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Mi hermano, su mujer, el culo de ella y yo (9)

Reinicio la publicación de mis relatos después de un receso producto de algún cuestionamiento de tipo moral, por los comentarios llegados a mi correo. Comprendo que el argumento que planteo no es el preferido (especialmente por los lectores masculinos); pero aquí estoy de nuevo, intentando transmitirles mis experiencias con mi hermosa cuñada, la mujer de mi hermano mayor.

Confieso que el único motivo que tengo para publicar es el amor. Me enamoré cuando aún adolescente lamentablemente de la mujer equivocada, de la mujer prohibida. Ese sentimiento "malsano" que creí extinguido y pese no haber visto a mi amada durante muchos años (al menos sexualmente), emergió como una fuerza volcánica, los motivos les explicaré en los párrafos siguientes.

Sentimientos encontrados se apoderaron de mi interior después de haber publicado mis experiencias sexuales con mi cuñadita. Por una parte mi amor por ella, además el gran sentimiento de culpa por la "traición" cometida en contra de mi hermano y para rematar, la pesadumbre por haber "publicado" los pormenores del placer compartido con la mujer mas bella que he conocido, quien a mi temprana edad me enseñó lo que es el amor.

Lo cierto es que transcurrieron muchos años después de nuestro último encuentro sexual. Me casé con la mujer de quien supuse estaba enamorado, trajimos al mundo dos hermosos hijos que ya están cursando la universidad, y ……los años pasaron. Mi cuñada continuó al lado de su marido, tuvo un hijo más (con el que sumaron tres). La vida social entre familias tenía que continuar, mi familia fijó residencia en una ciudad distante a donde mi cuñada vivía con la suya.

Las navidades, algún cumpleaños o la pérdida de algún ser querido, fueron motivos "naturales" para breves reencuentros, en cada uno de ellos mi cuñada reaccionó siempre con naturalidad, sin poder evitar que nuestras miradas se encuentren, en silencio sentíamos los dos el gran pesar por lo injusta que era la vida al habernos impuesto como castigo esa terrible separación. Sin embargo, parecía que el tiempo había hecho su trabajo y el distanciamiento en forma irremediable era lo señalado como final de nuestra accidentada relación.

Pero cometí la terrible imprudencia de compartir con ustedes nuestros secretos. Y los acontecimientos se precipitaron, el bichito del amor no me dejaba tranquilo, conseguí el número de su celular y la llamé:

Hola, qué gusto escucharte de tanto tiempo. Le dije.

Hola, lo mismo digo, mucho tiempo. Me contestó.

Necesito verte, no sé cómo explicarlo pero debemos vernos.

Sea como fuere, le convencí de que viaje a mi encuentro. Se desplazó por tierra utilizando un bus. Llegué un tanto retrasado a recogerla, el lugar bullía de gente, busqué su mirada entre los miles de ojos que ansiosos también preguntaban por alguien. Alcancé a ubicarla a la distancia, vestía muy juvenil, el pelo hermosamente recogido, se notaban sus movimientos nerviosos tratando de ver por sobre el gentío. Me vio y una amplia sonrisa se dibujó en su aún bello rostro y ambos apresuramos el paso para reunirnos.

Durante largos días previos a su llegada, rebusqué en mis recuerdos los detalles de su cuerpo, mis cavilaciones giraban en torno a la duda si sus carnosos labios que me besaban con tanta ternura serían lo mismo, si sus turgentes senos aún mantendrían su imponente porte, si su delirante mirada color de miel aún reflejaba el deseo permanente de amarnos, de tenernos. Pero mas que nada, si su deseado culo aún mantendría esa fuerza natural que a manera de irresistible imán me llevaba hacia ella, maliciosamente convencido, deliciosamente atraído e incondicionalmente derrotado.

Por simple instinto le tomé de la mano ayudándole a dar un gracioso giro con su cuerpo, para ver en plenitud cómo estaba. Nos reímos alegremente por la ocurrencia, como muestra de la felicidad que sentíamos por nuestro reencuentro.

No cabía duda, mi cuñada a pesar de los años mantenía intactos sus encantos, ya que al girar sentí el roce suave de su sobresaliente culo en mi cuerpo, un leve estremecimiento me sacudió entero. Los atributos de mi cuñadita eran aún, perfectamente capaces de despertar las mas dormidas pasiones, lo ideal para mi "atribulado" cuerpo. Ayudándole con el ligero equipaje seguía sus pasos en medio del tumulto en busca de la salida, mis codiciosos ojos vigilaban sin disimulo el sensual vaivén de las caderas de mi cuñada, embelezado de los provocativos movimientos de aquel tremendo culo apenas cubierto por el delicado vestido. Manejaba ella a su completo antojo esa imponente parte de su cuerpo, meneándolo, ofreciéndolo y negándolo a la vez a sabiendas de mi desesperación.

Llegamos a la mesa mas discreta de un cercano café. Cavilaba en la forma de iniciar la conversación.

Te esperé toda la vida. Le dije.

Si, estos casi 25 años, son en verdad toda una vida. Me respondió.

Te extrañé mucho. Dije por decir algo.

Pero te casaste y fui abandonada a mi suerte. Me contestó.

Bajó la mirada y dos leves lágrimas traicioneras se asomaron por sus bellos ojos. Solo atiné a tomarle de la mano y con desazón consolarle:

Pero te amé todo este tiempo.

No tanto como yo, lástima que quien mas ama, mas sufre. Me dijo a modo de reproche.

Ojala me quede tiempo para remediar todo lo malo. Le dije.

No importa. Me respondió. Quien sabe amar, debe saber perdonar.

Ardía en los deseos de tenerla de una vez. Quería volver a poseer aquel cuerpo que casi tres décadas atrás me había enseñado las artes del amor y había permitido de la forma mas hermosa despertar mi sexualidad. Debía hacerla mía una vez mas, no por el simple hecho de rememorar mis preciosos recuerdos, ni como simple expresión de machismo, menos aún por el justificado odio que sentía por mi puto hermano. Sobre todas las cosas por amor. El primer amor de mi vida, mi primera vez, el mas sublime sentimiento que había guardado por tanto tiempo y que ahora se manifestaba con fuerza incontrolable.

Buscamos un hotel para ella. No tenía la seguridad si aceptaría un contacto sexual conmigo, mientras caminábamos camino del hotel, con el mayor sigilo le pregunté:

Aún sientes deseos por mí?

Si. A pesar de los años y a pesar de todo, quiero tenerte.

Llegamos al lugar elegido. Ni bien cerré la puerta de la habitación tras de mí, la abracé por detrás, haciéndole sentir mi erección. La aprisioné con firmeza, poniendo en contacto mi erecto miembro con su preciado trasero. Mi actitud fue un tanto infantil, lo acepto.

Espera un poco, no te apresures. Me dijo.

Se dirigió al baño, mientras tendido sobre la cama y con la ayuda del control remoto, buscaba yo en el televisor algo que calmase mi creciente ansiedad. Retornó aún vestida y se recostó a mi lado. Nos fundimos en un apasionado beso, cual dos esposos que se unen después de una larga separación,

Te amo. Susurró al oído.

Esa era la orden que esperaba, me excité en extremo, pero decidí siguiendo sus consejos tomar las cosas con calma. Apoyado sobre un codo recorrí con los ojos el hermoso cuerpo de mi cuñadita, parecía "abandonada a su suerte", lista para ser tomada. Los cabellos sueltos sobre la suave almohada. Su delicado vestido parcialmente suspendido muy arriba de las rodillas, me regalaba el espectáculo de sus largas piernas cubiertas por las finas medias de seda. Sus hermosos senos a pesar del sujetador parecían desafiarme al placer. Su mirada de fuego me recordaba nuestros tiernos años en los que a sola insinuación, cogíamos como locos. Su respiración agitada. Sus brazos en cruz. Sus carnosos labios entreabiertos por la excitación. Todo me invitaba a tomarla.

Cual experto amante, empecé desabotonando la fina blusa y con su ayuda se la quité, quedaron sus abundantes senos aún cubiertos por el sujetador. Le dí un beso en la boca que fue correspondido con avidez, haciéndome saber que ardía en deseos de ser poseída. Continué con los calzados, con cuidado desnudé los pequeños pies de mi cuñadita. Ella, levantando las caderas y metiendo ambas manos por debajo de sus faldas, se quitó las medias de seda que eran esas de cuerpo entero. Con ágiles y delicados movimientos, dejó sus bellas piernas desnudas pero conservó la falda puesta para cubrir su intimidad, arreglándola sensualmente, con los movimientos precisos para no dejarme ver, lo que yo quería ver, para mantener escondido aquel precioso tesoro que tanto yo anhelaba, mientras sonreía pícaramente mirándome fijo a los ojos, mientras buscaba a tientas dónde depositar la delicada prenda. Esa mirada me decía en silencio que estaba lista para mí, la contemplé con lujuria un momento más.

Recordando todo lo vivido en el pasado junto a esa bella mujer, solo quería amarle y hacerle feliz.

Besé su boca con absoluta pasión deslizando al mismo tiempo mi mano derecha por debajo de su falda y alcancé su delicioso cocho aún cubierto por la fina prenda interior, que por su delicado diseño no lograba contener el abundante pelambre que rodeaba el lujurioso agujero de mi querida cuñada. El recuerdo de la particular forma de esa parte de su cuerpo que comprobé en las muchas ocasiones que hicimos el amor, me despertó aún mas los deseos de poseerla. Me apoderé con desesperación del preciado tesoro que escondía su cuerpo entre las piernas aun por sobre su ropa interior, arrancando un leve temblor de la mujer que ahora estaba por completo a mi merced.

Tómame de una vez, como cuando éramos jóvenes. Dijo.

Fue una especie de orden. De rodillas sobre la cama y levantando levemente sus faldas, le quité con delicadeza los frágiles calzones que cubrían su intimidad. No recuerdo el detalle de su forma ni color, ya que la impresionante vista que emergió de la desnudez de su cuerpo, opacó todo lo que le rodeaba. Era el hermoso cocho de mi cuñadita, rodeado de abundante pelambre en el perfecto orden que la naturaleza impuso, un penacho mas bien largo a cada lado y otros menudos en la entrepierna y la parte baja de su portentoso culo. A manera de invitación entreabrió levemente las piernas dejándome ver un ligero brillo producto de alguna posible fuga de jugos vaginales prueba de su tremenda excitación.

Cual niño goloso, atrapé entre mis labios ese glorioso agujero negro. Aspiré profundo su aroma y mi mente se trasladó a la adolescencia cuando disfrutaba solo del olor que despedía mi fogosa cuñada. Luego de absorber sus jugos le dí un beso en la boca, ella recibió con placer todo el contenido y se lo tragó, deleitó toda la mezcla de jugos y saliva mientras me ayudaba a quitarme la ropa.

Ya desnudo, volví a la carga, tragándome nuevamente el cocho de mi cuñada, busqué con la lengua su sensible clítoris y bastaron unas cuantas pasadas para arrancar de la hermosa mujer gritos de placer. Estaba ella a punto de correrse.

Qué cocho mas hermoso tienes cuñadita, qué chucha mas deliciosa te gastas mi putita preciosa.

Le dije, a sabiendas que las palabras soeces producían un especial efecto en ella. Al escucharlas dejó escapar un gemido y percibí que la temperatura de su cuerpo aumentaba casi en forma mágica.

Córrete de una vez mi amor, que luego quiero culearte por detrás, quiero meterte la verga en el culo.

Con estas palabras obtuve el delicioso propósito. Abriendo mucho mas las piernas y arqueando el cuerpo hacia arriba me entregó por completo su jugoso cocho y se corrió en mi boca emitiendo gritos de placer. Sentí el sabor embriagante de su corrida, mientras su victorioso cochito daba brincos en medio de mis atareados labios. Sentí la presión de sus manos en la nuca jalándome con inusitada fuerza hacia ella.

Te amo mi amor y te he extrañado todos estos años. Alcanzó a decir en medio de gemidos.

No le permití sosiego, la besé traspasándole nuevamente los jugos de su corrida a tiempo de pedirle:

Chúpame la verga mi amor.

De espaldas sobre la amplia cama, con los ojos desorbitados y la boca abierta por completo, recibió mi enhiesta verga para mamarla a placer, recorriendo con la lengua en forma deliciosa toda su extensión y chupándola con ansias.

Métemela de una vez. Me dijo.

Primero prométeme que también me entregarás tu culo cuñadita. Le dije a modo de chantaje.

Si mi amor, todo, enterito, por donde quieras. Me respondió.

Me ofrecía su jugoso cocho con las piernas abiertas, aún me di tiempo para observar lo que sería mío nuevamente, ese precioso tesoro resguardado por el oscuro pelambre, ese delicioso agujero que había sido el motivo para muchas noches de desvelo y de incontables pajas cuando era joven.

Quítate el sujetador que quiero tus tetas. Le ordené.

Rápidamente lo hizo, dejando descubiertas las dos abundantes y blancas tetas cuyos pezones emergían desafiantes al placer. Les dí el gusto, les llené de atenciones chupándolos de manera alternada con las ansias de un niño que busca la leche materna. Me deleité en forma total con cada uno de ellos y me invadió una repentina nostalgia de mi adolescencia.

Dame la verga de una vez. Me dijo al oído.

La penetré de un solo envión arrancando otro grito de mi adorada cuñada y comenzamos el armónico vaivén bajo la dirección de ella, toda una maestra, toda una dama, toda una puta.

Era increíble la calidad de sus movimientos, cada uno certero, cada uno mas sensual que el anterior, cada gesto y cada ademán cumplía al milímetro la tarea de unir nuestros sexos para que se penetren uno al otro, y todo aquello atribuible a la maestría de mi pareja, a sus años de experiencia y a su natural don de amar y ser amada. Me di el gusto de ver como mi verga penetraba el peludo cocho de la mujer de mi hermano, emergiendo completamente mojado de sus jugos para desaparecer nuevamente en busca de mas placer.

Me estaba cogiendo nuevamente aquello que no era mío, aquello que estaba prohibido por las leyes morales, era el cuerpo del pecado el que tenía entre las manos, la esencia del deseo pecaminoso atravesado por mi verga. La lujuria en persona. Este espectáculo y la conciencia de que todo lo que estaba haciendo en el momento era malo me excitaron mas. La mujer de mi hermano estaba tirada de espaldas en la amplia cama de ese hotel, ofreciendo su lujurioso y peludo cocho con las piernas abiertas, balanceando las abundantes tetas levemente desplazadas a cada lado de su pecho al ritmo de cada empujón, toda esta delicia destinada a mí, el piche hermano menor de su odioso marido.

La sensación de estar pecando nuevamente y los deseos por años reprimidos de cogerme ese bello cuerpo me animaron a decir:

Acaba una vez mas, córrete en mi verga cuñadita.

Aceleró los movimientos y cerrando los ojos llegó al éxtasis una vez mas con el cocho ahora atravesado y lleno de mi verga. El hermoso "conejito peludo" de mi amada temblaba ahora indefenso. Estaba yo también a punto de llegar al orgasmo, pero logré contenerme, soportando con "valor" la presión que las paredes vaginales de mi hermosa cuñada ejercitaban sobre mi miembro, mientras aún se deshacía en espasmos.

Date vuelta mi amor.

Le dije una vez que estuvo tranquila. Con delicadeza agarró mi verga por el tronco, sacándola de su interior, me dio un beso en la boca y giró su cuerpo para darme el gusto de cogerla por detrás. No me había percatado que hasta el momento mi cuñada aún permanecía con la falda puesta, volcó su cuerpo apoyando el rostro sobre la almohada, y con ambas manos y de manera muy sensual, subió sus faldas hasta la cintura dejándome ver aquello que mas deseaba: su culo.

Es verdad, era su redondo, carnoso, hermoso y deseado culo. Me puse de rodillas para observar desde una mejor posición toda esa belleza, en forma lenta y delicada acaricié todo aquel montón de carne, la razón de mi vida, el motivo de mis noches de infortunio, el pretexto para todas mis pajas de adolescente: el culo de la mujer de mi hermano.

Deslicé mi dedo índice en el canal que divide ambas nalgas y lo hundí en su cocho. Se estremeció y empujó el culo hacia arriba dejándome ver toda la extensión de su peluda chucha. Qué hermosa vista, la cantidad de bellos era tal que abarcaba parte del nacimiento de sus piernas hasta el ojete que también estaba rodeado de pelos, aunque mas pequeños y finos.

Entreabriendo levemente sus piernas la penetré en esa posición. Me sentí en la gloria, en el cielo mismo, cabalgando entre las nubes montado en las ancas de aquella hermosa potranca. Espoleando repetidamente su negro y jugoso cocho con mi verga. Penetrando por detrás la hermosa intimidad de la mujer amada, disfrutando en cada envión el delicioso y hermoso culo de la mujer de mi hermano, que parecía venir urgido al encuentro de mi verga, deseoso de ser penetrado y ansioso de recibir en su interior todo el semen que estaba a punto de derramar.

En ese preciado momento me convencí que la amaba profundamente y que debería vivir mas años para cuidar de ella, para amarla como se merecía, para ser su compañero de toda la vida, para serle fiel sin condiciones; en fin para consagrar mi vida a su cuidado.

A punto del delirio pensé si debía acabar dentro de mi cuñada o regar con mis leches ese hermoso culo, como una forma de remarcar aquello que en el pasado había sido mío y nuevamente lo era por decisión mutua de mi cómplice y yo. Acabé por instinto dentro, empujando con todas mis fuerzas, deposité en medio de jadeos y gritos de ambos toda la leche, bien en el fondo, dejando una señal imborrable en aquel prohibido territorio que había recuperado después de tantas batallas.

Quedamos fundidos, ella con el rostro pegado a la almohada y el culo en posición respingada, haciendo presión con los músculos de su concha para exprimir con fuerza mi verga y sacarle la última gota. Yo prendido a su cuerpo, deliciosamente preso, irremediablemente infiel, indeseablemente traidor, innegablemente pecador pero tremendamente feliz. Unido al cuerpo de mi cuñada, empujando la verga con todas mis fuerzas, como queriendo no salir nunca de su interior.

Desde mi "privilegiada" posición quería gritarle al mundo entero que la amaba, que era la mujer de mi vida, que quería morirme de viejo a su lado y que ella merecía que yo y nadie mas que yo la haga feliz. Que ese culo era mío y de nadie mas, que ese cocho era para mi verga y esa mujer era de mi propiedad, que era mía y no de mi jodido hermano.

Fue un gran reencuentro, el resto está por verse.

No importa si coinciden conmigo o no, lo importante es que, aun pasados todos estos largos años, la amo, ella me ama y somos felices en nuestro pecado.

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