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Cine de autor

Diana y Celia, madre e hija comparten una tarde especial en el cine de un centro comercial. Cuarta parte de "Cine y palomitas" que puede leerse independiente del resto de la saga. Espero os guste. Zario01

Cuando Héctor desapareció por la puerta Diana resopló. Por fin su marido se había ido y dejaba que disfrutase a solas de su hija Celia. Había tenido que suplicarle a su amo que se ocupara de él por una noche. Desde que follaban los tres en familia siempre había tenido que compartirla. Por unas cosas u otras, Héctor y su pene aparecían en escena.  Era más fuerte que él, una mera cuestión de testosterona. Se creía el macho dominante y no era más que un pelele en manos del doctor Andrés Méndez.

Tampoco tenían mucho tiempo. Esta vez era cierto, madre e hija se iban al cine juntas. Le gustaba  el cine de autor y más en concreto de aquel director precisamente. Su marido detestaba ese tipo de películas. Héctor se creía un intelectual y era de lo más inculto. Si no había tiros y muertos en la película, no valía la pena ni siquiera insinuarlo. Cosas de hombres.

Diana entró en el cuarto de Celia que, pintándose las uñas de los pies y cubierta  por una toalla, canturreaba alguna canción de moda. Abrió su armario y sacó la ropa que quería que su preciosa hija vistiese.

-       ¡Jo, mami! – protestó la chica– ¡Eso me va un poco estrecho! Voy a reventarlo con… con…

-       ¡Con las tetas! ¡Tetas, tetas, tetas…! - estaba un poco cansada de las tonterías de Celia debidas al considerable tamaño de sus senos – te fastidia hasta la palabra ¿pero no te das cuenta del tesoro que tienes ahí, tonta? ¿No has visto a los hombres cómo te miran? Hasta tu padre se queda embobado con ellas. Son como el péndulo del Doctor Méndez. Bien utilizadas pueden hacer que todo el mundo coma de tu mano. Se trata de eso, de que aprendas a utilizar tus armas...

-       Pero…

-       Coño lo tenemos todas – continuó la madre sin hacer el mínimo caso a los reparos de su única hija - pero el resto… el resto hay que aprovechar lo que le ha tocado en suerte a cada una…

-       ¡Ya sé, pero…!

-       Unas tienen un culito de infarto, otras piernas divinas y otras zorritas con suerte como tú… tienen un par de tetas que quitan el hipo…

-       ¡Mamá!

-       ¡281, no te pongas ahora mojigata…! – espetó secamente la madre fingiendo estar enfadada.

Celia se quedó de piedra al escuchar de los labios de su madre su nombre de guerra. Aquellas cifras le acompañarían por el resto de su vida. Eran el código bajo el cual se prostituía ofreciendo su cuerpo a todo aquel que satisfacía las desorbitadas tarifas que el doctor Méndez había fijado. No se esperaba esto. No de su madre.

-       ¿Te… te lo ha contado Papá? - preguntó temblorosa

-       ¡No hizo falta, ángel mío! Tú no lo sabías pero el otro domingo no fue la primera vez que tu lengua entró por el agujero que te dio la vida. Hace unos meses me comiste el… coño como nunca nadie lo había hecho. Hacía frío pero me pusiste caliente en un minuto.

-       ¡Mamá! – no dejaba de decir Celia.

No podía creerlo. Su propia madre, una clienta. Ciertamente solía tener parroquianos que preferían gozar a oscuras de sus encantos, en especial mujeres. Quería pensar que se trataba de amas de casa reprimidas que se avergonzaban de sus preferencias sexuales. Bien pensado, la descripción encajaba perfectamente con la de su querida madre.

-       Te repites mi vida. Ponte esto, si eres buena tengo un regalo para ti.

Y sin más, ayudándole a levantarse le libró de la prenda que apenas ocultaba la fresca e insolente semidesnudez juvenil de la hija. Un minúsculo tanga ocultaba su secreto. Diana se relamió de gusto ante tan excitante espectáculo. Celia no pudo por menos que ruborizarse, y más todavía cuando su madre le acarició el costado delicadamente. Unas cosquillitas traviesas volvieron a aparecer en su entrepierna.

Obedeció meneando la cabeza. Su madre no dejaba de sorprenderla desde que la introdujo de la mano en el lecho conyugal para hacer un trío inolvidable con su propio papá. La madre aún era más viciosa que la hija. De hecho al parecer se la había follado incluso antes que a su padre, aunque sin saberlo.

Celia ya se imaginaba lo que iba a pasar si se colocaba aquellas prendas del año anterior. El espejo verificó lo evidente. Faltaba tela o sobraba pecho, daba igual, tanto monta monta tanto. Decir que aquel vestido de tirantes que su madre le había comprado en una cara boutique el  verano pasado le venía justo era hablar con demasiada cortesía. Y ni siquiera lo había estrenado.

La aversión que Celia sentía contra su cuerpo comenzó por aquel entonces y se negó en redondo a vestir dicha prenda que insinuaba apenas sus estilizadas curvas.

-       Te lo dije, me queda pequeño.

-       ¿Pero qué tonterías dices? ¡Estás divina!

La madre se colocó detrás de una intranquila Celia que se estiraba el vestido intentando alargarlo inútilmente.  El exceso de pecho hacía que la tela subiese hacia arriba provocando que la faldita apenas cubriera el comienzo de sus piernas. Diana quitó el tanga a su pequeña con suma delicadeza. Celia se temía algo así.  El vestidito y nada más.

-       ¡Encima querrás que ni siquiera lleve bragas! ¿Qué pretendes, que vaya desnuda?

-       Pues no estaría mal – dijo Diana besando el cuello su lolita, acariciándole  los pechos por encima del vestido.

La combinación de la suave tela y los turgentes senos daban al tacto una sensación deliciosa. La hembra más joven no protestó más. Se vio en el espejo y admitió que su madre tenía razón. Tremenda. Así pintada y con aquel vestido parecía mayor. Un poco golfa eso sí, pero mayor y lista para cualquier cosa. Cuando su mamá le levantó un poco el vestido y comenzó a acariciarle en la vulva, rozándole levemente el clítoris suspiró con un tono de voz poco convincente.

-       ¡Vamos a llegar tarde!

-       ¿De verdad quieres que pare? – los movimientos circulares de la madre se aceleraban por momentos.

-       Ni se te ocurra. – musitó una  cada vez más acalorada adolescente.

Celia se tumbó sobre su cama, apartó algunas muñecas que solían adornar el lecho y  se abrió de piernas completamente. No dijo nada pero su postura hablaba por ella. Mordió su puño como cuando era niña, mostrando cierto pudor al notar su intimidad atacada.

Y Diana comió, ¡Vaya que si comió! Comió, lamió, chupó, mordió, tragó como si su vida dependiese de ello. Celia tuvo que reconocerlo entre jadeo y jadeo, su madre sabía cómo satisfacer a otras hembras.  Arqueaba su cuerpo a cada lamida, sus duros pezones parecían querer rasgar la tela que les oprimía. Incluso aprendió cosas nuevas que ni siquiera Odie, la eficiente esposa de su amo y señor le había enseñado. Cosas divinas que sólo una chica puede hacer sentir a otra hembra.

Diana sorbió el néctar que le daba fuerzas para seguir viviendo, comprimiendo  con sus manos  los senos de la ninfa. Aquellos senos que su dueña maldecía y ella adoraba. Aquellos senos que habían hecho reverdecer en ella antiguas y casi olvidadas sensaciones. Aquellos senos que al emerger de la nada  quebraron como una paja la moral de su familia.

La lolita por un momento se olvidó del todo, de sus problemas, de sus complejos, del puñetero cine e incluso de respirar. Volvió en sí tras un estridente orgasmo acompañado de un torrente de efluvios que su progenitora no dudo en paladear. No degustó jamás Diana mejor ambrosía, dulce, fresca, con aquel olor a juventud  que extasiaba sus sentidos invitándola a penetrar más y  más en las entrañas de su hija.

Recuperadas ambas de tan tórrido encuentro, entre besos y caricias reanudaron la tarea asignada para aquel día.

- ¿Y mi regalo? – dijo la jovencita, mimosa.

- ¡Ah, sí! Se me olvidaba. Esto es para que tengas las piernas cerradas. Así no se te verá el chochito, princesa mía.

-¡Auuuu! ¡No me pellizques en el culo!

Una bola brillante apareció del bolso de Diana.

-       ¿Qué es? – dijo Celia, con la curiosidad propia de su edad.

-       ¿De verdad no sabes qué es este juguetito? Andrés está perdiendo facultades. Creo que está enamorado de ti – una mezcla de celos y ternura emanaba de los labios de Diana - En fin, mami te enseña, como siempre. Separa las rodillas, deprisa..

Celia volvió a obedecer. Repitió el gesto que tan habitual para ella se había convertido en los últimos meses. Abrirse de piernas para que otros disfrutasen de sus encantos. El frío objeto se introdujo en su vagina. La lengua de Diana le abrió el camino si es que este no estaba ya del todo despejado.

-       ¿Y?

Nada sentía Celia al alojar en su vientre tan peculiar objeto inanimado.

-       No seas impaciente. Espera que busque otra cosa en el bolso.

Sacó la madre una especie de pequeño mando a distancia y apretó un botón apuntando a Celia que la miraba con estupor. Diana no pudo reprimir su risa al ver como las mejillas de su hija, casi siempre pálidas, pasaban sin solución de continuidad de sonrosadas a rojas como un tomate.

-       ¡Joder! – exclamó abriendo las piernas y liberando al intruso que botaba alegremente por el parket - ¿Qué narices…?

-       ¡Ves lo que te digo princesa! – dijo Diana hipando de risa – ¡Si no cierras las piernas, se escapa el gato!

-       ¿Qué narices es…? – dijo Celia mirando como una boba la jodida pelotita que no se detuvo hasta que Diana de nuevo utilizó el mágico mando.

-       Eso, querida, es el mejor amigo de una hembra. Es fantástico. Te sorprendería saber la cantidad de mujeres que sentadas en el metro, o en el taxi, o en su puesto de trabajo, alojan en sus entrañas juguetitos como este. Hay madres que llevan a sus niños al colegio con bolitas mucho mayores que esta metidas en el coño. Causa furor entre las universitarias que pasan mucho tiempo sentadas y se meten caña en las bibliotecas. También hay hombres que lo llevan, por supuesto. Esto es el mejor invento desde la rueda.

-       ¿Y tú…?

-       Por su puesto, mi vida. Desde que Andrés me lo regaló cuando comencé la terapia, ha estado más dentro que fuera. Ahora mismo llevo dos. Uno delante y otro detrás. Toma.

 Puso en la mano de su joven alumna un mando con varios botoncitos.

-       Así es más divertido.  Cada una controla los vibradores de la otra. No te pases. Es mejor variar la intensidad. Si lo conectas a tope el cuerpo se insensibiliza. Y puede ser peligroso.

Y dicho esto atrapó el juguetito de Celia, lo chupó y volvió a introducirlo en su hija. Cuando la lolita se acomodó el vestido de nuevo y  miró al espejo, dudó de sí misma. No sabía si estaría a la altura de lo que su madre esperaba. Era la primera vez que calzaba aquellos tacones fuera de casa, y una bola saltarina en su interior no ayudaba precisamente. Audaz e inconsciente quiso competir con su madre en igualdad de condiciones.

-       Mami, ¿Tienes otra?

-       ¿Cómo dices? – Diana no podía creer lo que oía.

-       Para detrás… ¡Para el culo, joder! – estaba un poco violenta – Te pregunto que si tienes otra…

-       Quieres jugar fuerte, ¿eh, pequeña? – orgullosa, le dio un beso de tornillo en la boca – por supuesto, ¿de qué color la quieres? Ten cuidado Celia, quien juega con fuego suele quemarse.

Cuando volvió de su cuarto tenía en la mano media docena de aquellas bolitas vibratorias. Celia eligió la más grande y abrió su trasero con las manos. Diana lubricó el esfínter con su lengua y metió poco a poco por aquel bendito agujero una bolita negra y juguetona.

-       ¡Adentro! ¡Muy bien! -  no dejaba de sorprenderse de la capacidad de Celia para meterse cosas en el trasero – juguemos a algo, hija. La primera que se rinda hará toda la tarde lo que la otra le ordene. ¿Te parece?

-       ¡Vas a perder, mami! – le contestó Celia pellizcándole el culo en tono divertido.

Dicho esto apretó los botones a fondo. Diana acusó el golpe, agachó la cabeza pero no soltó sus presas a pesar del tremendo zumbido que estallaba en su interior

-       Ten cuidado zorrita, donde las dan las toman – contraatacó sin piedad una vez controló sus sensaciones.

-       ¡Uuuaaaauuuuu! – la bola negra es la que abandonó esta vez su oscuro alojamiento de una desesperada Celia

-        ¡No vale, no vale! ¡Quiero la revancha, no estaba preparada! – protestó impulsivamente como una niña.

Orgullosa, lamió de nuevo la pelotita y se la volvió a meter en su ojete.

-       Venga, tramposa. Vámonos ya. Llegaremos tarde, iremos andando a la parada de taxi. La película habrá empezadooooooo – miró a su retoño con furia - ¡Zorra!

Celia se reía apretando los dichosos botoncitos sin la menor mesura. Pero cuando abrió la portezuela del taxi y cerró las piernas fuertemente ya no sonreía tanto. Alzó la cabeza mirando al cielo

-       ¡Diooooosssss!

-       ¿Cómo dice, señorita? – preguntó el taxista

-       Nada, llévenos al centro. Cine Renoir. – intervino Diana con una sonrisa.

Mientras el coche blanco surcaba la avenida, la madre miraba de reojo a su primogénita. Celia había jugado fuerte. Estaba orgullosa de ella. El amo la había entrenado bien. Aguantar la bola negra en la puerta trasera tenía mérito. A ella le llevó semanas tan sólo poder meterla dentro y su retoño se la había insertado sin ningún problema a las primeras de cambio.

Era una lucha desigual. Celia no podía ganar. Por mucha voluntad que tuviese no dejaba de ser una joven inexperta. No podía competir con su madre, al menos en el tema de vibradores anales. A mitad de camino la más joven contendiente no podía más. Le ardía todo el cuerpo. Creía que estaba a punto de cagarse. Cuando su madre le susurró al oído invitándole a rendirse, asintió con la cabeza baja.

-        Vas a ser hoy mi zorrita, ¿verdad?

-       ¡S…si!

-       ¿Si qué?

-       ¡Si, mamá!

-       ¿Cómo?¿Mamá? – Diana puso aquellos aparatitos de tortura al máximo.

-       ¡Ahgggg…! – Celia no pudo reprimir un grito al alcanzar su enésimo orgasmo.

-       ¿Se encuentra bien, señorita? – intervino inoportuno el taxista.

-       ¡Sí! ¡Como nunca! – se abrió de piernas y cayeron al suelo del coche aquel par de pelotas danzarinas embadurnadas en diferentes jugos.

El conductor no creía lo que veía por el retrovisor.

-       ¡Soy tu zorrita, mi ama! -  susurró al oído de su madre – manda  y yo obedezco.

-       Así me gusta. Empieza limpiando la herramienta, preciosa. – contestó la vencedora de la contienda recogiendo del suelo del vehículo las dichosas bolitas.

Celia entendió a la primera. Limpió sucesivamente las esferas introduciéndolas en su boquita. Tan sólo deseó que el jodido taxista no se hubiera dado cuenta de nada de lo que su madre y ella estaban maquinando.

-       Las otras también, cielo. – la madre comenzaba a marcar su territorio.

De Diana surgieron otro par de consoladores aún mayores. Celia respiró hondo y  disimuladamente no tuvo reparo alguno en abrillantarlos con su lengua.

El conductor continuaba alucinando, intentó disimular pero su condición de hombre superó al de profesional del taxi. Se quedó pasmado en un semáforo y los vehículos que le seguían no dejaban de sonar el claxon. Cuando llegaron al centro comercial Diana le dio una generosa propina al tiempo que le guiñaba el ojo.

-       Si está aquí a las doce en punto, mi… amiga… le compensará  como nunca se lo han hecho- le dijo Diana al pagar la carrera - ¡Se lo traga todo! ¡To… do!

Celia sospechaba que la tarde iba a ser muy pero que muy larga al escuchar aquello. Su madre tenía un peligro tremendo.

-       ¡Corre, chica, que llegamos tarde!

Era cierto, la película había comenzado cinco minutos antes. Cuando madre e hija correteaban por el centro comercial, el vestidito ajustado de la lolita todavía se alzaba más. Muerta de vergüenza se abalanzó sobre el ascensor para subir a la última planta, donde se ubicaban los cines. Su madre la frenó, con una mueca le  indicó las escaleras mecánicas.

-       ¡Se me verá todo! – protestó haciendo pucheros y dando saltitos, lo que complicaba más si cabe su angustiosa situación.

-       ¿Y? – sonrió maliciosamente Diana – te recuerdo que hoy eres mi zorrita.

Ya en las escaleras, Celia pudo advertir como una jauría de hombres de todas las edades y condiciones miraban con descaro sus intimidades desde la planta de abajo.

-       ¡Abre las piernas, princesa! ¡Dales lo que quieren a esos pervertidos hijos de puta!

Celia no pensó y obedeció. Hizo sin duda una de las cosas que más odiaba hasta que comenzó la terapia con el psicólogo, exhibirse en público. Con cada una de sus piernas apoyadas en distintos peldaños su zona púbica quedaba expuesta ante todo aquel que se percatase de su poco adecuada postura.  Algún atrevido silbó desde la planta baja. Otros tendrían al día siguiente esguince de cuello de difícil justificación.  El espectáculo compensaba cualquier penuria.

Entre risas pagaron la entrada, compraron palomitas rancias y se metieron del brazo en una pequeña sala, tan sólo iluminada por el fulgor de la pantalla.

Diana no se sorprendió en absoluto. Lo que Héctor decía, casi nadie aguantaba aquellos peñazos de películas. Con ellas dos eran cuatro los espectadores del film.

-        “La Comuna” de Hiroziro… no se qué.-  había leído Celia de refilón al entrar en la sala.

Se trataba de una película de autor bastante polémica. Tachada de pornográfica en muchos países, en España se podía ver en salas minoritarias. Se exigía ser mayor de edad para verlas,  pero con aquellas pintas el taquillero sólo pudo fijarse en las tetas de Celia y ni se le pasó por la cabeza pedirle el documento de identidad.

Diana sentó a su esclava al lado de uno de los dos tipos. El hombre se molestó un poco por que la sala era para unas cien personas y precisamente aquel par de tontas se habían ido a sentar al lado suyo. Dejó de sobarse la entrepierna.

Celia se centró en la película. Tenía pretensión moralizadora a cerca de las sectas pero en realidad era una sucesión de escenas de puro sexo. En ella un visionario lavaba la mente de unos hippies que habitaban una comuna nudista. En realidad lo que hacía era follarse a todo bicho viviente, sin importarle sexo, condición ni edad.

De hecho la escena más polémica también se censuró en España,  cuando el gurú se cepillaba a una chica demasiado joven delante de la cámara. La imagen de la penetración se pixeló ligeramente. Tan ligeramente que con un poco de imaginación se podía adivinar hasta el más íntimo detalle.

Una leyenda urbana en la red aseguraba que las escenas de sexo eran todas reales. Celia miró a la cara de la chica. O era una actriz excelente, futura ganadora de un óscar o le estaban metiendo rabo hasta las entrañas. Se decantó por lo segundo, tenía más morbo, estaba muy excitada. Los jueguecitos con su madre elevaron su libido a niveles estratosféricos.

Celia no era tonta. Sabía que su madre tramaba algo. Y se figuraba qué. Cuando Diana le susurró al oído el plan de vuelo no se alteró. Ya lo intuía. Era cuestión de tiempo. Sólo esperaba la orden para ponerse manos a la obra.

Deslizó su mano hacia el paquete del espectador de al lado y comenzó  a hurgar en su bragueta. Para una experta como ella no le fue difícil liberar aquel pene y comenzar a masturbarlo. El tiparraco aquel no se había visto en ninguna parecida en su desgraciada y anodina vida. Al menos sin pagar, claro.  Pero Diana quería algo más. Alcanzó a su hija el cartón con las palomitas. Con la mano que le quedaba libre, la sirvienta acercó el recipiente al capullo que estaba frotando implacable. Entre la excitación por la película y la habilidad de Celia, el combate duró poco. El tipo eyaculó sobre las palomitas dando un toque personal a tan agradable alimento. Embobado se quedó al ver como su joven vecina de asiento degustaba aquel cereal junto con su semen sin darle la menor importancia.

Celia reconoció que su madre tenía razón. Los hombres no piensan, y si lo hacen en lugar del cerebro, utilizan el pene, que aún es peor. Cuando puso en la boca de aquel baboso una palomita blanca pringada de su esperma se convenció de ello. El cabrón estaba tan excitado que no le importó probar su propia esencia. Menudo pringado.

Diana quitó el salado alimento de las manos de su hija y lo degustó sin prisa. Tenía nuevos planes. Empujó la cabeza de Celia que suspiró y pensó:

-       Ya estamos otra vez, zorra asquerosa. – se dijo a si misma cuando sus labios entreabiertos acariciaron el suave falo del espectador vecino.

El tío era un guarro. Haría semanas que no se lavaba. Pero a la chica no le importó demasiado. Era la zorrita de su madre y cumpliría con su palabra. La obedecería en todo. Limpió con su lengüita el interior del prepucio del puerco aquel, en su boca entraron cantidad de pelos rizados, restos de esperma y orina. No había prisa. La película era tremendamente larga, quería que el tipo  no la olvidase en la vida. Tragaría el semen sin vacilar en cuanto saliese de aquel asqueroso rabo. Exprimiría aquellas sucias pelotas hasta que no diesen más de sí.

Notó que Diana se iba justo al tiempo que recibía en el paladar una minúscula ración de esencia masculina. Eso no le gustó. Prefería que su madre estuviese cerca. Paradójico. Cualquier otra de su edad que estuviese chupando una polla en la oscuridad de un cine seguro que preferiría que su mamá estuviese lo más lejos posible.

Falsa alarma. Diana apareció con el otro tipo que había en la sala. Tenía el pene colgando, seguro que se había estado tocando. La peli invitaba a eso y mucho más. Celia se acomodó al notar la presencia del segundo macho. Otro al que tendía que contentar. Suerte tenía de que la película no tuviese demasiado predicamento.

Sin dejar de mamar ofreció al invitado sus agujeros inferiores, para que eligiese a su gusto. No le extrañó que la puerta trasera  fuese la escogida. Solía pasar y tampoco se escandalizaba por ello. Dar por el culo parece que tiene una magia especial para algunos hombres. Es como la miel para las moscas. Meter la polla en el agujero en principio menos adaptado para ello les proporciona un plus de placer, una sensación de falso poder sobre la hembra. Y si esta además se resiste o profiere queja alguna al sentir su ano mancillado mejor que mejor. Todavía se aplican con mayor fervor a la tarea.

Pero aquel no era el caso de Celia. La permeabilidad de su intestino se había puesto de manifiesto en multitud de ocasiones previas al tórrido encuentro en la oscuridad de aquel cine. Decenas de películas de cámara oculta rodadas dentro de las furgonetas en las que se prostituía en las que todo tipo de falos taladraban sin descanso su ojete podían dar buena fe de ello. Pequeñas o grandes, todas hallaban cobijo en el trasero de Celia.

Los tíos del cine no eran más que unos  eyaculadores precoces, en apenas cinco minutos habían descargado todo lo que llevaban dentro en el cuerpo de Celia. Diana les dijo que si querían repetir otro día debían abandonar la sala en ese momento, cosa que hicieron con sumo gusto. Tenían que contar lo sucedido a sus amigotes y no tenían ni idea de qué narices trataba la peli.

El resto de la película la disfrutaron madre e hija como en una sesión privada. Celia apoyaba su cabeza en el hombro materno mientras introducía sus deditos en el coño ajeno.  Diana disfrutaba de las caricias de su esclava que con tanto amor acariciaba su zona roja.

Al salir tomaron algo en un restaurante de comida rápida. Tenían hambre. No sólo de sexo vive el hombre y mucho menos la mujer.  Un par de chicos se les acercaron, sentándose juntos los cuatro a cenar. Diana llevaba la voz cantante ante una algo cohibida Celia que no dejaba de reír nerviosamente cada una de las gracias que aquellos atractivos muchachos les regalaban. Comentaron entre risas que eran hermanas. Para ojos desconocidos, no era una mentira tan evidente. La madre se conservaba estupendamente. Cuando estuvieron a punto de acabar, Diana les soltó a sus musculosos acompañantes, sorbiendo la coca-cola hasta el final.

-       ¡Cincuenta euros cada uno!

-       ¡Ves! – dijo un chico a su amigo un poco mosqueado – ¡Son putas! Ya te lo dije, con esas pintas sólo pueden ser putas…

-       Perdonar… nosotros no…nosotros no pagamos por follar – dijo el otro, incómodo ante tal ofensa.

-       Lo sé, pipiolo, lo sé – intervino Diana poniendo un dedo en el labio del chaval – pero nosotras, sí. Cincuenta para cada uno si acompañáis a mi hermana y os la lleváis lavabo. Es su cumpleaños y se merece pasar un buen rato ¿Qué decís?

Unos minutos antes, los dos jóvenes alucinaban ante la visión de un par de ángeles caídos del cielo. Hubieran estado dispuestos a pagar lo que no tenían por follarse a la tetona y su no menos atractiva acompañante, simplemente estaban haciendo el paripé para rebajar el precio. Cuando la jovencita les cogió de la mano y los llevó hasta los servicios no podían creer el premio que les había tocado. Bajo la luz intensa del excusado, a Celia le fue más difícil ocultar su verdadera edad.

-       ¡Ostia! Pero…¿Cuántos años tienes?

Celia no mintió. Miró a ningún sitio muerta de vergüenza. Solía manifestar su incomodidad colocándose su mechón rebelde por detrás de la oreja.

-       ¡Joder, en menudo lío nos metes si nos pillan!

-       ¡Tío, mira qué peras! ¡Que le den por el culo a todo! Nos la follamos y punto. Yo no puedo aguantarme más. Tenemos el permiso de la puerca de su hermana…

Los recelos del otro desaparecieron cuando Celia, no sin dificultad, se desprendió de su vestido. Era tan ceñido como un guante de látex. Paradójicamente se sentía más cómoda en pelota picada en la frágil intimidad de un urinario público que enseñando tan sólo una parte de su delicioso escote en plena calle.

-       ¡Ya nos dimos cuenta en el bar de que no llevabas bragas! Por eso nos sentamos con vosotras. Pensábamos que erais unas putas buscando clientes.

-       ¡Aquí las únicas putas que hay sois vosotros! – recordó por un instante el tono que el doctor Méndez utilizaba con ella cuando la trataba- ¡Tú, cabrón de mierda, siéntate ahí que te voy a montar! ¡Y tú, pedazo de carne, saca el rabo! Espero que lo tengas grande, hijo de puta. Tu amigo está bien armado. Me gusta meterme la más grande por el culo. ¡Puto asqueroso!

Celia les trataba como lo que entonces eran. Unos putos. Igual que ella en las furgonetas de su amo. Ni siquiera les miró a la cara, solamente a sus paquetes. Los picha floja del cine apenas saciaron mínimamente sus necesidades. De un brinco se ensartó el primer pene enarbolado a su disposición. Colmada su abertura delantera se dirigió soezmente al otro muchacho.

-       ¡Fóllame el culo, cabrón!

La doble penetración se consumó entre gemidos y gritos. Si algún desgraciado pretendió utilizar el servicio de minusválidos tuvo que irse a otro lado o hacérselo encima. Durante media hora estuvo ocupado.  Aquellos chavales se ganaron el dinero a pulso. Los vibradores habían dejado a Celia algo insensible y le costó alcanzar el orgasmo, pero cuando este llegó, arrasó con todo. Celia despotricaba como un camionero, pidiendo guerra. Sus pétreos pezones se erigían brillantes al cielo, de vez en cuando eran bañados en cantidades ingentes de saliva y castigados por alguna que otra dentellada lasciva de uno de sus amantes.  El cuello de la lolita también era mancillado por el semental que taladraba su empopada. La marca le duraría semanas. Con los ojos cerrados alcanzó el clímax elevado a la máxima potencia. La conjunción del eficaz trabajo de penes, manos, lenguas y dientes fueron los culpables de todo ello.  Lejos de ahí estaba la acomplejada lolita que se avergonzaba de su cuerpo. En aquel lugar tan sólo se encontraba Celia, una hembra segura, dominante y que buscaba su placer por encima de todas las cosas.

Cuando madre e hija salieron del centro comercial vieron como un barrigudo les llamaba.

-       ¡Eh! ¡Aquí! – ellas ni se acordaban de él.

Al visionar su vehículo, recordaron su promesa. En efecto, al llegar a  unas manzanas de su casa, Celia pagó la carrera trabajándose el estoque del hombre con su boca. Sorprendentemente el trago más largo de toda la jornada. Habían calentado previamente al conductor metiéndose mano durante todo el trayecto y comentando lo sucedido durante la tarde. No hubiese hecho falta. Las palabras de Diana resonaron en la cabeza del taxista toda la tarde.

-       ¡Se lo traga todo! ¡To… do!

Con los zapatos en la mano y babeando esperma, la lolita entró en casa tras su progenitora. Cansada pero feliz por el transcurso de los acontecimientos.

.

-       Lo he pasado muy bien, mami. Estoy agotada. Me voy a dormir.

-       De eso nada, mi vida. Es sábado noche…

-       ¿Y? – Celia no sabía de lo que su madre estaba hablando.

-       El sábado es la noche de Truco.

Celia esta vez sí se escandalizó. No podía ser, nadie sabía lo de ella con su perro. ¿Nadie? Bueno, alguien sí. El Doctor Méndez. Resignada, comprendió su situación. Gracias a él su madre sabía de ella hasta sus más oscuros pensamientos. Andrés se los habría contado todos. Algo dolida con su amo, se resignó a su destino. Follaría con Truco delante de su madre. Por caer un poco más bajo, qué importaba.

Celia subió por las escaleras y se desprendió del vestido. El chucho lo olisqueó y movió el rabo sabedor de que aquella noche mojaría.

-       Celia, cariño. Tienes que acostumbrarte a hacerlo con tacones. A los tíos les pone mucho. Los peluches, uniformes y tacones tienen sobre ellos un efecto infalible y si encima lo adornas con esas tetitas, ni te cuento ¿Me esperas un instante? Voy a ponerme cómoda.

Diana se aposentó en un sillón, desnuda. Con un vaso de Gin-Tonic en una mano y un consolador en la otra. Miraba maravillada como Celia, su hija, chupaba el sonrosado pene de su pastor alemán, Truco. Introdujo el pedazo de goma en su interior y comenzó a masturbarse profundamente. 

Celia se puso a cuatro patas y se dejó olisquear el culo. Vestía una camisa de pijama vieja, bastante gruesa. Si no lo hacía así, Truco en su frenesí podía arañarla sin querer. Ya le había pasado. El can jugueteó con su lengua, lamiendo la raja de su ama como tantas otras veces había hecho. El envite fue tan corto como intenso. Los animales son así, como algunos hombres. Follar y punto. No alargan el coito por placer, es una necesidad fisiológica más como puede serlo orinar o defecar.

 Al acabar Celia preguntó a su madre de nuevo avergonzada. Apenas había sentido nada pero al menos había satisfecho la curiosidad malsana de su madre.

- ¿Te ha gustado, mamá? – su vientre chorreaba esperma.

- Ha sido increíble, hija mía. Sólo falta una cosa más y podrás descansar. Te lo has ganado.

- ¿Y? – Celia estaba agotada. Lo había pasado muy bien pero deseaba acabar de una vez.

- ¡Lámelo!

Celia no tenía ni ganas de hacerse la tonta. Su madre era una viciosa insaciable. Acercó su boca al ocupado coño de Diana que la paró en seco.

-       ¡No hija, mi coño no! El semen, el esperma de Truco.

-       Entiendo – replicó en tono resignado.

Con no demasiado entusiasmo se introdujo dos dedos en la vagina y los metió en su boca varias veces. Después degustó los fluidos caninos que se habían derramado sobre su sábana. Diana estaba en trance, aquello superaba sus mejores expectativas.

-       ¿A qué sabe?

-       Perdona, mami. Lo comí todo –

La ninfa estaba muy cansada, pero haría este pequeño sacrificio por su madre. Abrió de nuevo las piernas, ofreciéndose.

 - ¿quieres chupar? Puede que quede algo dentro.

Diana, sin dejar de masturbarse, puso en marcha su magnífica lengua. Tras quince minutos de acción notó que la respiración de su hija era lenta y acompasada. Se había dormido.

Pensó en clavarle hasta las entrañas el consolador como venganza. Al fin y al cabo dormirse en plena faena sin duda era una ofensa bastante grande para un amante. El amor de madre brotó en Diana.

-       Otro día será – murmuró.

 Estaba a punto de dormirse cuando llegó Héctor. Al oír de sus labios un protocolario “te quiero” notó un cierto olor a orina. Que cabrón era Andrés. Sabía perfectamente dónde había llevado a su marido. Habrían disfrutado con Inga y Petra, madre e hija, polacas y compañeras suyas en la “curva de las meadas”. Un recoveco de una carretera de mala muerte donde a veces ofrecía sus encantos por cantidades ridículas de dinero. Mientras se dormía, pensó en Petra. Era lo más parecido a Celia que había encontrado para saciar sus deseos de incesto. Ahora ya no era necesario. Tenía a la original, la única, a Celia.

A la mañana siguiente, después de un desayuno bastante movido, todo estaba dispuesto. Celia se iba de campamento. En quince días no podrían jugar juntos. La acompañaron a la estación de donde partía el microbús en teoría dirección a la sierra.

Se dieron un beso y Héctor vio como su tesoro partía hacia alguna parte. Estaba intranquilo. Pero no por los lógicos reparos de un padre al desprenderse temporalmente de su hija, sino por insanos celos al verse privado de su joven amante por aquel lapso de tiempo.

Diana le adivinó el pensamiento.

-        Tranquilo. El Doctor Andrés Méndez  cuidará de ella.

-        ¿Doctor Andrés Méndez?  ¡Andrés es el Doctor Méndez!

Héctor miró a su mujer boquiabierto. Parecía increíble pero no conocía personalmente al terapeuta de su mujer e hija, ni siquiera que su nombre de pila fuese Andrés. Para él simplemente había sido el Doctor Méndez.

-         Ahora lo entiendo todo. Pedazo de cabrón – sonrió todavía impactado por la noticia.

 Tenía que reconocer que Andrés era un auténtico genio.

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En un avión privado, la Bombillita y Celia se miraban a los ojos. Las dos chicas se conocían de verse por el instituto. Una era con la que todos follaban y la otra era con la que todos querían follar. Celia estaba un poco asustada pero ver una cara conocida le tranquilizó un poco.

- No te preocupes. ¿Celia, verdad? – dijo la más pequeña queriendo tranquilizar a la otra chica – es la tercera vez que vengo. Te gustará.

La pechugona no reparó en el tono irónico de su compañera de viaje. La Bombillita se mojó tan sólo al imaginar aquel par de ubres azotadas sin piedad. Elucubró sobre la cantidad de bolas chinas que el precioso cuerpo de Celia sería capaz de albergar  o lo que chillaría al verse sodomizada por su consolador de púas favorito. Ojala le dejasen disfrutar de ella aunque sólo fuese media hora. O mejor aún, compartir escena en alguna de las películas que iban a rodar.

-       ¡Doctor! – exclamó Celia al ver entrar a su amo apenas el aparato hubo despegado.

-       ¡Pero bueno, zorritas! ¿Todavía estáis vestidas?

Tras él, dos hombres armados con sendas cámaras se dispusieron a inmortalizar el primer encuentro sexual de aquellas vacaciones estivales.

Zarrio01

 

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