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El sobrino (2)

Emilio, borracho, se folla a su tía ante los ojos de su marido.

Marina se dio una ducha para borrar el rastro de la lujuria y se metió en la cama abrazada a su marido, quien dormía como un angelito. Fue incapaz de conciliar el sueño. Una mezcla de remordimiento y lascivia la confundían. Se arrepentía de lo que había permitido, su marido no se merecía un engaño como aquél, jamás le había engañado, pero había caído en las garras de su sobrino, quizás por la amenaza latente que suponía el video, aunque también porque su sobrino había conseguido entonarla sexualmente con sus manoseos. Recordó cada instante, recordó la postura con las piernas en alto mientras le comía el coño, recordó el cosquilleo de la lengua, recordó la lluvia de leche y el pene. Había sido una experiencia fatal, pero tremendamente morbosa y sensual. Para sofocar su ardiente sensación, tuvo que masturbarse allí mismo, pegada a la espalda de su marido.

Mariano se despertó temprano. Ella le besó en la boca y dijeron que se querían. Él le prometió que resolvería unos asuntos en el despacho y que regresaría para la hora de comer, que descansaría esa tarde porque al día siguiente pasaría el día de viaje. Ella permaneció acostada mientras él se duchó y se arregló. Le oyó salir después de las ocho. De nuevo a solas con su sobrino en la casa. De nuevo la sensación de ninfomanía le abordó la mente superando el poder del remordimiento. Empujada por la lujuria, se acercó al armario. Había dormido con un pijama de raso, pero se desnudó para ponerse el mismo camisón blanco de gasa con el que su sobrino la descubrió la primera mañana. Se miró al espejo. Todo se le transparentaba a través de la tela, desde su ombligo hasta sus pezones. Llevaba un tanga blanco de finas tiras laterales y con la delantera de muselina, lo que dejaba entrever la mancha de vello que cubría su vagina. Aguardó con impaciencia ante el espejo. Se cepilló el cabello, se perfumó y se maquilló. Se acicalaba para él. Un rato más tarde le oyó en el pasillo. A conciencia, ella había dejado la puerta entreabierta y la luz encendida. Tosió para llamar su atención y de pie frente al espejo simuló que se cepillaba. Unos segundos más tarde se abrió la puerta del dormitorio. Iba en slip, un slip negro donde se percibía el bulto de sus genitales. Se fijó en su tórax peludo y grasiento y enseguida notó los flujos en su vagina. Se volvió hacia él con el cepillo en la mano. Emilio, serio, la examinó. Vio como las tetas se mecían tras la gasa y centró la vista en el tanga y en la mancha triangular que se transparentaba. Estaba demasiado insinuante.

  • Buenos días, Emilio – le saludó con amabilidad, como si nada hubiese pasado la noche anterior.

Sin decir nada, Emilio caminó hacia ella. Se comportaba con demasiada docilidad. Su tía se volvió de nuevo hacia el espejo para continuar cepillándose. Marina le vio detrás, le vio fijarse en su trasero con la tira del tanga metida por la raja. Le acarició los brazos deslizando las yemas de los dedos. Dejó de cepillarse. Le olió el cabello y le estampó un beso en la nuca. Ella, mirándose a sí misma, respiró hondo y resopló ante lo que se avecinaba. Permanecía inmóvil frente al espejo mientras le acariciaba los brazos y la besuqueaba por el cuello. Se pegó a ella, notó el bulto a la altura de sus nalgas, y la abrazó magreándole los pechos por encima de la gasa, achuchándolos con suavidad, sin dejar de besarla por el cuello. Le tiró de ambos pezones y le zarandeó ambas tetas. Ella emitió un débil quejido.

  • Eres tan bonita… - le susurró al oído a modo de jadeo.

Él procuraba apretar los genitales contra sus nalgas. Con la mano izquierda prosiguió sobándole las tetas, pero la derecha la fue deslizando lentamente por la tela del camisón hacia la base de volantes. La metió por debajo, subió por el muslo y llegó a la delantera del tanga. Ella contemplaba por el espejo el recorrido de la mano derecha y las rudas caricias de la izquierda sobre sus pechos. De manera inesperada y como sucedió por la noche, agarró la parte delantera con fuerza y dio un fuerte tirón hacia arriba insertándole la tela entre los labios vaginales. Ella se contrajo al notar la presión sobre el clítoris y despidió un nuevo quejido. Comenzó a dar tirones muy seguidos y con bastante fuerza. Sonaron las costuras de las bragas ante la presión sobre el chocho. Ella comenzó a gemir y a menear la cadera viendo su coño dividido por el trozo de tela hundida entre los labios. La sensación resultaba abrumadora. Su sobrino la estaba masturbando con sus propias bragas. Ambos se miraban a los ojos a través del espejo. La soltó de repente, dejándole las bragas insertadas en el coño. La obligó a girarse hacia él. Inesperadamente, se abalanzó sobre sus tetas para mordisquearlas por encima de la tela. Le tiró del pelo hacia atrás y la miró con rabia.

  • Vamos a la cama – le ordenó.

La soltó y ella caminó sola hasta el borde sin sacarse las bragas del coño, con la parte delantera del camisón baboseada. Vio una foto de boda en la mesilla y sintió pena por su marido, pero el placer superaba con creces su dignidad.

  • Súbete

Marina se subió encima de la cama y se colocó a cuatro patas con las rodillas cerca del borde y el culo en pompa hacia él. Miró hacia atrás. Su sobrino la observaba, observaba la base del camisón tapándole medio culo y observaba sus tetazas colgando hacia abajo. La verga se había hinchado considerablemente y al bajarse el slip y quedarse desnudo comprobó lo empinada que la llevaba. Emilio deslizó la gasa del camisón hacia la espalda y la dejó con el culo al aire, sólo la tira del tanga tapaba el canal entre las nalgas. Le atizó una fuerte palmada en la nalga derecha y ella contrajo el culo con un gimoteo. Siguió azotándola con severidad, una vez en cada nalga, hasta que logró enrojecerlas. Ella no alteró la postura, sólo le miraba y contraía el culo ante los azotes. Con extrema suavidad, se colocó de pie tras ella y fue tirando del tanga hacia abajo. Ella alzó las rodillas para que pudiera retirarlo. La observó unos segundos, se regodeó con aquella postura, con el ano tierno y la grandiosa almeja velluda entre las piernas. Inmediatamente después, le abrió el culo con fuerza y le lanzó un escupitajo en la zona del ano. La saliva se deslizó con lentitud hacia el coño. Volvió a escupirle. Esta vez las babas cayeron en su chocho y gotearon hacia el colchón. Con el culo abierto por las manos de su sobrino, vio que se arrodillaba y que se ponía a lamerle entre las nalgas de una forma insaciable, deslizando la lengua desde el coño hasta el ano, esparciendo gran cantidad de saliva, de hecho algunos hilos de babas le resbalaban por la barbilla o goteaban del vello de la vagina. Ella sentía el cosquilleo de la lengua y el roce de la nariz por la raja. Le chupaba el coño salvajemente, recreándose en el clítoris, que mordisqueaba con los labios, o en el ano, donde procuraba insertarle la punta de la lengua. Ella miró al frente concentrándose para acaparar todo el placer. Su sobrino le chupaba el culo en presencia de los recuerdos. Estuvo lamiéndole más de dos minutos. Cuando apartó la cabeza numerosas gotas de saliva se balanceaban desde los labios vaginales. Tenía todo el culo mojado. Emilio se puso de pie y le perforó el coño con el dedo índice de la mano derecha. Mientras, se sacudía la verga con la izquierda. La follaba con el dedo, ella meneaba el culo cada vez que lo adentraba y gemía sacudiendo la cabeza, como si el placer le nublara la mente. Electrizado, Emilio retiró el dedo del coño para sacudirse la polla más deprisa con la derecha. Ella volvió la cabeza para mirar cómo se masturbaba. Mantenía la mirada centrada en su culo, en su coño anegado de saliva y su ano palpitante. Su sobrino jadeó nerviosamente apuntando hacia ella. Segundos más tarde, un chorreón de leche muy líquida se estrelló contra la nalga derecha. Un segundo alcanzó la nalga izquierda y luego numerosas gotitas muy dispersas salpicaron todo su coño. Enseguida, los pegotes de semen de las nalgas resbalaron hacia los muslos, varias hileras que le embadurnaron ambas piernas. Emilio, agotado, se soltó la polla y se sentó en el borde de la cama para echarse hacia atrás y tumbarse boca arriba. Su tía se incorporó arrodillada. El camisón cayó tapándola de cintura para abajo, pero la gasa se adhirió al culo por el semen. Bajó de la cama y se quitó el camisón quedándose completamente desnuda. Emilio aprovechó para colocarse mejor, apoyó la cabeza en la almohada y extendió los brazos, fijándose ahora en las enormes tetas que se balanceaban y en el culo impregnado de semen por todas partes. Ella se pasó el camisón por las nalgas y la entrepierna para secarse y se dirigió hacia la cómoda en busca de un cigarrillo. Qué pedazo de culo, pensó Emilio observándola de espaldas mientras encendía el pitillo. Actuaba como una amante, ya sin ningún tipo de pudor. Se dio la vuelta con el pitillo entre los dedos y se apoyó en la cómoda. Emilio admiró su coñito, aún con algunas gotas blancas por el vello, y sus tetas de gruesos pezones. Vio que daba un par de caladas para relajarse.

  • Estamos locos, Emilio, esto no puede ser y tú lo sabes.
  • No pasa nada, tía, sólo nos estamos divirtiendo un poco. Tu haces de puta y yo de cliente, como si fuera un teatro.
  • Por favor, Emilio, esto es una locura, eres mi sobrino, si mi marido o tu madre se entera, bueno, mejor no pensarlo.
  • Nos divertimos, nadie tiene que enterarse -. Vio que su tía apagaba el cigarrillo -. Ven, dame un beso.

Emilio se incorporó para apoyar la espalda en el cabecero de la cama. Ella se acercó a paso lento. Se fijó en la polla flácida echada a un lado. Entró en la cama caminando hacia él a cuatro patas. Para besarle, sus dos tetas rozaron los pectorales peludos de su sobrino. Se dieron un beso apasionado y un abrazo y después ella se sentó sobre sus talones.

  • Tengo miedo, Emilio – le confesó ella pasando las yemas de sus dedos por sus muslos robustos.
  • No te preocupes, coño, ya te lo he dicho.

Emilio se bajó de la cama y caminó hacia la cómoda. Ella le siguió con la mirada, fijándose en su culo abombado y en cómo los testículos le botaban en cada zancada. Vio que se detenía frente al espejo y cogía el paquete para encenderse un cigarrillo. Ella se acercó a él por detrás y le abrazó deslizando sus palmas por aquellos pectorales duros y peludos. Notaba el aliento de su tía en la nuca y sus tetas aplastadas contra la espalda. También notaba el roce del vello vaginal sobre sus nalgas.

  • Joder, Emilio, qué has hecho conmigo, me vuelves loca…

Estaba muy cachonda, sólo había que ver su entrega, su docilidad. Las manos delicadas que acariciaban sus pectorales fueron deslizándose por la barriga en dirección a los genitales. Deseaba más. Con la mano izquierda comenzó a sobarle los huevos estrujándolos con suavidad y con la derecha le sujetó la verga para sacudirla mansamente. Mientras le masturbaba, le besaba por los hombros y la nuca. Emilio trató de relajarse y le dio una calada al cigarrillo. Miró hacia el espejo, vio cómo las manos actuaban sobre sus huevos y su verga. Allí estaba su tía la pija, con la que tantas veces había soñado, haciéndole una paja. Encendida por el placer, quería comportarse bien, quería satisfacerle, la amenaza del video ahora no le importaba. Marina fue arrodillándose poco a poco sin parar de besarle por toda la espalda. Quedó arrodillada frente a su culo de nalgas abombadas y peludas. Comenzó a besarle con suaves besos ambas nalgas. Él se inclinó sobre la cómoda y entonces su tía se lanzó a chuparle el culo. Hundió la cara en aquella raja peluda y sacó la lengua para lamerle el maloliente ano. Los huevos se mecían ante su barbilla porque él había comenzado a sacudírsela. Le lamía con la punta de la lengua mientras procuraba abrirle la raja con ambas manos. Continuó lamiendo más abajo hasta meterse bajo sus piernas para chuparle los huevos. Emilio se sacudía la verga y ella chupeteaba como una descosida mediante fuerte lametones. Apartó la cabeza para salir de entre las piernas. Las babas colgaban balanceantes de los huevos y goteaban en el suelo. De nuevo sus labios se deslizaron por ambas nalgas y fueron subiendo hacia la cintura. Fue poniéndose de pie. Volvió a abrazarle aplastando las tetas contra la espalda. Él se soltó la verga hinchada y entonces ella la agarró con las dos manos para agitarla aceleradamente. Su sobrino comenzó a jadear. Ella sacudía con fuerza, esta vez con la mano izquierda sobando los huevos húmedos de su propia saliva. La verga comenzó a salpicar leche sobre la superficie de la cómoda, aunque en menor cantidad que la primera corrida. Algunas gotas salpicaron el retrato de bodas donde ella aparecía junto a su marido. Tras escurrirla, Marina se apartó y él se volvió. Respiraba con dificultad fruto del placer. Le estampó un beso en la frente y le acarició la barbilla como una niña buena.

  • Voy a darme una ducha.

Y abandonó el dormitorio. La dejó desnuda frente al espejo. Marina se fijó en el camisón y el tanga, tirados por el suelo, y en las gotitas dispersas por la superficie de la cómoda. Cayó sentada encima de la cama y se llevó las manos a la cabeza con nerviosismo. Qué había hecho. Estaba cometiendo una locura, un error que de salir a la luz terminaría con su vida pija de ricachona. Pensó en su marido, pensó en su hermana y en sus amigos, la morbosidad le había vencido.

Mariano volvió para la hora de comer. Su sobrino se había marchado, dijo que comería con su amigo Santi, quien pensaba ayudarle con los estudios de las oposiciones. Pasó la mañana abstraída, recordando cada instante, tenía claro que la morbosa lujuria arrinconaba cualquier atisbo de remordimiento. Durante la comida, su marido se preocupó por su seriedad, pero ella le contestó que le dolía la cabeza. Le habló del viaje que debía hacer al día siguiente para asistir a unas jornadas y del premio que pensaban darle como mérito a su exitosa carrera judicial. Tras la comida, su marido se echó a la siesta y ella telefoneó a su amiga Rosa. Le contó lo que había sucedido esa mañana, cada detalle, necesitaba la complicidad de alguien.

  • Tranquila, mujer, te has desahogado un poco. ¿Qué te crees? ¿Que ellos no se van de putas cuando están por ahí de viaje? No seas tonta, también tenemos derecho.
  • Pero es mi sobrino, Rosa, imagina qué escándalo.
  • No tiene porque enterarse nadie. Tú no lo vas a contar y tu sobrino, por la cuenta que le tiene, tampoco.
  • Pero Mariano, Rosa, es muy buena persona y le estoy engañando…
  • Tu marido es un memo igual que el mío. No quiero que te preocupes, ¿de acuerdo?
  • Mañana Mariano se va de viaje. ¿Te vienes a tomar el sol y comemos juntas? Necesito a alguien para hablar.
  • Vale, quedamos y me cuentas. Un beso, Marina.

Pasó la tarde aburrida, tumbada en el sofá mientras su marido preparaba el discurso en el despacho. Ninguna señal de su sobrino. Estuvo tentada a telefonearle, pero se abstuvo, debía contenerse, debía terminar con aquella locura. Se había vuelto una ninfómana. Tuvo que masturbarse para aplacar el placer que le hervía en la sangre. Por la noche cenaron en la terraza y se fueron pronto a la cama. A Mariano le entraron ganas y le hizo el amor, se le subió encima y le metió su ridícula cola en la vagina. Ella se corrió, pero lo hizo pensando en su sobrino. Tras la fatiga se quedó dormido. Desnuda, le abrazó e intentó conciliar el sueño. Pero en medio de aquella penumbra y con los ronquidos de su marido, mantuvo los ojos abiertos. Ya de madrugada oyó la puerta de la calle, señal de que su amante había llegado. Le oyó subir las escaleras. Se mantuvo alerta. Le oyó dar tumbos por el pasillo y al momento se escuchó un golpe, como si se hubiera caído algo al suelo. Su marido se removió y ella elevó el tórax. Se bajó de la cama desnuda y fue hacia la percha. Su marido se había despertado, aunque ella no se había dado cuenta. La vio que se echaba un quimono de satén por encima y salía de la habitación sin abrochárselo.

Marina salió al pasillo y vio a su sobrino junto a la habitación. Estaba borracho, sólo había que verle los ojos y la forma de tambalearse. Empujó la puerta del dormitorio para cerrarla y caminó hacia él. La vio venir con el quimono abierto. Ambas tetas, a la vista, botaban en cada zancada. Y se fijó en su coñito, el mismo que había lamido esa misma mañana.

  • ¿Qué diablos te pasa, Emilio? – le regañó con la voz baja – Estás borracho, vas a despertar a Mariano.

Fuera de sí, Emilio la sujetó del brazo y la puso contra la pared. Ella, asustada, levantó los brazos.

  • No, Emilio, por favor, ahora no… - suplicó sin alzar la voz, pero la despojó del quimono a tirones y la dejó completamente desnuda contra la pared.
  • ¡Cállate, zorra, eres mi jodida puta!
  • Emilio… No…

A toda prisa, Emilio se desabrochó los pantalones y se los bajó junto con el slip hasta las rodillas. Se agarró la polla con la mano derecha y la condujo bajo las nalgas de su tía. Ella notó cómo lentamente deslizaba la verga hacia el interior de su chocho. Una vez metida, pegó la pelvis a las nalgas del culo y le sujetó la cabeza con ambas manos. Ella resopló nerviosa. Enseguida Emilio comenzó a contraer el culo aligeradamente y a menear la cadera para follarla. Los gemidos ahogados de ambos se sucedían en la penumbra del pasillo.

Mariano, extrañado, oyó susurros. Con sigilo, bajó de la cama y caminó hacia la puerta. La empujó hacia él unos centímetros para poder asomarse y allí, en medio de la oscuridad, vio a su sobrino Emilio follándose a su mujer. Ella permanecía contra la pared, con las tetas aplastadas, parte de ellas sobresalía por los costados, con la cabeza presionada por las manos de Emilio mientras éste, con la cadera pegada al culo de su mujer, se removía nerviosamente para penetrarla. Su esposa resoplaba con los ojos cerrados y Emilio apretaba los dientes para metérsela con rabia. Boquiabierto, Mariano notó que el corazón se le aceleraba de manera preocupante. Sus músculos se habían inmovilizado por los celos. Marina abrió los ojos. Mantenía la mejilla pegada a la pared. Vio a su marido asomado tras la puerta. Arqueó las cejas. Sus miradas se cruzaron. Su sobrino seguía follándola con energía, hasta que le sacudió un golpe seco y se mantuvo unos segundos eyaculando en el interior del coño, despidiendo el aliento sobre la nuca de su tía. Ella se mantuvo inmóvil aún con su sobrino pegado a ella, aún con la verga en su interior. Vio que su marido se retiraba hacia el interior de la habitación y cerraba la puerta. Emilio se separó de ella y se tambaleó hacia los lados con la verga aún empinada. Nerviosa, recogió el quimono y se lo echó por encima abrochándoselo muy deprisa. Su marido les había descubierto. Necesitaba pensar con urgencia. Abrió la puerta del cuarto de su sobrino y le empujó hacia dentro.

  • Estás loco, Emilio…

Y regresó a su dormitorio. Encendió la luz y cerró la puerta. Encontró a su marido sentado en la cama, hundido psicológicamente, con lágrimas deslizándose desde sus ojos. Angustiada, fue a la cómoda y se encendió un cigarrillo. Las manos le temblaban. Se volvió hacia él y su esposo levantó la cabeza.

- Yo te quería, Marina, ¿qué me has hecho?

- ¿Sabes que te he hecho? Salvar tu cuello

- ¿Qué?

- Me ha estado chantajeando. El otro día nos grabó con el móvil, cuando estuve chupándote tu jodido culo. Y me amenazó, ¿entiendes? Amenazó con divulgarlo a todo el mundo si no… Bueno. Ya sabes lo que he tenido que hacer.

Mariano se levantó irritado y se dispuso a ir en su busca.

  • Maldito hijo de puta…
  • ¡Cálmate! – Marina se interpuso en su camino -. Yo lo resolveré, ¿de acuerdo? No voy a permitir que ese video sea visto por, no quiero ni imaginarlo. No vas a hacer nada.
  • Cariño, entiéndelo, no puedo permitir que pases por esto. Te ha violado. Le encerraré por…
  • No quiero escándalos, Mariano, y te lo digo en serio. Yo soy la que está sufriendo este infierno y yo lo resolveré.
  • Marina…
  • No pensé que, bueno… Está borracho, mañana hablaré seriamente con él, ¿de acuerdo? No te preocupes, pero no podemos permitir que este escándalo salga a la luz. Lo superaremos juntos, ¿vale?

Mariano se levantó para abrazar fuerte a su mujer. Había conseguido convencerle, pero la morbosidad ahora resultaba demasiado peligrosa. Se tumbaron abrazados, pero ninguno fue capaz de pegar ojo. Sus vidas habían cambiado con la visita del sobrino. Ambos sabían que aunque se arreglaran las cosas, nada volvería a ser igual.

Fin Segunda Parte. Continuará

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Carmelo Negro

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