehículo de mis tíos. Los cuatro nos sentamos en el pasillo, al lado de mis tíos. Mi prima estaba sentada enfrente de mí. Se levantó y se acercó a mí con paso titubeante, derrumbándose sobre mis rodillas, sin parar de llorar. Mi madre no apareció durante toda la noche a pesar de que mi padre la llamase por teléfono varias veces. El día después nos enteraríamos que su novio portugués y ella habían pasado el fin de semana en Madeira. Allí permanecerían durante dos años. Tampoco acudió al entierro de mi abuelo, que murió un mes después. Luego, al invierno siguiente le acompañaría mi abuela, de una neumonía que se complicó. Mientras hundía, aquella tarde, los dedos en el cabello negro de Carmen, dejando que derramase sus lágrimas sobre mis rodillas, oí los truenos afuera; arreciaba la lluvia en Toledo.

La película que echaban en la tele estaba terminando y yo seguía pensando en aquel verano, años atrás, en el que perdí a la mitad de mi familia. Sonó el teléfono. Era Carmen. Durante los últimos cinco años, los mismos que yo había invertido en sacar la oposición de administrativo para la Junta, ella había criado al hijo que tuvo con un zoquete de buena planta pero mala condición, con el que se fue a vivir cuando la dejó embarazada. Renunció a todo por un amor que se tornó en fuente de disgustos, como todos preveían, excepto ella, claro. Mis tíos no quisieron saber nada de ella ni de su hijo. Durante el último año eran frecuentes las semanas en las que me llamaba varias veces al móvil a la misma hora para relatarme sus penurias. Creo que era el único familiar al que podía llorar. Yo terminaba por sonsacarla (era renuente) los palos que recibía día sí y al otro también. ¿Qué cómo aguantaba? Es siempre la misma historia. No la veía desde hacía varios meses, cuando coincidimos en el pueblo el pasado invierno. En la misa de nuestros tíos y abuelos. Mis tíos evitaron todo contacto con su hija y su nieto. Charlé unos minutos con ella, antes de que marchase. Su hijo Carlos había crecido mucho y era muy risueño. Por desgracia, nunca pude ver al padre de Carlos.

—No sé qué hacer, Agus —me lloraba por teléfono cada noche.

—Pues denunciarle, Carmen, ¿qué vas a hacer si no?

—Y a dónde voy, joder. Mis padres ya ni me cogen las llamadas. ¿Dónde coño quieres que vaya?

—Ven conmigo.

—Está Carlos.

—Ven con Carlos.

—No puedo, Agus, sabes que no puedo.

Yo tragaba saliva, sin entenderlo, y repetía mi ofrecimiento, llamada tras llamada. Había comprado un modesto piso en la periferia de Valladolid al empezar mi trabajo de funcionario. Carmen vivía en Murcia.

Los títulos de crédito aparecieron en la película de la tele mientras hablaba con mi prima.

—¿Qué tal tus padres? —preguntó.

—Mi padre vive de puta madre, ya lo sabes. Se ha vuelto a casar y ahora tiene una mulata que le trata como un rey. Mi madre no lo sé. Vente a vivir conmigo.

—¿De verdad?

—Sí, Carmen, de verdad. Quiero que vengáis a vivir conmigo.

—Mira por la ventana.

El corazón me empezó a latir con fuerza mientras me asomaba a la terraza. Dos pisos más abajo, Carmen me miraba desde la acera y Carlos me saludó sonriente con las dos manos. Bajé en pijama y con pantuflas a la calle con una carcajada atragantada en la garganta.

Los miré unos segundos frente al portal, con el corazón latiendo descontrolado, sin saber qué hacer. Carmen tenía los ojos enrojecidos y el cabello desmadejado. Se lo había dejado corto. Asía con una mano una bolsa de plástico negra rebosante, llena de ropa, y con la otra sujetaba la mano de Carlos. Arrugó la frente mientras intentaba contener la risa, algo que, sospechaba, no había sido habitual en su cara desde hacía años. Carlos se lanzó hacia mi pierna y la abrazó con fuerza mientras gritaba:

—¡Títo!

—Lo siento —dijo llorando Carmen. Soltó la bolsa y también me abrazó—. No sabía dónde ir.

—Pues aquí, tonta, dónde si no —respondí entre sollozos.

Mi piso era pequeño y solo tenía una habitación. Mientras cambiaba las sábanas de la cama, Carmen me miraba desde la puerta, cruzada de brazos.

—No es necesario, por favor —dijo mientras restañaba sus lágrimas con un pañuelo convertido en bola—. El sofá…

—Deja de repetirlo y saca la ropa de la bolsa —respondí sujetándola por los hombros. La miré a los ojos—. No me hagas enfadar.

Después de hacer la cama con sábanas limpias, calenté en el microondas unos canelones de atún que me habían sobrado de la cena. Mientras metía las sábanas en la lavadora, Carmen me abrazó por detrás, con fuerza, apoyando la cabeza sobre mi nuca. Su cara aún conservaba el frío de la calle.

—Yo te enseñé a poner la lavadora —dijo.

—Es cierto.

—Te he echado de menos —murmuró. Sentí sobre mi cuello la humedad de unas lágrimas.

Me di la vuelta y la miré a los ojos, secando las lágrimas con besos. Aún tenía, en uno de ellos, el rastro oscuro de un golpe reciente. La así por las mejillas con cuidado y la inspeccioné el resto de la cara.

—Qué te han hecho, por amor de Dios —suspiré.

Nuestros labios se rozaron. En ese momento, el timbre del microondas sonó y Carlos entró en la cocina dando saltos.

—¡Mami, mami, la cena ya está!

—Hay que lavarse las manos, cielo —señaló su madre.

Me llevé a Carlos en brazos al cuarto de baño y lo aupé en el lavabo mientras se lavaba las manitas.

—Tito, ya estoy —anunció el pequeño.

Mientras Carlos se secaba con la toalla, miré a su madre, apoyada en el marco de la puerta. Se cubría la cara con las manos ocultando las lágrimas.

—Mami, no llores —dijo Carlos tirando de su pantalón.

—No lloro, cariño. Ven, vamos a cenar.

Comieron en silencio mientras les miraba, intentado disimular una sonrisa. Carmen no pudo evitar, al verme, sonreír también.

—No dejes nada en el plato, cariño —dijo, dándole un beso en la frente a su hijo.

Después de cenar, Carmen ayudó a Carlos a ponerse el pijama. Era amarillo y estaba muy arrugado. El pequeño se durmió en pocos minutos. Carmen y yo nos sentamos en el sofá del salón mientras veíamos la tele a oscuras, al mínimo volumen. Carmen me abrazó y apoyó su mejilla en mi hombro, mientras comenzaba de nuevo a llorar. La besé en la coronilla, cerca de la raya donde convergían sus cabellos y el flequillo.

Una hora más tarde, había apartado la mesita y desplegado el sofá-cama. Me calé la manta hasta la barbilla mientras miraba el techo del salón. Hacía algo de frío en la casa; la calefacción comunitaria ya se había apagado hacía horas y había encendido un calefactor móvil, cuyo siseo se escuchaba lejano, dentro del dormitorio. No conseguía dormirme, barruntaba las penalidades que uno o una sufre por amor, impidiéndole atisbar la salida, obligándole a continuar en la senda de los horrores, incluso cuando ya no hay amor. Carmen salió al poco del dormitorio y se metió conmigo bajo la manta. Estaba desnuda, excepto por unos calcetines remendados. Los muelles crujieron y la estructura rechinó, quejándose. Se abrazó a mí y apoyó su cabeza junto a la mía en la almohada. Su aliento me entibió la nuca.

—Estás frío —constató ella, al cruzar una pierna entre las mías. Su muslo albergaba un calor incestuoso. Uno que recordaba a años pasados.

—Había olvidado la sensación de estar así, con alguien que te da calor —dije.

—¿Y cuándo fue la última vez?

—Recuerdas, hace años, un verano, durante la vendimia…

—Sí, claro —sonrió Carmen— ¿Quieres?

Tardé unos segundos en responder.

—Creo que no —dije pasando un brazo debajo de su nuca. Carmen estrechó su cuerpo contra el mío y bajó la cabeza para apoyarla en mi pecho.

—Vale —dijo poco antes de dormirse.

En el piso superior se oyó el ruido de un portazo y unas llaves cayendo al suelo. Afuera, en la calle, una moto desgarró la quietud de la noche con un petardeo. Poco después, también me dormí.

A la mañana siguiente del sábado, cuando desperté por mediación de los vecinos de arriba, Carmen seguía conmigo en la cama. La persiana de la terraza dejaba filtrar una penumbra acogedora. Ella dormía de costado, hacia su lado, y su cuerpo dibujaba una "S" recogida, de curvas sinuosas. El mío la imitaba. La agarraba una teta y ella me sujetaba la mano por encima; su carne estaba mullida y caliente.

Me levanté con cuidado y comprobé, entornando la puerta de mi dormitorio, que Carlos seguía durmiendo.

—Vuelve a la cama —murmuró Carmen.

Me acerqué a ella y la besé en la frente. La tenía caliente y algo aceitosa. Sacó una mano de debajo de la manta y, reteniéndome la nuca, me obligó a besarla en los labios.

Su mano se introdujo dentro del pantalón del pijama y me sacó el pene hinchado.

—Carmen… —protesté con debilidad.

—Calla y métete en la cama —repitió.

La obedecí y tras taparnos con la manta, se colocó sobre mí para quitarme el pijama, haciendo chirriar los muelles del sofá-cama. Todo su cuerpo irradiaba calor. Un calor grato, generoso. Me desnudó sin dejar que la manta dejase escapar aquel ecosistema creado durante la noche. Mis dedos resbalaron por las colinas de sus hombros y se internaron en el valle de su columna, convergiendo al inicio de sus nalgas. Su lengua me lamía las mejillas, arañándose con mi barba, embadurnando mi cara con su saliva tibia y aromática. Más abajo, sus caderas conferían a su pubis un movimiento lento y repetitivo, restregando su vulva contra mi sexo erecto. Clavé mis uñas en las carnes magras de su trasero, provocándola un estremecimiento al que respondió con varios mordiscos en mi cuello. Carmen enfiló mi polla hasta su entrada, gruñendo al sentir su interior horadándose en la penetración.

Carmen se movía con lentitud, como saboreando un plato de domingo, dejando que la comida desprendiese aquellos aromas y sabores dominicales en el paladar, cerrando los ojos y gimiendo mientras nuestra actividad se desarrollaba con lentitud. Sus pechos se agitaban pesados, majestuosos, al ritmo de sus caderas.

—Dame, Agus —dijo tomando mi mano. Desenrolló un condón sobre mi dedo medio y lo guió hasta la entrada de su ano —, por aquí.

Su esfínter correspondió a la presión de mi dedo, abriéndose solícito, succionando con avidez mi dedo plastificado. Sorbiendo con parsimoniosa delectación. Cuántos recuerdos me venían mientras ahondaba en el culo de Carmen.

Mantuvimos aquella sucesión de movimientos perezosos mientras mi prima me sonreía sujetándome la cabeza, obligándome a contemplar la languidez de sus párpados y los ecos del placer contrayendo las comisuras de sus labios, mientras cabalgaba mi polla con delectación y le perforaba el ano con el dedo. Las palmas de sus manos me tapaban las orejas y hundía sus dedos dentro de mi cabello. Cuando decidió aumentar el ritmo y comenzó a gemir con los dientes apretados, decidí introducir otro dedo en su interior cavernoso. Se mordió el labio inferior, sin dejar de sonreír, aceptando el envite. Su esfínter se resignó a mi persistente intromisión y permitió su ensanchamiento, Carmen soltó un grito corto y sonrió, afirmando con la cabeza, cuando los dedos jugaron dentro de sus tripas. Su frente estaba cubierta de sudor y por entre sus labios, a través de las comisuras, unas gotas de saliva brillaban, recogidas con insistencia devota por su lengua. Incrementando la apuesta, me sacó la mano de entre sus nalgas y guió mi verga hasta la entrada de su esfínter. El glande fue acogido con relativa facilidad, pero el internamiento del tallo fue motivo de sofocos y resoplidos.

—¿Paramos? —pregunté asustado.

Carmen negó con la cabeza y continuó descendiendo su pelvis, acercándola a la mía con una lentitud preñada de discordancias en su rostro. Placer y dolor aunados en la misma cara. Sudor y saliva mezclados a partes iguales. Lamí sus labios y nuestras lenguas convergieron, intercambiando fluidos. Sus ubres se posaron en mi pecho, expectantes también ellas ante la difícil situación. Pero sus gemidos lastimosos evidenciaban una postura equivocada o una penetración a destiempo.

Saqué con cuidado mi pene de su interior y la tumbé boca abajo, quitando la manta; poseíamos una reserva de calor que nos hacía inmunes al relente que invadía el salón. Coloqué la almohada bajo su vientre y separé sus nalgas, exponiendo su ano. Incidí con suavidad mi verga sobre el esfínter y fui hundiéndola con firmeza, dejando que el anillo fuese acometiendo la intrusión, esperando con paciencia una dilatación que terminó por sobrevenir. Carmen enterró su cara bajo las sábanas y sus gemidos resonaban por su espalda, haciendo vibrar su piel. Cuando toda la verga fue sepultada en sus tripas, un suspiro de alivio se dejó sentir más allá de su garganta (y de la mía). Me moví con delicadeza, apreciando cada presión ejercida sobre mi pene, respetando el fino obstáculo que separaba la plácida sodomía de la tortura angustiosa. Aquel cuerpo femenino que ahora tenía bajo el mío se me antojó generoso, desprendido. La piel vibraba, los músculos se agitaban, la respiración lo hacía hincharse de vida. De vida, sí. Me arrodillé sobre ella exhalando mi aliento sobre su nuca, mis gemidos sobre su oreja. Carmen se giró y me sonrió de soslayo, resoplando angustiada. Pensé que sus quejidos provenían del dolor, pero luego advertí que había deslizado una mano bajo la almohada, una mano cuyos dedos alcanzaron su sexo, unos dedos que frotaban con avidez la vulva, en busca de retazos de goce escondidos entre los pliegues viscosos. No pude aguantar mucho tiempo y tras unos gruñidos roncos, vertí mi semen en el interior de mi prima.

—Date la vuelta —dije tras reponerme.

Carmen obedeció, mostrándome sus tetas y su pubis negro. Varios tatuajes adornaban su piel, de diversas formas y colores a los que había ignorado durante el sexo. El ambiente frío terminó por provocar que su piel se erizara y sus pezones se aglomeraran en dos bulbos oscuros y replegados. Al bajar la vista, discurriéndola más allá de sus mamas, contemplé su vientre tembloroso y, más allá, bajo su fronda, un sexo húmedo, no sé si satisfecho.

—Deja, que voy al servicio—pidió.

Asentí ayudándola a levantarse. Me senté en el sofá-cama, sintiendo mis rodillas temblar por el frío. Cuando oí, lejana, la orina salpicar con un siseo el inodoro, me dirigí hacia el sonido, hipnotizado, y abrí la puerta. Carmen me sonrió avergonzada.

—Me gusta verte mear —expliqué, lavándome las manos y el pene sin quitarla ojo a través del espejo. Mi mirada convergió en sus calcetines, remendados en el dedo gordo—. Hoy está abierto el centro comercial de al lado, hay que comprar comida y ropa para vosotros.

Carmen no respondió. Acuclillada, dejando que sus mamas descansaran sobre sus antebrazos recogidos, siguió orinando. Su cara reflejó una tristeza que me recordó a una tarde en un pasillo de hospital, hacía años. Una en la que los dos perdimos a parte de nuestra familia.

—Y el lunes te ayudaré a buscar un trabajo —añadí.

Me giré hacia ella mientras me secaba las manos. Me arrodillé frente a Carmen y la abracé. Me correspondió tras unos segundos de duda ante lo impropio del escenario y su actividad, para luego verter unas lágrimas gruesas que, como después confesó, fueron liberadoras, como una catarsis.

—Estoy embarazada —dijo con un hilo de voz, tras unos minutos—. De dos meses.

Levanté su barbilla y la obligué a mirarla a los ojos. Parpadeé con lentitud.

—Tendremos, entonces, que buscar una casa más grande —respondí, formando una sonrisa en mis labios.

Carmen me imitó, afirmando con la cabeza.

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Ginés Linares

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