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Arresto Domiciliario

Una noche de sábado. Un castigo merecido. Un padre y su hija solos... Hay muchas cosas mejor que hacer que ver la tele.

Meses después de  haberse cepillado al cubano amigo de su madre, allí estaba Katrina, con las piernas abiertas y su mejor amiga Sveta dándole brillo a su clítoris.

Había pasado algo extraordinario la noche anterior y se encontraba en la casa de la mayor de las jovencitas para contárselo.

-       ¡Venga, joder! Suéltalo – dijo Sveta entre lametón y lametón.

-       ¡Chupa y calla, joder!  Fue tan tierno, tan delicado, tan bonito. El tontito pensó que me desvirgaba. ¿puedes creerlo? ¿quién es virgen hoy en día a mi edad? Esas puritanas que sólo ponen el culo y nadie más.

-       Te dije que con lo del baile era pan comido.

Una de las pocas cosas positivas que Katrina sacó de su estancia en el orfanato de su país natal fue sin duda el baile. En aquella ex república soviética tanto la gimnasia rítmica, el ballet y últimamente la natación sincronizada eran casi una religión. Aquellas asignaturas que se imparten en las escuelas como lo son las matemáticas o el inglés.

No es que le entusiasmase demasiado el ballet pero en la danza moderna se trataba de todo un portento. Su delicado y sensual cuerpo se movía como flotando sobre el frío suelo del internado. Los “clientes” que la asediaban se mataban a pajas mientras se quitaba la ropa a ritmo de música moderna. Solía concluir la función con tres consoladores insertados en sus agujeros y una mirada inocente como de no haber roto jamás un plato.

Cuando se estableció en España, sus padres adoptivos la inscribieron en un curso de danza moderna. Era una buena forma de adaptarse y conocer nuevos amigos.

La noche anterior  al tórrido encuentro con Sveta, Katrina no salió de  casa. Lo cierto es que estaba castigada por que el viernes había llegado demasiado tarde.  Su padre la dejaba salir hasta bien entrada la noche veraniega con la única condición de que no abandonase la urbanización. Sin bares que sirviesen alcohol, los chicos del barrio se reunían en un salón social en el que bailaban, jugaban a video consolas y hablaban de sus cosas. También tenía un jardín trasero donde beber a escondidas, fumar cosas malas, tragar pastillitas de colores y… desahogarse lejos de miradas indiscretas. 

Cuando su novio Iván y ella disfrutaban juntos del club social, solían visitar el  patio trasero una o dos veces cada noche, nada fuera de lo común. Pero cuando, como el viernes anterior Katrina salía sola sin su novio… barra libre. Los chavales sin pareja hacían cola para gozar de ella y alguno con su media naranja ausente, también. Apenas Katrina entraba por la puerta del jardín, ya salía de la mano de su siguiente amante. Y aquel día en concreto vinieron un buen número de chavales de intercambio de algún país extranjero. El sol de la mañana la descubrió cabalgando encima de un desgarbado moreno alumno de un selecto internado católico irlandés.

Sveta, su mejor amiga, era mucho más prudente y nunca pasaba de algún que otro revolcón esporádico. Eso sí, jamás con alguien comprometido.

Cuando Katrina llegó a casa su padre estaba a punto de ir a buscarla. Se había levantado y su hija todavía no estaba en casa. La castigó sin salir durante el resto del verano.

Katrina aceptó el castigo. Era justo. Había sobrepasado el límite y debía pagar por ello, por mucho que le fastidiase. Así que allí estaban padre e hija solos un sábado por la noche viendo una película que habían repetido miles de veces por televisión. Katrina vestía una camiseta bastante vulgar y las mallas de ciclista que solía utilizar para correr. Aun así, al natural, simplemente deliciosa. Acariciaba su larga y rubia cabellera, al tiempo que sus vivarachos ojos azules  seguían la trama de la soporífera película sin demasiado interés. Víctor, el padre,  miraba la televisión dormitando, se había tomado un par de güisquis y  movía los cubitos de hielo distraído.

-       ¡Menuda mierda de película!

-       ¡Katrina! Esa boca – pero en el fondo él pensaba lo mismo.

-       Esto es muy aburrido…

-       ¡Pues haber llegado puntual ayer…!

-       No, si no es eso. Estoy a gusto aquí contigo. Solamente digo que podríamos hacer algo más interesante.

-       Pues no veo qué. Desde luego no vamos a salir y en la tele… una mierda.

-       ¡Papá, esa boca! – esta vez los dos rieron.

Al poco a la muchacha se le ocurrió una idea.

-       ¡Ya sé! Te perdiste mi actuación en la fiesta de fin de año, así que te haré una representación sólo para ti.

-       Gracias cielo, pero no es necesario…

-       Me enfadé mucho ¿Sabes? Y con razón. Estuve mucho tiempo ensayando y luego tú no vienes…

-       Ya sabes, mi vida. No aguantaba al novio de tu madre…

-       Todavía la quieres, ¿verdad?

El hombre no contestó pero la respuesta era más que evidente. Katrina notó como él comenzaba a entristecerse y saltó del asiento alegremente.

Lo cierto es que, tras la marcha repentina del cubano, entre el comisario y su ex – esposa había renacido una bonita amistad que quizás, con el tiempo les reconciliaría.

-       ¡Pues no se hable más!  Toma – le sirvió otra copa del licor malteado – Espérame cinco minutos sin dormirte y verás lo que te perdiste por no actuar como un adulto.

Terminó su frase con una mueca. El comisario la maldijo por ser tan franca y madura. En verdad actuaba como un chiquillo pero era algo superior a él. Todavía llevaba el anillo de casado.

-       ¡Cierra los ojos, papi! – se oyó la voz de la lolita después de diez minutos de espera – ¡No mires, por fa!. Que voy a poner el CD en la cadena de música…

Aun con los ojos cerrados, Victor notó que la intensidad de las luces descendía.

Un perfume que conocía muy bien inundó la sala de un fresco olor a rosas. La fragancia preferida de Leticia, su mujer.

Se sintió un poco incómodo. Había oído algún comentario sobre el controvertido baile de su hija.  Seguro que no había sido para tanto. Lo que pasaba es que el resto de padres les tenían envidia  por tener una hija tan bonita y dulce. Había visto las fotos de ella y famoso bikini pero no era más escandaloso de lo que solían llevar las jovencitas de su edad cada verano en la piscina.

-       ¡Cuando suene la música, abre los ojos, papi!

Las primeras notas del Bolero de Rabel sonaron en la estancia. Víctor Fuentes abrió los ojos y, con ellos, un nuevo concepto de su hija. 

Como una estatua de marfil, la pequeña Katrina permanecía inmóvil en el centro del salón. Una tenue luz iluminaba la estancia desde una esquina. El foco cenital proyectaba su haz sobre el cabello dorado de la chica. De espaldas comenzó un suave contoneo de caderas al son de la repetitiva música. Su apetecible cuerpo apenas estaba cubierto por leves gasas color turquesa. Sus pies descalzos comenzaron a flotar frente a la anonadada cara de Víctor.

Estaba impresionado.

Los efluvios del alcohol, el perfume evocador y, sobre todo, las delicadas formas de su hija moviéndose acompasadamente le tenían embaucado.  Ni siquiera notó que se le abría la boca como a un burdo  bobalicón.

Katrina estaba muy concentrada. El baile es un trabajo tanto físico como mental. Aquella tenía que ser la mejor actuación de su corta existencia.

Víctor quiso decir algo cuando el primer velo cayó de la cadera de su hija pero apenas de su boca salió un ligero gruñidito. Katrina se contoneaba como una ninfa, la sensualidad rezumaba por cada poro de su piel y sus hormonas inundaban la estancia haciendo inútil la resistencia de su progenitor. Si este no podía articular palabra, su pene habló por él. Quería salir de su cárcel, ser libre y disfrutar del delicioso cuerpo que danzaba delante de su único ojo.

Cuando el segundo pañuelo cayó sobre su cabeza, el hombre confirmó sus sospechas. Katrina no portaba la prenda interior que debería tapar su seno. La  mirada de la chiquilla se detuvo en los ojos de su padre y lamiéndose los labios obscenamente liberó su otro seno del tercer trocito de seda. 

Los movimientos se acompasaban con la música y aquel par de nubes algodonadas tiritaban al ritmo cada vez más estruendoso de la tonada. Katrina se giró acompasadamente, dejando a la vista de su padre su transitado trasero. Famoso en el barrio, jamás ningún hombre había llegado a tocar su fondo. El papá quiso morirse cuando la nena se liberó de su cuarto velo y puso a escasos centímetros de su cara aquel par de duros glúteos. La lolita  se puso de puntillas  para que el efecto fuese todavía más demoledor. Giró su cabeza y la melena tapo la mitad de su rostro felino.  Se introdujo el dedo en la boca y sin dejar de juguetear con él, ofreció a su padre el quinto pañuelo.

El hombre vio sorprendido como su propia mano era la que quitaba a la pequeña la minúscula venda. El ansiado culito apareció ante él casi totalmente libre y dispuesto. Tan sólo quedaban dos velos y Víctor sudaba como nunca.

Uno hacía las veces de cinturón del que había colgado hasta entonces buena parte del resto, el otro… apenas ocultaba el tesoro prohibido de la princesa. 

Katrina se alejó de su padre para que este pudiese verla en todo su apogeo. Cuando tras un interminable minuto de acrobáticos movimientos se quitó el penúltimo trapito tuvo que agarrar el que quedaba para no quedarse completamente desnuda antes de tiempo. Lo colocó estratégicamente para que una punta sobresaliese por delante de sus ingles y la otra por detrás.  Abrió las piernas un poco y, siempre a ritmo de la música, frotó adelante y atrás con el trocito de tela dándose un homenaje a un par de metros escasos de la atenta mirada de su extasiado papi que babeaba tanto por su boca como por su pito.

Katrina se lanzó al suelo y gateó como una zorrita en celo. Cuando posó sus manitas en las rodillas de su padre este ya se había corrido. Cuando se sentó a horcajadas sobre sus muslos él creyó desmayarse. Cuando le pasó la húmeda prenda por sus labios se puso a morir. Cuando las manitas se entrelazaron por detrás de su nuca estuvo a punto de desvanecerse. Cuando se enzarzaron en una lucha salvaje de lenguas hambrientas le pareció que subía al cielo. Cuando Katrina le susurró al oído

-       ¡Házmelo, papi! ¡Quiero que seas el primero!

Supo que estaba en la gloria.  Y allí permanecería el resto de la noche.

Katrina, aparentemente nerviosa intentó desabrocharle el pantalón  torpemente.

-       Se nota que es virgen. Está muy alterada. – pensó él halagado, ayudándola a liberar su estilete.

No podría nadie estar mas equivocado alguna vez en su vida. Katrina era una maestra de la interpretación. Había hecho el numerito un millón de veces en su Ucrania natal.

Los ricos pervertidos pagaban más dinero al orfanato si creían follaban con jóvenes doncellas. Una buena actuación, una ampollita de líquido rojo, un coño desvirgado y un montón de dólares para la directora.

Así de sencillo.

Katrina respiraba entrecortadamente, su excitación iba en aumento. O al menos eso parecía. En verdad estaba turbada. Aquella vez iba a ser muy especial.

Víctor observó como la ninfa alzaba su cuerpo colocando la punta de su pene en la entrada de su sexo. Se detuvo un momento, como dudando si consumar lo que evidentemente los dos deseaban.

-       ¿Me dolerá, papi? – le dijo con un hilito de voz.

-       ¡Sólo al principio, mi vida! Después será maravilloso. Te lo juro.

-       ¡No me hagas daño, papi!

-       Por nada del mundo lo haría, hija mía – y diciendo esto empujó reposadamente su falo dentro del coñito estrecho que él creía por primera vez profanado.

-       ¡Aaaay! ¡Uffff! Sácala, papi. Me duele mucho – el pene del padre apenas había penetrado una mínima parte de la cueva del tesoro.

-       Tranquila, cariño. Aguanta un poco, verás como pronto te acostumbras.

-       ¿De verdad?

-       Lo juro – y diciendo esto la penetró totalmente  de un suave pero firme golpe.

-       ¡Ay! ¡Ayyyyyy! ¡Me escuece… mucho!. – Katrina tuvo que hacer tremendos esfuerzos para no reírse y desvelar su juego.

Víctor se asustó un poco e hizo ademán de sacar la herramienta. Katrina lo notó. No estaba dispuesta a que un estúpido sentimiento de culpa le arruinase la noche.

-       ¡No la saques! ¡Por dios, no la saques! – ronroneaba con sonidos guturales - ¡Uau! Esto está mejor. Esto es mucho mejor de lo que imaginaba…

El hombre notó como el tenso cuerpecito se relajaba y por su pene resbalaban los jugos de su nueva amante. El cortejo sexual continuó con la putita subiendo y bajando su cadera en una inolvidable estampa erótica.

Ella lamía el lobulito de la oreja paterna al tiempo que narraba las múltiples sensaciones que su cuerpo estaba experimentando. El padre apretaba aquellas deliciosas nalgas mientras hacía verdaderos esfuerzos para no eyacular en el interior de su princesa. En primer lugar podría dejarla embarazada, en segundo lugar, deseaba fervientemente que aquella sensación de placer infinito no terminase nunca. Pero cuando Katrina comenzó a lamerle en cuello y bañárselo de saliva, sus instintos vencieron a su raciocinio y con un sonoro “Dios mío” se vino en la joven con su pene metido hasta el fondo de aquel lánguido cuerpo.

Katrina clavó sus dientes en el hombro a su alcance y con tres o cuatro secas embestidas también llegó al orgasmo. De su boquita brotaban gemiditos y chillidos ahogados por la dentellada. El orgasmo esta vez no fue fingido. Al fin y al cabo, no era de piedra.

Sin desacoplarse, volvieron a besarse apasionadamente. A los quince minutos de besos, mimos y caricias, Katrina miró fijamente de nuevo a su padre, expectante.

-       ¡Llévame a la cama y házmelo otra vez!

El hombre se dejó llevar y obedeció. Ya había probado la fruta prohibida y quería más. Dejó la mente en blanco mientras subía las escaleras con aquella rubita entre sus brazos. La jovencita seguía haciéndole esas cositas en el cuello que le volvían loco. Cuando se dirigió hacia el lecho conyugal, ella le susurró.

-       ¡Vamos a mi cuarto!

Tampoco le pareció mala idea. La cama de Katrina era tan grande como la suya y tampoco le apetecía nada hacerle el amor a su hija donde había dormido con  su madre.

-        ¿O tal vez sí? – pensó retorcidamente.

En cualquier caso entró en el dormitorio de la chica, quitó de un estirón las telas que cubrían la cama y posó tiernamente a su retoño sobre ella. Se tomó un tiempo muerto, un pequeño respiro para contemplar a su ninfa en todo su esplendor. 

Pero Katrina no estaba dispuesta a darle tregua y evolucionó en la cama como un pez en su elemento. Tumbada boca arriba estiró los brazos, se aferró a los barrotes del cabecero, miró a su padre adoptivo como ella sabía hacerlo y, mientras abría sus piernas todo lo que su flexible cuerpo le permitía, suplicó a su tutor, desafiante:

-       ¡Gózame, papi! ¡Dame fuerte! ¡Te deseo dentro!

Cualquier atisbo de duda o flacidez desaparecieron tras aquellas palabras mágicas.  Se abalanzó sobre ella como las moscas sobre la miel. La potrilla cerró los ojos y se mordió el labio cuando se sintió penetrada.  El chillido de dolor y placer de Katrina hizo temblar las paredes.

El segundo asalto fue bastante mas violento que el anterior. No es que fuese salvaje pero una vez desvirgada su amante, el hombre se comportó como tal y buscó con más ahínco su propio placer. Ella rodeó con sus largas piernas al semental lo que hizo que la penetración profundizase en su interior todo lo que el pene de su padre fue capaz. Gemía de gusto al tiempo que le clavaba sus uñas en la espalda.

El siguiente orgasmo de la noche tardó en llegar. Una vez vacíos de esperma los testículos si la excitación permanece el coito puede alargarse muchos minutos, incluso horas.  Y el coño estrecho de la joven tenía placer para dar y regalar.

Pero para Katrina el follar sin descanso no suponía esfuerzo alguno. Lo cierto es que su padre se reveló como un amante bastante bueno a pesar de no estar excesivamente dotado. Tenía mucho aguante y estaba en forma.

Ella alcanzó el clímax varias veces antes que el bramido y los fuertes envites le hiciesen saber que el hombre había satisfecho sus instintos.

Los dos permanecieron boca arriba, sudados,  pegajosos y callados, recreando las sensaciones que minutos antes habían disfrutado.

Katrina fue la primera en reaccionar, se levantó de la cama, dirigiéndose al baño. A punto estaba Víctor de dormirse cuando las tiernas manitas de su hija le tiraron de la suya.

-       Ven a bañarte. Estás sudado. Te hará bien.

Se levantó como un corderito sigue a su madre. Katrina había preparado un baño de espuma en la enorme bañera circular del lavabo principal. De pié en la bañera, entre risas y cosquillas se besaron de nuevo. Quizás hubiese sido el instante adecuado para acabar con el encuentro incestuoso pero Víctor pensó que mejor hacerlo al día siguiente. Aquel no era el momento de romper la magia con remordimientos.

Katrina llenó las manos del hombre con abundante jabón y luego las dirigió hacia sus propios senos. El magreo fue firme pero delicado, jugueteando con la yema de los dedos aquellos turgentes pezoncitos, estrujando el conjunto con suavidad.

-       Son un poco pequeñas, pero los modistos las prefieren así, ¿sabes?

-       No son pequeñas, son preciosas. Como el resto de tu cuerpo

-       Pues tú tampoco estas mal para…- y se calló mirando al suelo

-       Para ser tan viejo, ¿no?

-       No, no. Para nada. Estás muy bien – y girándose continuó - ¿me enjabonas la espalda, por favor?

Katrina se dio la vuelta y ofreció su trasero perfecto a su padre al tiempo que le ofrecía el frasco de jabón. Separó con su mano la larga melena dejando a disposición de su amante su delicado cuello.  El oloroso líquido recorrió la espina dorsal y se introdujo por entre los dos cachetes de la lolita.

Las grandes manos del Jefe de la Policía Local comenzaron a masajear la espalda y el culo de su hija adoptiva. Poco a poco una mano juguetona se deslizó por la raja del traserito con evidentes intenciones.

Cuando el dedo corazón comenzó a juguetear con el ano de Katrina, esta giró la cabeza, y con una mezcla de deseo y miedo preguntó a su padre.

-       ¿Qué…? ¿Qué vas a hacer?

El hombre creyó erróneamente controlar la situación y lanzó una pregunta que hacía tiempo deseaba.

-       ¿Katrina, eres virgen?

-       Papi – contestó ella extrañada – acabamos de hacerlo. Es mi primera vez….

-       Me refiero por aquí detrás…

-       Claro ¿porqué lo dices? – Katrina se estaba poniendo un poco nerviosa de verdad. No sabía a qué se refería su padre - ¡aaauuuuu!

-       No me mientas, Katrina. Creo que después de lo de hoy deberemos confiar más el uno en el otro ¿eh? – su primer falange estaba dentro.

-       Si, claro. ¡Aaaay! – la segunda falange traspasó el límite.

-       Entonces, ¿qué pasó con Walter, el  novio de mamá,  la noche que se largó? Te la metió por aquí ¿verdad? Me dejaste la mano llena de… esperma cuando te cogí en brazos del sofá. Y por eso después temió que me enterase y se largó ¡a que sí! – todo su dedo estaba dentro.

Katrina suspiró aliviada. Se trataba de eso. Reaccionó rápido. Se giró y se acurrucó en el pecho de un Víctor protector y compasivo.

-       ¡Es cierto, papi! ¡Me obligó!.¡Me violó! Fue horrible. Iba borracho cuando se ofreció a traerme a casa, paró en el parque y… - comenzó a llorar.

-       Venga, pequeña, no llores. Ya encontraremos a ese desgraciado…

-       ¡Tenía miedo de que no me creyeses! ¡Ni tampoco mamá!  Diría que mentía para separarla de su novio…por eso no dije nada…

-       Vale, vale. No llores más. A ver, que vea papi esa bonita sonrisa que tienes. Ves, así estás mucho más guapa.

Lo cierto es que desnuda como estaba lo de guapa se quedaba bastante corto.

-       Y hablando de novios. Y con ese chico que sales, Iván creo que se llama. Es mayor que tú. ¿no hacéis nada?

-       No… bueno. No follamos ni nada de eso… - se notaba que Katrina se quedaba con algo en el tintero.

-       Pero…

-       Se la chupo – dijo muy bajito

-       ¿Qué?

-       Que se la chupo… - miró al suelo realmente avergonzada -  Y él me chupa lo mío.

No creía Katrina que aquello le fuese a costar tanto. Tan agradecida estaba a Víctor y a Leticia el haberla sacado de aquel infierno Ucraniano que ahora estaba avergonzada de confesar una mínima parte de sus correrías nocturnas.

-       Ya veo…

-       Y me gusta.

-       ¿Qué?

-       Me gusta chuparle la polla a Iván.

Víctor calló. Acababa de oír que al ser que más quería de este mundo le apasionaba comerle la polla a su novio. No pudo evitarlo, de su boca salió una pregunta impropia de un padre a su hija.

-       Vaya, vaya. ¿Y lo hacéis mucho?

-       Bueno…

-       Confiesa, golfilla.- le dijo él comenzando a hacerle cosquillas en el costado.

-       Siempre que podemos. Casi todos los días. Dice que soy muy buena… mamando.

-       ¿de veras?

La chavala asintió con la cabeza y desvió la mirada, visiblemente turbada.Tras unos tensos segundos de incómodo silencio Katrina se atrevió a decir lo que los dos pensaban.

-       ¡Papi!

-       ¡Qué!

-       ¿Quieres que te lo haga? – murmuró.

-       ¿Qué?

-       Que si quieres que te la chupe.

El comisario suspiró. De perdidos al río, pensó.

-       En fin. Veamos si eres tan buena como dice tu novio.

Y sin más dilación ayudó a la joven a arrodillarse y enfrentarse cada a cara con su pene. Katrina, sin necesidad de continuar fingiendo,  se empleó a fondo.

Fue sin duda la mejor felación que había realizado hasta entonces en su corta vida.  Sin ni siquiera utilizar las manos provocó en su padre sensaciones que este jamás hubiera siquiera imaginado pudieran sentirse.

Katrina se acordó en su madre española mientras lamía sin cesar el rabo de su padre desde los testículos hasta la punta de su capullo. Sinceramente, no la entendía. No comprendía cómo podía separarse de él aduciendo falta de apetito sexual. Su padre era un amante extraordinario.  Solamente había que darle lo que quería. Se compadecía de Leticia. En lo concerniente al sexo era una ignorante. Seguro que era una de tantas mujeres que gozaban con el sexo, pero este debía ser de lo más convencional. Abundante pero monótono. Y Katrina sabía que eso cansa a muchos hombres lo que  les suele llevar o a la infidelidad o, lo que es peor, a la apatía.

Víctor por su parte, no pensaba en Leticia. Por primera vez en mucho tiempo no se preocupaba por ella, dónde estaría, con quién…, etc. Disfrutaba del maravilloso momento.

No podía dejar de mirar como su pene entraba y salía de aquellos labios sorprendentemente expertos.

Si acaso tenía algún pensamiento era sobre Iván. El novio de su hija. Lo odiaba. Quería matarlo. Menuda suerte tenía el hijo de puta ese. A su edad ya disponía de una zorrita preciosa que le limpiaba los bajos con una maestría fuera de lo normal.

En realidad su sentimiento era pura envidia. Víctor en su adolescencia simplemente se mataba a pajas. Babeaba viendo a las chicas pero no fue capaz de conseguir ni siquiera un beso hasta los dieciséis. Y él era uno de los pocos afortunados que lograron perder la virginidad antes de los dieciocho. Pagando.  

Ambos salieron de sus pensamientos cuando el hombre llegó a su orgasmo. Apenas eyaculó, pero Katrina dejó caer una pequeña muestra de néctar por la comisura de sus labios. Posteriormente abrió la boca para que su padre pudiese ver como tragaba la simiente que en ella quedaba. Volvió a abrir la boca, deseando que la mease, pero no se atrevió a pedirlo. En el orfanato tras una buena corrida en la boca no podía faltar la inevitable lluvia dorada. O algo peor. Había tragado mucha mierda en aquel viejo edificio de los bosques de Kiev. Literalmente.

El único fluido que se derramó sobre la boca expectante fue agua.  Tibia, relajante, purificadora y dulce.

El ambiente era mágico. Ambos hablaban y se besaban como si el resto del mundo no existiese.  La ducha terminó entre risas, con una batalla campal por el dominio de la manguera que ganó Katrina por goleada. Víctor alzó a su retoño en sus brazos y la condujo, sin ni siquiera secarla de nuevo a la habitación. No obstante, cuando observó el estado de la cama, llena de fluidos y sudores optó por ocupar el lecho conyugal.

Ella aceptó encantada. Ocuparía sin problemas el lugar que había dejado libre la estúpida de su madre.  Desde aquel momento sus prioridades volvieron a cambian. Ya no quería que sus padres se reconciliasen. Para nada.

Una vez juntos de nuevo en la cama continuaron los toqueteos y juegos. Katrina se ofreció a cumplir cualquier fantasía que su padre tuviese. Víctor agradeció el ofrecimiento pero su pene ya no estaba para muchos trotes. No obstante, recordó una cosa que le excitaba muchísimo y que ella podría hacer sin problemas. Quería que posase para él, tan sólo con las bragas puestas. Katrina daba brincos de alegría. Eso era lo que a ella más le gustaba. Ser modelo. Correteó de nuevo hacia su habitación y volvió con una montaña de ropa interior.  Desde la más sensual hasta la más inocente.

Una tras otra se fue colocando las prendas para mayor deleite paterno que hasta le sugirió se colocase encima una minifaldita escocesa cortísima que la lolita solía ponerse los sábados por la noche. Víctor se puso las botas.

Miró y miró por debajo de aquella tela a cuadros cada una de las bragas de su hija. Katrina colaboraba gustosa. Incluso apartaba de vez en cuando los hilitos de lencería que cubrían su lampiño sexo para mayor gloria de su padre. Ella misma se puso como una moto al ver  la cara de deseo de su progenitor.

-       ¡Tócalo! ¡Méteme mano!

Cuando una mano temblorosa recorrió sus piernas y buceó bajo su tanga gritó de placer. Estaba húmeda y quería demostrarlo. Sabía que el pene del macho estaba fuera de juego pero también que hay otras maneras de alcanzar el orgasmo.

Víctor acarició el clítoris de la joven con algo de torpeza.  Una mezcla de nervios y falta de costumbre. No obstante, Katrina no se conformaba con tan poco. Con sus dos manos, la ninfa agarró la extremidad paterna y la llevó a sus labios. Se deleitó con sus propios jugos sin rubor alguno. Ya ni siquiera se molestaba en disimular su vicio. Llegados a ese punto sólo quería una cosa.

Correrse.

Víctor observó boquiabierto cómo la pequeña ninfa le lamía los dedos viscosos, le cerraba el puño,  elevaba su dedo anular de la mano derecha y lo introducía en su pequeña vulva hasta en fondo.

-       ¡Muévelo rápido! ¡Dedéame, papi!

Sentada en la cama, con las piernas abiertas, la cabeza hacia atrás y las manos apoyando para no caerse, Katrina sintió en su entrepierna una tremenda calentura causada por el frenético movimiento digital de amante.

De un zarpazo, agarró a su padre de la cabellera y lo acercó a su sexo. No hizo falta indicación alguna. Este bebió los jugos directamente del divino cáliz sin ningún reparo. Y no lo debió de hacer del todo mal dado los gemidos y suspiros que la pequeña profería incesantemente.

La noche terminó con un nuevo pero infructuoso proyecto de mamada.  Katrina lo intentó durante más de media hora pero fue del todo imposible. Al final se quedó dormida con el pene paterno entre los labios, como si fuese un infantil chupete.

Víctor la colocó en la almohada y la dejó descansar. Él, sin embargo, no se durmió. Se quedó mirando su mano derecha durante un buen rato. En un momento dado, se quitó la alianza de casado que poco tiempo antes había profanado el coñito de su pequeña. Todavía la llevaba puesta a pesar del tiempo que hacía que Leticia y él ya no eran pareja. Sabía que jamás volverían a estar juntos. Para bien o para mal, aquella noche su propia hija le había abierto los ojos.

No era cierto que no le gustase el sexo, lo que no le satisfacía ya era el sexo con Leticia. No era un amargado impotente. Era un hastiado de la monotonía.

Katrina le había mostrado un nuevo mundo de placer que estaba oculto tras el tedio del matrimonio.

Lo único de lo que se arrepentía es de tener que haberlo descubierto con su propia hija. 

Buscaría a otra que sustituyese a Leticia, joven o quizás no tanto, flaca o regordeta, alta o flaca, daba igual, siempre que tuviese el  mismo espíritu aventurero en la cama que demostraba su hija Katrina.

Pero de momento… de momento disfrutaría como un enano de los encantos de su princesa.

Los primeros rayos del alba penetraron en la habitación donde yacían los amantes. Pero no fue esto lo que despertó a Katrina. Abrió los ojos de repente y al principio le costó un poco recordar dónde se encontraba. 

Notó algo raro en su trasero. Quiso moverse o decir algo pero una mano le tapó la boca fuertemente. Al principio se asustó un poco pero enseguida tomó consciencia de lo que realmente pasaba y se relajó. Deslizó sus manos bajo la almohada y aferrándose de nuevo a los barrotes del cabecero pensó:

-       Tranquila… Es papi dándote por el culo…. Disfruta…. Lo has logrado.

Unos minutos antes, Víctor se deleitaba con la visión del cuerpo casi desnudo de la joven sobre su cama. Los primeros rayos de luz acariciaban aquel dulce cuerpo bronceado y brillante. Era en efecto una hembra hermosa. Su mirada se detuvo por un instante en su culito. La visión del tanga azul inserto en los glúteos le evocó la conversación que habían mantenido la noche anterior. Con cuidado de no despertarla apartó el fino cordel que ocultaba su esfínter.

-       Walter, hijo de puta – pensó – no contento con follarte a mi mujer, también enculaste a mi hija. Juro que no descansaré hasta verte muerto.

Por su mente también pasó una idea descabellada pero que en aquel instante tenía total validez. La de que quizás permaneciese todavía en el interior de la lolita algún rastro del semen del cubano.  Eso lo puso todavía más loco.  Debía eliminarlo.

Sin pensar, se abalanzó sobre Katrina que dormida estaba totalmente desprevenida e indefensa.  Esta vez no le hizo el amor. Simplemente la violó. Hasta le tapó la boca para evitar que gritase y la enculó sin miramientos. Esperaba que se resistiese cosa que no ocurrió. Seguro que se había quedado petrificada por el miedo. Cuando se vino dentro de aquel templo del placer permaneció inmóvil un minuto. Inconscientemente había liberado la mordaza de su presa y comenzó a llorar como un niño cuando escuchó lo mismo de siempre:

 -¡Buenos días… papá!

 

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