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El sobrino (1)

Marina y su marido reciben con los brazos abiertos a su sobrino Emilio, un joven que alterará la feliz vida matrimonial.

Marina contaba con cuarenta y cinco años, aunque daba la impresión de que los años no pasaban por ella. Se conservaba espléndidamente. Era una mujer elegante y coqueta, siempre bien maquillada, que le gustaba ir a la última. Además era guapa, de ojos azul turquesa, piel blanquecina y delicada, y con la melena larga, rubia con las puntas onduladas. Se cuidaba bien, por ese motivo su físico imponía, delgada de vientre plano, aunque a ella no le agradaban sus pechos, excesivamente voluminosos aunque bastante erguidos para ser tan grandes, y también su culo, últimamente lo notaba más ancho y con las nalgas más abombadas. Pero procuraba hacer bastante ejercicio para cuidarse y mantenerse atractiva. Vivía feliz junto a su marido en un lujoso residencial a las afueras de la ciudad. Se llamaba Mariano. Era juez, ocupaba un alto cargo en los juzgados, un hombre discreto y de una gran reputación en la sociedad. Era un hombre sencillo y tímido, veinticinco años mayor que su esposa, ya había superado los setenta y los achaques propios de la edad comenzaban a pasarle factura. Se había quedado medio calvo salvó por algunas hileras de cabello canoso alrededor de la coronilla, destacaban su papada y su pronunciada panza, aunque el trabajo le daba vitalidad y se resistía a jubilarse. No habían tenido hijos, pero se amaban, vivían felizmente, ella como una pija caprichosa mientras su marido metía un motón de cuartos en la cuenta corriente. El nivel de vida era alto. Buenos coches, buena casa, todo eran lujos y derroche.

Su lujosa vida iba a verse alterada a principios de verano con la llegada de su sobrino Emilio, el hijo de su hermana Laura. Iba a pasar el verano con ellos para prepararse unas oposiciones. Emilio era joven, veinte años, un joven alegre y dicharachero con el que Marina se llevaba estupendamente porque era el único sobrino y se había ocupado de él en multitud de ocasiones. Llevaban tres años sin apenas verse, salvo cuando se telefoneaban en los cumpleaños o para felicitarse las fiestas. Siempre existió una profunda confianza entre los dos, incluso cuando Emilio discutía con sus padres siempre la telefoneaba a ella, más que como a su tía, como a su amiga. Era alto y corpulento, aunque algo rellenito, últimamente se le distinguía una barriga cervecera que le afeaba el físico, con piernas robustas y con la cabeza siempre rapada, aparte de que era un chico muy velludo y de tez muy blanca. Llegó un domingo por la tarde. Fue un recibimiento muy cordial por parte de sus tíos. Emilio y Marina se dieron un cálido abrazo después de tanto tiempo sin verse. El matrimonio era muy hospitalario y le ofrecieron todo lo que necesitase, incluso le habilitaron uno de los cuartos más grandes con mesa de estudio para que pudiera estudiar con más comodidad. Cenaron en la terraza, una amplia terraza de césped con piscina, con todo lujo de detalles, y estuvieron charlando hasta casi las doce y media de la noche. Mariano se fue a la cama antes que ellos, al día siguiente era lunes y debía madrugar. Tía y sobrino se quedaron un rato más tomando una copa, recordando viejas vivencias y lo mucho que se habían echado de menos. Para Marina su sobrino Emilio era especial, era como el hijo que no había tenido y por eso le otorgaba confianza. Para Emilio, aparte de su tía carnal, Marina representaba un deseo sexual. Desde pequeño se había estado masturbando pensando en su tía. Recordaba cuando tenía catorce o quince años y ella aún estaba soltera y se acostaba en la cama de al lado y se pasaba toda la noche despierto observándola en bragas. Recordaba haberla espiado en la ducha, mientras orinaba sentada en la taza, mientras se cambiaba, haber olido sus bragas y haberse masturbado con ellas, su tía le volvía loco. Y seguía igual de apetecible. Estaba madurita, cuando se giraba para echar la copa se fijaba en su trasero, ancho y abultado, sus pechos tras la camiseta, enormes y blandos, meneándose tras la tela. Hubiese dado dinero por echarle un polvo. Para agudizar la confianza, él a veces le atizaba una palmadita en las piernas por encima de los vaqueros, o le pellizcaba cariñosamente la cara o le estampaba un besito en las mejillas. Y ella, ingenuamente, se dejaba querer. Tras varios bostezos seguidos, ella dijo que estaba cansada y que se iba a la cama. Emilio la siguió con la mirada, sobre todo en la manera de contonear aquel inmenso culo. Un rato más tarde, fue al lavadero y rebuscó entre la ropa sucia. Se masturbó allí mismo con unas bragas de su tía.

Emilio apenas durmió pensando en ella, estuvo tocándose la verga durante toda la noche. A las siete en punto oyó a su tío levantarse y una hora más tarde la puerta de la calle. Estaba a solas con su tía, las fantasías sexuales le abordaban la mente. Sobre las nueve decidió levantarse y a conciencia salió en slip al pasillo, un slip negro elástico, con una camisa desabrochada por encima. Iba a arriesgarse, a intentar provocarla, aunque su tía siempre había sido demasiado inocente. Miró hacia la última puerta del pasillo y vio bajo la puerta luz encendida. Y caminó decidido. Agarró el pomo, respiró hondo y empujó la puerta. Encontró a su tía de espaldas, descorriendo las cortinas para que entrara la luz de la mañana. Tuvo una suerte bárbara. Una visión que no olvidaría, que supondrían unas cuantas pajas. Su tía estaba en camisón y de qué manera. Era un camisón de gasa, color blanco muy corto de finos tirantes, a medio muslo, con volantes en la base, de muselina totalmente transparente, pudo contemplar con nitidez su espalda y su enorme culo de nalgas blancas y abombadas con la tira de un tanga metida por la raja. Para acentuar su sensualidad, llevaba unas medias blancas a juego con unas anchas ligas de encaje. Enseguida su tía se giró hacia él y entonces pudo apreciar las copas transparentes del camisón, bajo la cuáles se advertía los enormes pechos de gruesos pezones erguidos. Las dos tetazas chocaron una contra la otra en un leve movimiento tras el giro. Vio su ombligo en medio del vientre plano y el tanga de tul donde se adivinaba la mancha oscura y triangular de la vagina, de finas tiras laterales. Se quedó perplejo.

  • Buenos días, tía – la saludó acercándose a ella para besarla.

Algo abochornada de que la hubiera pillado de semejante manera, se inclinó para besarle en la mejilla. Emilio pudo fijarse cómo sus tetas se balanceaban tras la gasa. Inmediatamente después, con las mejillas sonrosadas, ella cruzó los brazos al menos para taparse los pechos. También se fijó en el slip negro, con el enorme bulto y el relieve del pene hacia un lado, así como en el pecho robusto y la barriga peluda de su sobrino. No sabía qué posición adoptar y cómo actuar ante aquella escena embarazosa. Dudó si buscar una bata, pero quiso mantener la confianza que tenía en él.

  • ¿Has dormido bien? – preguntó ella.
  • Perfectamente -. No le quitaba la vista de encima -. Estás muy guapa…
  • Gracias.
  • No pasan los años por ti. Y muy sexy, por cierto…

Ella sonrió como una tonta.

  • Iba a cambiarme ahora.
  • Debe de ser muy cómodo ese camisón.

Ella se miró para disimular.

  • Si, bueno, es muy fresquito -. Con los brazos cruzados caminó hacia el armario y Emilio pudo disfrutar de la curvatura de su culo -. No has desayunado, ¿no?
  • Que va, ¿vienes?
  • Sí, sí…

Al descolgar el albornoz, fruto de la tensión, se le cayó al suelo del armario y no tuvo más remedio que inclinarse para cogerlo, exhibiendo ante su sobrino un primer plano de su culo. Emilio pudo ver la tira del tanga insertada en medio de la raja. Colorada, se puso el albornoz y se giró hacia él ya perfectamente tapada.

  • ¿Vamos?

Emilio no quiso exprimir la confianza para no agobiarla, prefería ir despacio.

  • Espérame abajo, voy a ponerme algo.

Marina pasó un mal rato, pero lo pensó bien y procuró tranquilizarse. Seguro que su sobrino la veía como a una segunda madre, que todo se trataba de un gesto de confianza entre ambos. De hecho durante el desayuno todo fue muy natural, comprendió que Emilio siempre fue un chico muy cariñoso, que siempre la besaba y la tocaba, que ella había andado medio desnuda delante de él, sólo que ahora tenía veinte años. Tras el desayuno, Emilio dijo que pasaría todo el día fuera porque iría a visitar viejos amigos. En cuanto se fue, Marina telefoneó a su amiga Rosa, la esposa de un importante diplomático, una mujer lanzada y marchosa que su marido, dado sus continuos viajes, había sumido en una vida aburrida y tediosa.

  • Qué apuros he pasado, Rosa. Sé que es normal, es mi sobrino, y tenemos mucha confianza, pero me miraba de una forma…
  • Lógico, tiene veinte años. Es joven y guapo, igual que nuestros maridos. Tampoco pasa nada porque le gustes a un chico joven.
  • Es mi sobrino, Rosa.
  • El que sea tu sobrino no quiere decir que no te hagas un favor. Y si no déjamelo a mí, que yo le hago un hombre.
  • ¿Cómo eres tan zorra? -. Oyó a Rosa reír a carcajadas -. Estás muy salida, amiga… Como algún día se entere tu marido…
  • Ese maricón tiene la cabeza en otros asuntos – le replicó su amiga.

Sabía que Rosa le había puesto los cuernos a su marido varias veces, que se había tirado algunos hombres cuando su esposo se tiraba quince días de viaje, que era muy lanzada y lujuriosa cuando bebía, sin embargo ella siempre había sido fiel a Mariano, le amaba y le quería, era una gran persona como para hacerle daño.

Emilio llegó tarde a casa, cerca de la una de la madrugada. Sus tíos estaban acostados. Había estado de putas con su amigo Santi y se había hartado de follar. Además le había hablado a su amigo de las ganas que le tenía a su tía y revivió la escena en el dormitorio, cuando la había pillado en camisón. Se quitó los zapatos y subió a la planta superior. Al final del pasillo vio luz encendida bajo la puerta del dormitorio de sus tíos. Se acercó despacio y pegó la oreja a la puerta, aunque apenas se oía nada. De pronto, creyó oír un gemido suave de su tío Mariano. Quizás estaban echando un polvo. Entró en su habitación, salió al balcón y saltó por encima de la barandilla hacia el balcón contiguo y después al siguiente, justo el que daba a la habitación de sus tíos. Las cortinas permanecían corridas, pero por fortuna había un hueco entre ambas por donde espiarles. La luz del interior estaba encendida. Iba a arriesgarse mucho, pero merecía la pena ver a su tía en acción con aquel vejestorio. Activó la cámara del móvil para grabar, se acuclilló y sigilosamente se asomó con el teléfono en la mano. La escena que contempló resultaba fascinante. Estaban en la cama. Su tío Mariano, desnudo completamente, permanecía a cuatro patas en mitad del colchón. Un flácido y diminuto pene le colgaba hacia abajo. Su tía Marina llevaba el mismo camisón blanco de gasa, sólo que no llevaba bragas y al verla de espaldas se apreciaba a la perfección la raja en mitad de las nalgas. Permanecía arrodillada tras él sobando con las palmas abiertas el culo del viejo. Le manoseaba por todas partes, a veces introducía la mano entre las piernas y le sobaba los pequeños huevos y el pene. Vio que con las manos abría la raja de aquel culo raquítico descubriendo un ano arrugado y cerrado cubierto por vello canoso. Para sorpresa de Emilio, se inclino hacia él hundiendo la cara en la raja y se puso a chuparle el culo a base de suaves lengüetazos. Las tetas le colgaba hacia abajo y su culo se movía despacio al son de los movimientos de la cabeza. La mano derecha la llevó bajo la barriga de su marido, le agarró el pequeño pene y comenzó a zarandeárselo sin dejar de ensalivarle el ano. Emilio ya se estaba masturbando con el móvil en la mano viendo cómo su tía le chupaba el culo a su marido. El viejo a veces emitía algún gemido. Ella se afanaba en lamerle con fuerza, a veces bajaba más la cabeza y refregaba la lengua por los huevos. Cuando apartaba la cabeza, Emilio podía ver la saliva alrededor de sus labios. Estuvo chupándole el culo bastante minutos, hasta que consiguió ponerle el pene erecto. En ese momento, el viejo se irguió y quedó de rodillas encima de la cama. Ella, tras él, hizo lo mismo, abrazada a su marido con las tetas aplastadas contra la espalda, sacudiéndosela con la mano derecha mientras que con la derecha le acariciaba la barriga y el pecho. El viejo sudaba y acezaba trabajosamente. Ella le sacudía deprisa sin despegarse de él mientras le besaba por la espalda. En menos de un minuto, la pequeña polla dispersó algunas gotas de semen por las sábanas. Marina le soltó y enseguida el viejo se dejó caer sobre el colchón, boca abajo, tremendamente fatigado por la eyaculación. Emilio ya se había corrido también dejando caer su semen sobre unas plantas que adornaban el balcón, pero continuó grabando. Su tía observó a su marido unos segundos mientras se hacía una cola en el pelo. Bajó de la cama y se dirigió a la cómoda en busca de un cigarrillo. Al darse la vuelta, Emilio contempló la mancha del coño tras la gasa del camisón y las enormes y flácidas tetas. El viejo continuaba intentando recuperar el aliento mientras su esposa le observa de pie junto a la cama, disfrutando de las caladas, como insatisfecha.

Emilio decidió retirarse. Pasó el video a su portátil y las siguientes dos horas se las pasó reproduciendo las imágenes de su tía una y otra vez. Se masturbó un par de veces más. Luego se echó en la cama y se quedó dormido. Se despertó pasadas las nueve. Ya era martes y aún no se había organizado para estudiar. Su tía y la morbosidad le tenían demasiado obsesionado como para concentrarse. Decidió probar suerte. Salió al pasillo en slip, había elegido unos negros muy ajustados, y se cubrió con un alborzo que dejó desabrochado. Se asomó a la habitación se su tía, pero estaba vacía. Entonces se dirigió hacia las escaleras. Marina se encontraba en la cocina lavando los platos. Para evitar sobresaltos como el del día anterior, se había vestido con unos tejanos y una camiseta blanca. Miró por encima del hombro cuando oyó los pasos y le vio bajar las escaleras con el albornoz abierto. El bulto del slip temblaba en cada escalón, a igual que su barriga y sus pectorales. Miró al frente de nuevo, nerviosa por la excesiva confianza que se tomaba su sobrino. De haber estado Mariano, seguro que le hubiese llamado la atención. Pero le daba vergüenza recriminarle que anduviera de aquella manera por la casa. Advirtió su presencia en la cocina y un segundo más tarde notó una palmada en todo el culo, en el centro, por encima del pantalón. Ella se contrajo asustada girándose hacia él justo cuando se abalanzaba sobre ella para abrazarla cariñosamente.

  • ¿Cómo está mi tía favorita? - .Marina notó los pechos apretujados contra aquellos pectorales, aunque le correspondió el abrazo con una sonrisa -. Buenos días.
  • Buenos días -. Su sobrino le estampó un beso fuerte en la mejilla y le pasó la mano por el cabello - ¿Quieres un café?
  • Vale.

Emilio se apartó un poco mientras ella se giraba hacia la encimera para servirle un café. Estaba a sólo unos centímetros, podía oler su fragancia masculina, y de pasada se había vuelto a fijar en el bulto del slip. Nerviosa por la incómoda situación, le entregó la taza y se volvió hacia él, como queriendo demostrar naturalidad, que no pasaba nada por estar medio desnudo delante de ella. Mantuvo la mirada alzada hacia su cara, aunque por dentro su cabeza le empujaba a mirar hacia el bulto. Su sobrino dio un sorbo al café y alzó el brazo acariciándole la cara bajo la barbilla, como si fuera una niña buena.

  • Qué guapa eres, tía, ayer estabas tan sexy…
  • Anda, no seas tonto. ¿Cuándo te vas a poner a estudiar? No deberías perder más tiempo. Los días pasan volando.
  • Hoy me organizaré.

Para evitar más insinuaciones violentas, se apartó de él en dirección a lavadero.

  • Bueno, Emilio, voy a colgar la ropa. Ponte a estudiar, no seas tonto…

Y se metió en el lavadero aliviada de haberse librado. Le acababa de tocar el culo, se acababa de insinuar presentándose medio desnudo y diciéndole lo sexy que estaba y ella ni siquiera le había reprendido. Unos minutos más tarde le oyó salir de la cocina y dirigirse hacia la segunda planta.

Un rato más tarde, Marina terminó de hacer unas tareas domésticas. Estaba nerviosa y furiosa por la comprometida actitud de su sobrino hacia ella. Le había perdido el respecto, se había sobrepasado y no podía permitirlo. Era joven, y los jóvenes estaban muy salidos, pero ella era su tía, la hermana de su madre, ya no era un niño como para tomarse ciertas confianzas. Decidió zanjar el asunto. Se envalentonó y comenzó a subir despacio las escaleras, cada vez más nerviosa, pero debía poner punto final a aquellos flirteos. Cuando llegó al pasillo todo estaba muy oscuro. Vio que la puerta del dormitorio estaba entreabierta. Muy despacio caminó pegada de espaldas a la pared y se inclinó ligeramente para asomarse. La visión la dejó aterrada. En el portátil del escritorio se reproducía la escena donde ella la noche anterior le chupaba el culo a Mariano. El muy cabrón les había grabado con el móvil. Vio trozos de papel higiénico por el suelo y unas bragas suyas encima de la mesa, señal de que había estado masturbándose con la escena. Se inclinó un poco más y le vio en el balcón fumándose un cigarro. Estaba de espaldas, desnudo completamente. Se fijó en su espalda robusta salpicada de vello y fue bajando hasta su culo, de nalgas abombadas y peludas con una raja cubierta de un vello denso. Al estar apoyado contra la barandilla y curvado ligeramente hacia delante, los huevos le colgaban entre las piernas, unos huevos grandes y ásperos e igual de peludos que el resto de su cuerpo. Nada que ver con el cuerpo raquítico de su esposo y sus dotes masculinas. Le estuvo observando hasta que vio cómo tiraba el cigarrillo y se erguía. Al girarse pudo admirar su enorme polla, tremendamente ancha y larga, con un glande voluminoso y blanquecino. La tenía flácida hacia abajo y de la punta le colgaba un hilo de babilla. Cuadriplicaba en tamaño la de su marido, del tamaño del dedo meñique. Asustada, retrocedió muy despacio y regresó a la segunda planta para tratar de analizar la situación. Estaba en una encrucijada. La había grabado en video. No sabía qué hacer, si hablar con él, si contárselo a su marido o a su hermana, los nervios la apabullaban. Angustiada, telefoneó a su amiga Rosa para contarle lo que había descubierto.

  • Qué sinvergüenza tu sobrino, ¿no? ¿Qué vas a hacer?
  • No lo sé, Rosa, no sé qué hacer, se ha pasado de la raya.
  • Bueno, tranquila, no pasa nada, es joven y están todo el día pensando en esas cosas. Mi hijo Antonio tiene su edad y también le he descubierto revistas pornográficas.
  • Está abusando de mi confianza, esta mañana me ha tocado el culo.
  • ¡Qué fogoso y caradura! ¿Y le has visto desnudo?
  • No empieces, Rosa, no estoy para bromas…
  • Cálmate, chiquilla, no pasa nada. Qué malo es que le hayas visto. Mira tu marido… Bueno, no voy a torturarte. Habla con él y ya está…

Mariano llegó para el almuerzo. Emilio bajó arreglado, como dispuesto a salir. Comieron juntos en la terraza y después Mariano se echó a la siesta, mientras que Emilio abandonó la casa bajo la excusa de que debía comprar material para los estudios. Marina se pasó toda la tarde deambulando sin saber qué hacer, dudaba si hablar con Mariano o tratarlo con su sobrino antes que nada. Pero su cabeza estaba hecha un lío, además su imagen, desnudo en el balcón, tampoco se le borraba de la cabeza.

Hacía una noche espléndida y Marina cenó junto a su marido en la terraza. Tras la cena, ella dijo que iba a darse un baño, pero Mariano prefirió irse a la cama, al día siguiente tendría un día ajetreado, casi tan agotador como el que había tenido durante todo el día. Ella hizo tiempo hasta que le vio subir las escaleras. Iba a intentar hablar con su sobrino por las buenas, y para ello debía comportarse de manera espontánea, como si nada pasase. Se cambió rápidamente y apareció en la terraza en bikini, un bikini bastante erótico que sabía que llamaría la atención de su sobrino, pero debía formar parte de su simulado carácter abierto. Era de color blanco con estampados rosáceos, ribeteado en negro, con un sujetador de copas triangulares pequeñas, anudado al cuello, y unas braguitas a juego con cintas para anudar a los lados. Antes de salir se había retocado y se había mirado al espejo. Era consciente de que la braguita era pequeña y sólo tapaban una parte de su culito, dejando gran parte de las nalgas a la vista. Para acentuar su sensualidad se colocó unos tacones. Se dio un chapuzón en la piscina y se secó el cuerpo a toda prisa. Luego se revolvió el cabello remojado para dar la sensación de que había estado dándose un largo baño. Aguardó con impaciencia. En torno a la medianoche, oyó la puerta. Se levantó deprisa y se acercó a la barra que había en la terraza para servirse un coñac. Emilio irrumpió en la terraza fascinado de ver a su tía de aquella manera. Las braguitas apenas le tapaban el culo y al darse la vuelta con una amplia sonrisa en la boca pudo fijarse en cómo sus tetas se vaiveneaban tras el sujetador, con la ranura que las separaba bien visible.

  • ¿Qué tal, Emilio?
  • Bien, ¿y tú? – le preguntó sin quitarle la vista de encima.
  • Me he bañado, hace un calor. Mariano se ha ido a la cama y yo me he tirado a la piscina. ¿Quieres una copa?
  • Claro.

Marina se volvió de nuevo y él aprovechó para acercarse y atizarle una sonora palmada en el culo.

  • ¡Ay! – protestó tontamente.
  • Qué guapa estás, tía.

Volvió a asestarle otra palmada en el culo, esta vez su palma abarcó ambas nalgas. Ella le entregó la copa y se alejó de él, como huyendo de los groseros tocamientos. Emilio la observó con detenimiento, en cómo contoneaba aquel inmenso culo por efecto de los tacones. Marina se tumbó boca arriba en una hamaca de playa con el respaldo ligeramente elevado. Flexionó la pierna izquierda y quedó en una posición bastante sensual. Emilio la miró desde la barra. Sus tetas se movían levemente en cada movimiento. Se fijó en la braga del biquini, pero no se le transparentaba nada.

  • ¡Qué cansada! – exclamó dándole un sorbo a la copa.

Emilio caminó hacia la hamaca y se sentó en la pequeña mesita que había al lado, a la altura de su vientre. Con descaro, apoyó los codos en las rodillas y la examinó bajo una mirada ardiente. Le pasó la yema del dedo índice muy suavemente por su vientre liso y delicado. Ella se removió.

  • Me haces cosquillas…
  • Eres tan guapa… -. Con la mano izquierda comenzó a alisarle el cabello con mucha suavidad y con la derecha comenzó a acariciarle el vientre, esta vez deslizando todas sus yemas alrededor del pequeño ombligo -. Me encantas, tía…

Le achuchó las mejillas con la mano derecha y le pasó el pulgar por los labios mientras seguía alisándole el cabello. Se miraban a los ojos. Ella se dejaba manosear, seria, con mirada penetrante. Por un lado aquel tacto la estaba calentando, la sangre le hervía, y por otro sentía miedo, temor a contrariarle teniendo en su poder aquel video sexual. La mano derecha regresó al vientre, esta vez con la palma abierta. Le acarició todo el muslo de la pierna que mantenía flexionada. La había puesto caliente, todo mezclado con el temor. La mano pasó por encima de la braguita hacia el ombligo y pasó por encima del pecho izquierdo hacia el cuello. Tras la pasada, la blonda del sujetador se corrió unos centímetros hacia el costado y había dejado a la vista el pezón de la teta, un pezón oscuro y erguido. Ella parecía no haberse dado cuenta y seguía mirándole con la misma seriedad, con el ceño fruncido, dejando al descubierto su lujuria. Con la izquierda aún alisándole el cabello y la derecha en el cuello, su sobrino se inclinó y sus labios le rozaron la frente y la nariz, hasta que le estampó un beso en la barbilla. Volvió a erguirse para contemplarla, para no perder detalle de lo que tocaban sus manos. Ella cerró los ojos y resopló para contener el placer que le proporcionaba el tacto de aquellas manos. Bajó la pierna que mantenía flexionada. La mano derecha de su sobrino regresó hacia el vientre, pasó por encima del pecho desnudo, corriendo la blonda unos centímetros más. La teta desnuda se movía levemente con el pezón eréctil presidiendo aquella masa esponjosa. La palma pasó de nuevo por el ombligo y se detuvo en la braguita donde se recreó acariciando la tela con las yemas. Emilio notó un jadeo profundo cuando vio que ella abría los ojos. Se comportaba de manera dócil. Metió los dedos por el lateral de la braga y los pasó por encima del chocho. Notó el vello y el clítoris. Ella se miró. Vio los nudillos de los dedos bajo la tela de las braguitas, percibía el tacto en su clítoris y por la zona alta de la vagina. Volvió a mirar a su sobrino con el ceño fruncido y el placer dibujado en la cara…

  • Emilio – gimió -, para, por favor, deja de tocarme…

Emilio retiró los dedos del lateral, agarró fuertemente las bragas por la parte delantera y, rudamente, dio un tirón hacia arriba. Las bragas se metieron en la raja de la vagina a modo de tanga. Ella se contrajo al notar la tela apretujando su clítoris y despidió un gemido sacudiendo la cabeza, como una invasión de placer instantáneo. Emilio empezó a tirar hacia arriba de las bragas con bruscos tirones, insertando la tela profundamente entre los labios vaginales. La vagina quedó dividida en dos. Mientras la masturbaba con sus propias bragas, Marina cabeceaba en el respaldo de la hamaca gimiendo y meneando la cadera, tratando de soportar el desbordante placer. Con la mano izquierda le tapó los ojos sin dejar de tirar cada vez con más fuerza. Ella procuraba ahogar sus gemidos, aunque a veces le resultaba imposible. Menaba la cadera al son de los tirones. Emilio se fijaba en cómo la tela presionaba el clítoris y cómo sus tetas se movían con las contracciones. La mano izquierda siguió hacia abajo. Pasó por encima de su boca. Ella ahora gemía con los ojos cerrados. A su paso por los pechos arrastró la otra blonda y la dejó con ambas tetas a las vista. Ahora la mano izquierda sujetó las bragas para seguir tirando, quería desabrocharle la cinta lateral con la derecha. En cuanto desanudó la cinta, tiró fuerte de la braga con la izquierda y se la quitó de un tirón dejándola desnuda con el coño a la vista de su sobrino. Hubo unos segundos de descanso para su vagina. Emilio los dedicó para admirar aquel coñito, aquellas tetas deliciosas y aquella postura tan lujuriosa. Su tía aguardaba. Necesitaba un poco más. Ahora no podía parar.

  • Sube las piernas -. Le ordenó.

Obediente, acató la orden. Elevó ambas piernas, juntas, dejándolas flexionadas sobre su vientre. Tuvo que sujetárselas para no bajarlas. Desde la mesa, Emilio se arrodillo en el extremo de la hamaca. Tenía ante sí el coño abierto y el ano. Todo para él. Le dio unas palmaditas en el chocho con la mano derecha antes de acercar su boca y empezar a lamerlo. Pasaba la lengua entera desde el ano hasta la parte superior de los labios vaginales. La oía gemir, sobre todo cuando le mordisqueaba el clítoris con los labios. A veces apartaba la cabeza, le lanzaba un escupitajo y esparcía la saliva con la punta. Hastiado de lamerle el coño, le abrió los labios vaginales con la mano izquierda y secamente le introdujo el dedo índice y corazón a la vez, a modo de pistola. Empezó a masturbarla agitando la mano, hundiendo los dedos enteros. Ahora ella gemía alocadamente sin poder contenerse. Notó flujos vaginales en su mano y entonces la retiró de repente. Ella apagó el último gemido, como si acabara de correrse. Emilio se puso de pie para desabrocharse los pantalones. Se miraban a los ojos. Ella se mantenía con las piernas en alto, exponiendo el chocho ensalivado a su sobrino. Vio que dejaba caer los pantalones y que se bajaba la parte delantera del slip. Vio su enorme polla erecta empinada hacia arriba. En un principio temió que fuera a follarla, allí mismo, pero lo que hizo fue comenzar a sacudírsela. Duró poco. Veinte segundos más tarde, apuntó con la polla a la entrepierna de su tía y bombardeó de leche todo el coño con gruesas gotas viscosas que se desperdigaron por toda la vagina. Numerosos goterones dejaron toda la zona embadurnada. Algunas hileras le corrían hacia las nalgas y el culo y otras quedaron atrapadas en el vello vaginal. Tras escurrirse bien, se tapó la verga y se subió los pantalones. Fue cuando Marina bajó las piernas y se irguió para mirarse. Enseguida se tapó las tetas con las blondas y se levantó bruscamente para buscar las bragas. Desde la barra, donde se había acercado Emilio para darle un sorbo a la copa y encenderse un cigarrillo, pudo admirar su culo de nalgas tambaleantes, un culo ancho y carnoso. Al inclinarse a recoger la braguita del biquini, tuvo tiempo de fijarse bien en el ano tierno y sabroso y en algunas gotas de semen resbalando por la cara interna de los muslos. De espaldas a él, se puso la braguita a toda prisa sin ni siquiera limpiarse la leche.

  • ¿Estás bien? – se interesó Emilio.

Pero no le contestó, ni siquiera fue capaz de mirarle a la cara. Cogió una toalla para taparse de cintura para abajo y salió aligeradamente hacia el salón. Emilio la vio entrar en el cuarto de baño. Apuró la copa y decidió irse a la cama. Había disfrutado como un cabrón masturbando a su tía, situación que jamás se hubiera imaginado.

Fin Primera Parte

Joul Negro

joulnegro@hotmail.com. Gracias por vuestros comentarios

Carmelo Negro

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