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Esposas de terciopelo


El alcohol abotarga los sentidos y deshace voluntades. Dos hermanos descubrirán cuán poderoso es.

Fabiola yace tumbada sobre la cama, espatarrada, vestida con una camiseta de tirantes ceñida y unas braguitas de fantasía transparentes.

La mujer tiene los ojos cerrados y de su boca entreabierta brotan unos débiles ronquidos, aunque no duerme. Tiene las mejillas coloradas y los labios brillantes. Un pestilente aroma a alcohol y vómito surge de su boca, y quizás fuese mejor, piensa el hombre que hay a su lado, no acercarse demasiado al rostro de la mujer: el aliento invita a alejarse.

Fernando, sentado a su lado, contempla a su hermana con ojos entornados y acuosos. También él ha ingerido una cantidad nada despreciable de alcohol, pero su condición de alcohólico crónico le debería servir para algo más que asistir a cursos de desintoxicación y reprimendas familiares.

En todo caso, en el rostro de Fernando se dibuja una sonrisa. También de sus labios se escapa algún rastro de baba y su lengua descansa hinchada en el interior de su boca, en alguna parte. Ya ni la siente. Todo le da vueltas y se siente en un mundo aposentado sobre una cama de agua, en la que todo sube y baja y se desplaza según el arbitrio del alcohol.

La sonrisa del hermano está provocada ante la visión del cuerpo semidesnudo de Fabiola. Su hermana está indefensa, a su merced. Drogada. Expuesta.

Nada puede protegerla de él, de su hermano mayor. Salvo él mismo. Alguien que siempre estuvo para defenderla, arroparla de pequeña, aconsejarla de adolescente, prestarla dinero de mayor.

Sí, esa era su hermana. La que yace ahora junto a él.

Para él.

Un gruñido de protesta ante lo que puede pasar sale de los labios de Fabiola. Luego una tos repentina. Fernando contempla los pechos vibrantes y oscilantes sobre las costillas, bajo la camisetilla. Pezones oscuros translucen a través de la tela. Más abajo, terminado el top, se abre la inmensidad del vientre femenino, con un ombligo rasgado en el centro, como el ojo de un asiático. Y luego las braguitas transparentes. Con un coqueto lacito en medio del elástico. Y bajo las braguitas, el bulto del vello oscuro. Mullido. Apelmazado. Algunos pelos asomaban por el borde de la braguita. Negros, ensortijados. Azuzantes. Atrayentes.

Ah, ese coño, piensa Fernando, maravillándose. Qué rico. Sí.

Esa misma tarde se masturbó, por enésima vez, desde que tenía uso de razón, pensando en el dulce coño de su hermana. Gruesos goterones de semen se esparcieron por el lavabo donde se pajeó. Y de su glande amoratado fluyó una viscosidad translúcida y viscosa al acabar.

Y ahora tenía enfrente el tan preciado y ansiado tesoro. A su entera disposición. Sólo para él.

-¿Qué haces? –murmuró Fabiola con los ojos entreabiertos mirando a su hermano extasiado con sus braguitas.

Éste dio un respingo sobre la cama. La creía dormida. O, al menos, abotargada por el alcohol hasta el punto de no sentir nada.

Bendito alcohol. Pero también maldito, sí. Siete veces siete maldito. Le permitía tener el cuerpo semidesnudo de su hermana a su disposición, a su escrutinio, pero también él estaba incapacitado. Y también estaba anulada la posibilidad de mentir.

-Viendo tu bonito cuerpo, Fabiola, hermana mía –dijo regurgitando un hilillo de saliva.

Unos segundos de silencio. Las esquinas de la habitación se doblaban sinuosas bajo la mirada de Fernando. Fabiola había cerrado los ojos, incapaz de sostener la vista sobre la nebulosa y ondulante visión alcohólica.

-Las manitas quietas, Fernando, no me jodas –acertó a decir y tuvo que colocarse el brazo sobre la frente, porque sus párpados cerrados no conseguían eliminar una claridad que le dañaba la vista, asestándola cuchilladas luminosas detrás de los ojos.

Fernando clavó la mirada en la axila expuesta de Fabiola. Se secó los labios con el dorso de la mano y se acercó hasta la piel fina y sudorosa de la axila.

Se ha afeitado el sobaco hoy mismo, adivinó él. Pero un pelo, un insignificante pelo, casi oculto entre un pliegue de la piel, algo alejado de la mancha oscura donde nacía el grueso del vello, había escapado de la cuchilla. No era mayor que el tamaño de una uña y era muy fino. Casi inapreciable.

Pero ahí estaba. Triunfante. Único.

-¿Qué me miras, pervertido? Siento tu aliento en mi sobaco, hermanito –siseó Fabiola-. Mira, anda, vete, por favor. Estamos borrachos y mejor nos vamos a dormir la mona, cada uno a su casita, ¿te parece?

Fernando no respondió. Simplemente cogió la muñeca de la mano que Fabiola utilizaba para ocultar la luz que dañaba su retina a través de los párpados cerrados, y estiró el brazo con suavidad, sin movimientos bruscos, en dirección a la izquierda del cabecero de la cama.

Fabiola se dejó hacer. Bastante tenía con retener el caudal de orina que temía saliese propulsado de un momento a otro, como para estar pendiente de lo que hacía el payaso de su hermano. Pero cuando oyó un sonido de lo que parecía una carraca, débil y lejano (en realidad todo lo parecía lejano), algo la puso en alerta. Algo dentro de sí la dijo: Atenta, Fabiola, no quites ojo a Fernando, que está preparando una de las suyas.

Pero el alcohol había sometido su voluntad. La presionaba el cogote y cualquier ligero movimiento de cabeza la provocaba mareos y confusión. Y si abría los ojos su visión del mundo se reducía a un pequeño agujero que oscilaba a los lados sin poder evitarlo ni detenerlo. Dios, pensó, porqué habré bebido tanto. Porqué hoy. Porqué con él.

Cuando la claridad volvió a dañarla la vista, intentó taparse con una mano. Y no pudo. Algo la retenía el brazo. Algo amarrado en su muñeca. ¿Qué coño…? Dio otro tirón con la mano. Igual. No podía. Joder… Su corazón, anegado de embrutecedor y ardiente alcohol, bombeó sangre con más rapidez. También su organismo segregó adrenalina. Esto la permitió acceder a un pedazo de control sobre su cuerpo y su consciencia.

-¿Qué pasa, qué coño pasa, eh? Fernando, qué cojones haces.

Abrió los ojos y se encontró a su hermano sentado a su lado, en el borde de la cama, pero esta vez estaba desnudo. Y del vello crespo y esponjado de su entrepierna nacía un miembro empalmado.

Ay, Dios.

-Fernando, por Dios, ¿qué haces? Vístete, haz el favor.

-No –respondió Fernando. Su organismo también había segregado adrenalina, pero no como respuesta al instinto de supervivencia, sino al de apareamiento.

Fabiola intentó levantarse y no pudo. Cuando abrió los ojos, contempló sus piernas y sus brazos sujetos con esposas al pie de la cama y al cabecero; intentó desembarazarse de ellas, pero no pudo.

-Te quiero, Fabiola –susurró él, acercándose a la cara de su hermana, en la cual se iba dibujando una mueca de terror, de impotencia.

-No juegues con esto, hermano, ¿qué me has hecho? Suéltame, anda, vámonos a dormir, por favor, estamos muy borrachos.

-Yo estoy borracho de ti, Fabiola. Desde siempre.

Otro tirón. Inútil, como los anteriores. Al menos, el muy cabrón había utilizado esposas forradas de terciopelo para impedir que sobre su piel quedasen moratones.

-¡Suéltame, puto pervertido! ¡Ya!

Fernando chasqueó dos veces la lengua y reafirmó su negación con un movimiento lateral de cabeza. Una sonrisa descacharrada se dibujó en su cara y sus ojos brillaban sedientos de sexo.

-Relájate, mi amor, déjate hacer. O grita, si quieres: desahógate, no me importa. Yo sólo quiero una cosa de ti…

Los labios de él besaron su mejilla tibia. Fabiola sintió su aliento fétido debido al alcohol fermentado y regurgitado entre vómitos, y unas náuseas se hicieron presentes desde su estómago, ascendiendo hasta su garganta. La amarga bilis se hizo presente en su paladar, pero la tragó con infinito asco, igual que el que le producía el aliento de su hermano en su cara.

-… y me la vas a dar, o la tomaré por mí mismo, quieras o no.

Fabiola sabía qué era lo que su hermano solicitaba, ¿cómo no? Durante años, desde que tenía uso de razón, su hermano le había declarado un amor incondicional, al principio pensó que fraternal, pero desde hace pocos años, se había tornado en incesto, puro y duro.

Lo gracioso del asunto es que ella también sentía algo por él. Pero ella tenía claro la barrera de lo normal y lo anormal. Y él no. Y sabía que este amor no era normal.

Y por ello, decidió no gritar, no atraer miradas inquietas, ni cuchicheos en las esquinas, ni miradas de reojo por detrás.

Tenía curiosidad por saber cómo se desarrollaban los acontecimientos. Además, sabía cómo parar a Fernando, incluso amarrada y todo. Para eso era su hermana.

-¿Cuándo te has afeitado el pelo del coño, Fabiola? –preguntó Fernando arremangando los laterales de la braguita, dejando oculto su sexo, pero haciendo aflorar en los laterales el oscuro vello ensortijado. El bulto que delimitaba su vulva se marcó con obscena precisión.

-Ayer –respondió Fabiola mirando el pene vibrante de su hermano. El prepucio se había replegado mostrando el glande rosado.

-Pero has sido descuidada –y tiró de un pelo huérfano que nacía al inicio del muslo derecho-, te has dejado algunos pelillos.

Fabiola se mordió el labio inferior al sentir la piel tirante. Pero cuando sintió la boca de Fernando cernirse sobre su vulva cubierta aún por la braguita, pensó que aquello se estaba desmadrando.

-Fernando, para, esto no tiene gracia –su aliento expelía vaharadas ardientes sobre su sexo-. Para o se lo contaré a papá y mamá.

-Esta vez no –respondió él a pocos milímetros de su sexo. Sus palabras parecían dichas a su sexo, no a ella, que le contemplaba desde arriba con rostro demudado por el miedo a lo incontrolado.

-Papá y mamá… -repitió ella, pero luego sintió, de súbito, la lengua de su hermano internarse entre los dos montículos que franqueaban el acceso a su sexo y no pudo evitar dejar escapar un suspiro.

Un suspiro de deseo. Pero también de paciencia superada. Quería sentir más de eso. Más, sí. Pero no con su hermano. No con él.

Tiró de las esposas. Se revolvió intentando desembarazarse del rostro de Fernando sobre su sexo candente.

Fernando se alejó de su cuerpo y esperó que cesase la pataleta.

-¡Suéltame, joder! ¿No ves que no, que no quiero? ¿Qué quieres? ¿Violarme, eh? ¿Eso quieres, sí? Puto cobarde. Si me sueltas ahora, lo olvidaré todo. Nada pasó. Ya sabes, como siempre –la adrenalina ahora fluye por el cuerpo de Fabiola eliminando la mayor parte de los efectos del alcohol-. Fernando, tú no eres así, estás borracho, sí. No hagas nada de lo que luego te puedas arrepentir.

-No me has dejado otra opción, Fabiola, hermanita, así lo has querido.

-Yo también estoy borracha, Fernando. Suéltame y lo hablamos. Te juro que te escucho y luego decidimos, ¿vale? Yo también te quiero, pero lo hablamos como dos hermanos, ¿vale? Suéltame, Fernando, quítame esto, anda.

Fernando se inclinó hacia Fabiola y posó un beso en la frente. De pronto, Fabiola, ya no sintió vaharadas de fétido olor a alcohol de los labios de su hermano. Otro beso en el entrecejo. Otro en los párpados. Otros dos en las mejillas. Su aliento ya no apestaba. Era cálido, tierno, sinuoso, embriagador.

Fabiola dejó de revolverse. Ay, aquellos labios posándose sobre su piel sensible. El vello del cogote se le erizó y un escalofrío le recorrió la espalda. Notó sus pezones endurecerse y su sexo secretar fluidos en su interior.

Cuando un beso cayó en la comisura de sus labios, entreabrió estos y un ligero ronroneo se fue gestando en su garganta. Otro beso en el labio inferior. Su aliento cálido se internó en su boca y lo paladeó confusa. ¿Debía rechazarle? ¿Por qué habría de hacerlo, si la gustaba? Otro beso en el mentón. Otro en la fina piel de la garganta. Tragó saliva y sintió la lengua de Fernando recorrer los cartílagos de su tráquea. Le gustaba tanto sentir una lengua sobre su piel, dejando un rastro de saliva que se enfría y calma la quemazón interna… Qué importa de quién proceda. Un aroma dulzón se fue abriendo paso en su interior, a medida que iba oliendo el perfume que expelía el cuerpo desnudo de su hermano. Sobre todo su pene, el cual continuaba enarbolado, firme como un palo.

Y Fabiola se dejó hacer. Ahora sí, sin ejercer ninguna protesta, sin revolverse, sin gritar. Gruñendo, sí, gimiendo lastimera, pero alborozada. Sintiendo su sexo secretar más humedades, sintiendo sus pezones arañar en su endurecimiento la tela de la camisetilla, respirando entrecortadamente, bombeando sangre densa y ardiente por todo su cuerpo. Inspirar esa fragancia dulce como los besos que recibía, que se volvía acre e intensa, que abotargaba su olfato, que embargaba sus sentidos. La cabeza le daba vueltas, confusa. Desesperada.

-Libérame –ordenó Fabiola. Y Fernando abrió las esposas que retenían sus brazos y sus piernas.

Se miraron a los ojos. Respiración jadeante. Labios entreabiertos. Ojos brillantes. Sofocos en el pecho. Sedientas las gargantas. Piel caliente, aliento incestuoso.

Fabiola arremetió con un abrazo a su hermano y hundió la lengua entre aquellos labios jugosos. Fernando correspondió estrechándola contra su pecho, sintiendo la respiración agitada y el corazón desbocado de su hermana.

-Déjame –murmuró ella, despojándose de la camisetilla y las bragas, desvistiéndose frente a él. Desnudos y recostados se miraron a los ojos y se fundieron en un beso prolongado, dejando que el néctar de sus salivas se mezclase en sus bocas.

La mano de Fernando se posó sobre una teta de Fabiola, estrujando la carne dócil, amasando entre sus dedos el pecho tibio de su hermana. Se llevó a los labios el pezón endurecido y lo pellizcó con los dientes arrancando cosquilleos y sonrisas de ternura en el rostro de la hermana.

-Fóllame, hermanito, méteme la polla hasta el fondo del coño, rómpeme la vagina, puto embaucador, que ya tienes lo que querías. Dame tu leche, que yo sabré qué hacer con ella en mi interior, a ti no te sirve.

Fernando se ubica encima de su hermana y la coloca un cojín bajo las nalgas, alzando su raja. Abre sus piernas y contempla el sexo entreabierto, humedecido el vello circundante formando caracolillos rezumantes de fluidos femeninos. La vulva de Fabiola, la de su hermana. La tantas veces imaginada y anhelada vulva.

Ya su pene se posa sobre la entrada. Piernas recogidas, vientre tembloroso, pechos hinchados. Y la cara de Fabiola mostrando un atisbo de súplica. Rogando consuelo para su deseo.

-Dámelo, Fernando, dame tu pene, húndelo bien adentro, hasta el útero de tu dulce hermanita.

El glande se abre paso entre los pliegues del sexo y se hunde irremediablemente en la gruta incestuosa de Fabiola, que gruñe satisfecha ante el avance.

Sí, la polla de mi hermano orada mi coño convulso, piensa Fabiola. Siento su pene desatrancar mi interior, recorriendo mi vagina chorreante. Me gusta sentir el calor de su vientre sobre el mío, y cómo se inclina sobre mí, con sus brazos rodeando los míos, protegiéndome del resto de la realidad. Ya su pene me retumba en las tripas, me hace revolverme como una perra sedienta de semen. Su escroto peludo me acaricia las nalgas y el ano. Su aliento me embriaga confundiéndome. Mis axilas chorrean sudor, mi coño libera más fluidos lubricantes.

-¡Más rápido! –clama Fabiola hundiendo sus uñas en las nalgas de Fernando.

Y el dulce orgasmo ya se abate sobre mí, se lamenta Fabiola. Tan pronto, de improviso, inesperado, a traición. Vientre tembloroso, estremecimiento gozoso. Piernas en tensión y tripas palpitantes. El corazón gime encabritado y Fabiola rebufa.

Pero Fernando no se detiene, aunque entre las nieblas rojizas que dominan su vista vislumbra el éxtasis de hermana. Continúa con la celeridad de sus empellones. Le encanta ver los pechos de su hermana revolverse ante sus arremetidas, la carne vibrar, transmitida la fuerza de sus embestidas a la carne dúctil de las tetas, bajo las cuales las costillas y el esternón se sacuden expresando la cima del éxtasis de su hermana.

También a él le llega la miel del orgasmo. El cosquilleo en los testículos, el rebullir del semen ascender por su pene. Pero retiene la eyaculación, posterga su orgasmo. Libera a su pene de la dulce prisión de la vagina vibrante de Fabiola y se corre sobre su torso. Un trallazo de semen impacta sobre el esternón. El segundo sobre una teta. El tercero sobre el ombligo, anegándolo de viscoso fluido translúcido. Los demás se internan entre el ensortijado vello púbico, absorbidos de inmediato, perdiéndose de vista.

Y luego cae rendido sobre el cuerpo de Fabiola que lo abraza llorando de alegría y ternura. Y amor.

-Tonto –dice ella más tarde mientras hunde los dedos en el cabello de las sienes-, no pasaba nada porque te corrieses dentro, no había peligro: estoy tomando la píldora.

Fernando la besa en la frente y ella en los labios. No son besos castos, no son caricias inocentes las que se han prodigado antes.

-¿Qué vamos a hacer? –pregunta ella.

-No lo sé, hermana mía. No lo sé. ¿Eres feliz con tu marido, le quieres?

-Sí –responde Fabiola sin dudar-. Al igual que tú con tu novia, ¿no?

-La verdad es que no. Te quiero más a ti, Fabiola. A ella la quiero, a ti te amo.

Fabiola calla, porque sabe que cualquier cosa que diga sería dañina. Para los dos.

-¿Tú no me amas, verdad? –pregunta Fernando, que quiere oír la verdad, aunque le desgarre el corazón.

Fabiola le besa en los labios por respuesta.

Este sí es un beso casto. Un beso entre hermanos.

-Sólo sexo –pregunta él.

-Sólo sexo –confirma ella.

 

Gines Linares

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